Sociedad

OPINIÓN

Disfunción sexual eréctil: una mirada en clave de género

El pene, símbolo de la superioridad masculina, reviste una significación crucial y es fuente de orgullo desmesurado y un sinfín de preocupaciones para los varones.

Mónica Oppezzi

Antropóloga

Carlota Ramírez

Psicóloga

Jueves 11 de agosto de 2016 | Edición del día

Para el abordaje de la disfunción sexual eréctil (de ahora en más “DSE”), partimos del reconocimiento de que el campo de la sexualidad, es definitivamente un espacio central para la comprensión de las identidades masculinas con repercusiones diversas en la salud de los varones.

Dentro del campo de las políticas sanitarias, la DSE está considerada un problema de salud de alta prevalencia entre los varones, ya que la misma impacta significativamente en la calidad de vida del varón afectado, particularmente en el ejercicio de su sexualidad, así como en el de su pareja, sea esta heterosexual u homosexual.

La DSE constituye uno de los problemas de salud crónicos más frecuentes en varones mayores de 40 años; y desde un punto de vista clínico, la misma puede comportarse como un síntoma centinela de otras enfermedades subyacentes, o estar relacionada a un efecto adverso medicamentoso.

Es necesario resaltar que en la actualidad, las patologías que representan las principales causas de muerte y enfermedad de varones - enfermedades cardiovasculares, presión arterial alta, colesterol elevado, diabetes mellitus- como los tratamientos para el cáncer de próstata y algunos medicamentos antidepresivos o para la presión alta, ciertas conductas y estilos de vida asociados a la masculinidad, el consumo excesivo de drogas y alcohol, tabaquismo, vida sedentaria, malos hábitos alimenticios, obesidad y depresión, tienen el denominador común de estar asociadas a la probabilidad de padecer alguna forma de DSE. (Oppezzi, Ramírez, p 10).

De acuerdo al NIH (National Institute of Health), la DSE ha sido definida como “la incapacidad persistente o recurrente para conseguir o mantener la suficiente rigidez del pene que permita una relación sexual satisfactoria” (Kingler HC. Impotence. NIH Consens Statement. 1992; 10(4): 1-31). Es entonces evidente, que en esta enunciación –ampliamente aceptada en el ambiente médico- restringe el placer sexual a la capacidad de erección del pene, reduciendo el acto sexual al coito con penetración. Nos encontramos entonces, frente a un enfoque reduccionista y biologista de la salud sexual de los varones, desde una tradicional mirada biomédica avalada, sustentada y justificada en la fisiología y la fisiopatología de la erección del pene.

Consideramos que la definición elaborada por el NIH sostiene y refuerza la existencia de un supuesto funcionamiento correcto del pene, en donde la erección debe presentarse de manera paulatina, firme y constante, lo que garantiza que el mismo, siempre se encuentre listo para penetrar.

Siguiendo la mirada biologista, se podría señalar que el modelo biomédico ha “depositado” la salud sexual en partes concretas del cuerpo, normatizando su funcionamiento como saludable o no saludable, y reduciendo la salud sexual de los varones al funcionamiento eréctil del pene. El campo de la sexualidad masculina se concentra así en el funcionamiento correcto de un órgano físico y específico, que queda a su vez sujeto a la vigilancia médica, no exenta de intervenciones quirúrgicas, y farmacológica. (Zavala y Herrera, 2009).

Sin embargo, y a pesar del impacto doloroso y angustiante que la DSE conlleva para un ejercicio saludable y placentero de la sexualidad de los varones, esta no aparece priorizada en las prácticas de los equipos de salud, ya sea, formulada como política o a través de acciones programáticas específicas. En algún sentido, esta invisibilización de la disfunción sexual eréctil, responde a la lógica que organiza y atraviesa la atención de la salud, la cual se estructura fundamentalmente alrededor del saber médico, y se centra en la patología, por lo cual, es poco permeable a la comprensión de los problemas de salud desde otros abordajes, como por ejemplo, el de la perspectiva de género, que en este artículo proponemos como una mirada más integradora y enriquecedora de la DSE, que el paradigma biomédico.

Reconocemos en dicha perspectiva, una categoría analítica para el estudio de los problemas de salud y enfermedad, que permite visibilizar el impacto que las relaciones de desigualdad entre varones y mujeres tienen en la construcción social de los problemas de salud y, el carácter diferencial para cada uno de ellos. Los estudios sobre la masculinidad, impulsados en las últimas décadas desde un marco teórico feminista, han demostrado que la salud de los varones está fuertemente determinada por valores matrices con los que construyen su corporalidad y subjetividad: autosuficiencia, afrontamiento temerario del riesgo, omnipotencia, negación de la vulnerabilidad, dureza, represión emocional, autoridad sobre las mujeres y valoración de la jerarquía, características todas que los exponen a un mayor riesgo de enfermar y morir (Connell, 2000; Courtenay 2000; Benno de Keijzer 2001). Tanto en Argentina como en América Latina, existe un creciente interés en comprender el impacto que la construcción subjetiva de la masculinidad tiene en la salud de los varones. (Oppezzi, Ramírez).

Consideramos que el enfoque de género, para el análisis y abordaje de la DSE, permitirá “entender” a dicho trastorno, no sólo como un síntoma asociado a una enfermedad subyacente, sino también como la expresión de la incapacidad de dar respuesta al modelo de sexualidad “normal” para los varones, que se basa y legitima en un ejercicio de la misma a partir del coito con erección, penetración, eyaculación y orgasmo masculino. A la vez, el análisis desde la perspectiva de género, permitirá develar que cualquier trastorno sexual, cualquier dificultad para cumplir el “mandato de la sexualidad androcéntrica”, significara para los varones la puesta a prueba de su masculinidad y su identidad de género.

Desde esta perspectiva se interpelaran también las soluciones y tratamientos, que claramente se orientan más hacia la supresión del síntoma que a la crítica del orden de género que por un lado, sobrevalora los órganos genitales masculinos, y por el otro, identifica “la actividad sexual normal como una prueba de la masculinidad, tratando los trastornos sexuales como un cuestionamiento a la identidad del género. (Badinter, 1994).

La identificación entre perfomance sexual y masculinidad, que atraviesa la construcción de la subjetividad y corporalidad de los varones, se manifiesta muchas veces en formas de malestar frente a la sentida incapacidad de dar respuesta a los patrones culturales y estereotipos de género, que como sujetos han internalizado, estructurando y configurando las formas de interpretar, actuar y pensar la realidad, así como las formas en que los varones imaginan/perciben/viven/procesan/enfrentan y solucionan sus problemas de salud.

Para los varones, la presencia de trastornos en el orden de lo sexual, conlleva una alta probabilidad de producirles malestar, en la medida en que perciben que no pueden cumplir con los mandatos sociales del orden de género, ya que es a través del sexo y de la actividad sexual que los varones toman más fácilmente consciencia de su identidad y su virilidad. Si el acontecimiento coital central, es la penetración, la DSE, vendría a ser entonces fuente de angustia y malestar para los varones, frente a la exigencia del desempeño sexual asociado a cierta construcción social de la masculinidad, y significados en torno al pene, el que debe ser controlado e infalible en su capacidad de erección.(Zavala, Herrera).

Por lo tanto, de todo lo expuesto se desprende que la mirada biomédica resulta insuficiente y limitada para abordar el análisis de la salud sexual masculina, y en particular de la DSE. Para esto es necesario trascender el modelo médico incorporando otros saberes que permitan ponerle palabras a aquello que el saber médico excluye. El “decir” acerca de la sexualidad no alude solamente al cuerpo biológico sino que hace referencia a una construcción histórica que organiza un orden de género en los cuales los cuerpos y sus prácticas están involucrados como sujetos y objetos simultáneamente. (Oppezzi, Ramírez).

Dos propuestas a modo de conclusión:

1. Interpelar y cuestionar el paradigma androcéntrico de la sexualidad, el cual parte del reconocimiento de un patrón único de respuesta sexual, con una fuerte centralidad en la erección, y que funciona como el modelo valorado, legitimado y normalizador de la sexualidad en el campo de las prácticas médicas, desconociendo y/o descalificando las múltiples y variadas formas que las relaciones erótico/amorosas pueden abarcar.

2. Revisar con los varones en forma crítica y reflexiva, las formas tradicionales con las cuales han sido socializados, y particularmente las matrices con las que construyen sus subjetividades y corporalidades, ya que las mismas tienen un impacto muy significativo en las formas en que los varones se vinculan con los sistemas sanitarios, y con las formas de enfermar y morir.

Mónica Oppezzi es Antropóloga. Capacitadora en servicio y asesora en temas de género, salud y sexualidad masculina del Programa Nacional de Adolescencia, Ministerio de Salud de la Nación. Consultora en temas de género y masculinidades, salud y sexualidad de los varones.

Carlota Ramírez es Psicóloga. Docente de FLACSO Argentina. Integrante del Área de Capacitación del Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación responsable. Ministerio de Salud de la Nación, Argentina.

* Este artículo es una ampliación de la investigación realizada en el año 2011, “Los varones en las políticas de salud:¿cuerpos invisibilizados? Un estudio en las políticas sanitarias de la Provincia del Neuquén, Argentina”, a cuyo texto completo se podrá acceder por el enlace: http://revista.psico.edu.uy/index.php/revpsicologia/article/view/139.







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