Cultura

TEATRO // OPINIÓN

¿Dónde está la revolución?

En el auditorio del sindicato Foetra Bs. As. se presentó la obra de humor "Feministas social club", un intento que se queda a medias.

Mariela Pozzi

Trabajadora telefónica // Agrupación Violeta

Viernes 27 de abril | Edición del día

Con un elenco amateur se presentó, a iniciativa de la secretaría de Género y Diversidades del sindicato, una obra que intenta mostrar estereotipos de mujeres, desde su infancia hasta su adultez, tratando de romper con los mandatos sociales que nos inculcan desde pequeñas.

El objetivo no es malo, pero sin embargo la obra queda a mitad de camino y no toca temas de fondo que preocupan a las mujeres, en este "cambio de paradigma" que existe actualmente, al decir de las feministas.

En casi una hora vemos desfilar personajes, que tratan de hacer una radiografía de los problemas que aquejan a las mujeres. Sin embargo temas como el aborto, la precarizacion laboral, los femicidios no son casi nombrados.

Es ilusorio pensar en terminar con el patriarcado que mata, oprime y menosprecia a las mujeres, dentro del capitalismo. El machismo y el patriarcado son dos pilares que sostienen a este sistema de explotación y opresión. De modo que para terminar definitivamente con la situación de opresión que sufrimos las mujeres, es necesario derrotar también al sistema capitalista.

Se parodia una revolución de las mujeres, en el personaje bien logrado de la feminazi, que intenta llevarnos a ridiculizar las peleas profundas que tenemos que dar, hablando de la tapa piyada del inodoro, cuando sabemos que el problema de la opresión a las mujeres no reside ahí. Una obra dirigida a la mujer de clase media angustiada por el desplante del varón en las citas, o el problema de seguir soltera a los cincuenta. Nada más lejos del socialismo.

Su joven directora, Carla Pietra, olvida interesadamente, nombrar la visibilización de los problemas fundamentales que el movimiento de mujeres "Ni unas menos" hace cuatro años viene expresando en las calles, en los lugares de estudio, en los barrios y en los trabajos contra el machismo. La única referencia que hay es una remera al principio de la obra que detalla "Ni una menos". Las historias de los personajes confluyen en un colectivo que pide una revolución que no se sabe bien qué es, individualista y carente de estrategia.

La niña conflictiva resulta ser la más revulsiva, puesto que cuestiona desde la edad escolar los estereotipos. Merece destacar la actuación de la mujer despechada, que inspirada en el soliloquio "Ni una sola palabra de amor" viralizado hace algunos años, logra conectar con el público. Por último, resta el personaje de una mujer trans, que insiste infructuosamente en que la llamen señora y que además es la patrona de la ultrafeminista. Nuevamente, se olvida que las travestis, tienen un promedio de vida de 35 años, obligadas a prostituirse para poder sobrevivir.

Con algunos temas musicales de la nueva ola feminista a lo largo de la obra, estas mujeres terminan bailando juntas la trillada canción de Gloria Trevi "Y todos me miran" en el maximun de su liberación. De lo que queda apartada la mujer trans que les exige seriedad.

Como trabajadora telefónica, reivindico que se utilicen las instalaciones del sindicato para demostrar todo tipo de arte, pues los sindicatos son de sus trabajadores y debería estar abierto a más participación de este tipo. Aunque salí del anfiteatro pensando en la trascendente frase que nos dejó la socialista norteamericana Louise Kneeland "El feminista que no es socialista, carece de estrategia. El socialista que no es feminista, carece de profundidad".








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