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ATENTADOS EN BARCELONA Y CAMBRILS

Discurso multicultural y Mossos: la otra unidad nacional

A la unidad nacional alentada por el Estado central, Junts pel Sí, los Comunes y la CUP plantean otra en clave catalana y multicultural. Como en la primera, la lucha contra el imperialismo está ausente.

Santiago Lupe

Barcelona | @SantiagoLupeBCN

Jueves 24 de agosto | Edición del día

Ayer se cumplió una semana desde los atentados de Barcelona y Cambrils. Siete difíciles días en especial para quienes vivimos en esta ciudad. Las muestras de duelo popular se han multiplicado en Canaletas, en el mural de Miró, en infinidad de pueblos y ciudades. Este sábado tendrá lugar una manifestación a la que previsiblemente asistirán cientos de miles de personas, toda una demostración del rechazo y la consternación que los brutales ataques del 17A han generado.

Sin embargo, y como lamentablemente sucede después de todo atentado de este tipo, esta muestra colectiva no quedará exenta de una instrumentalización que persigue reforzar a justamente la principal causa y responsable de lo ocurrido, el Estado y la democracia imperialista. Por eso, algunos, a pesar del repudio que nos genera el brutal atentado , no participaremos.

La unidad antiterrorista alentada desde los diferentes gobiernos después de hechos como el de hace una semana ha venido signada por el recorte de libertades, el fortalecimiento del aparato policial y de control y el aumento de las políticas contra inmigrantes y refugiados. El Estado español no ha sido una excepción. Tras los atentados de Charlie Hebdo en Francia PP y PSOE sellaron el Pacto Antiyihaidista que ha servido, entre otras cosas, para que a 15 jóvenes de Alsasua se les impongan penas de más de 300 años por una pelea en un bar con dos guardias civiles fuera de servicio.

En esta ocasión, al haber tenido lugar el atentado en Catalunya y en pleno procés, esta unidad nacional ha tenido una expresión diferente o, mejor dicho, dual. De un lado el gobierno y las instituciones del Estado, empezando por la Corona, trataron de darle un contenido en la línea del dado en otras ocasiones: reforzar los medios y la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad y mantener la misma política migratoria de fronteras blindadas. Eso sí, no faltaron los intentos de barrer para casa en la cuestión catalana, apelando a la unidad nacional y, por medio de sus periodistas y tertulianos de cámara -El País a la cabeza-, echando mierda sobre el procés.

En lo primero, el gobierno del PP y el PSOE lograron ampliar bastante el consenso. La reunión del Pacto Antiterrorista contó esta vez con nuevos observadores. Además de Podemos, que ya venía asistiendo, fueron también IU y las confluencias, el PNV, PDCat y ERC. Con su presencia y llamamientos al consenso todos ellos avalaron las medidas liberticidas que este acuerdo representa. Eso sí, poniéndole límites que concuerdan con el momento de enfrentamiento entre el Estado central y el gobierno catalán: nada de declarar el nivel de alerta 5 que implicaría el despliegue del Ejército en Catalunya.

En lo segundo, que el atentado sirviera para debilitar en Catalunya el procés, parece que erraron el tiro. La sobre presencia de Felipe VI en el Principado, combinada con la campaña catalanófoba en las redes, encendió los ánimos de muchos, y finalmente, previa correcta denuncia de la CUP a la Corona y sus lazos con las monarquías del golfo financiadoras de DAESH, se impuso un modelo de manifestación en la que el Rey -si viene- y el resto de representantes del Estado central tendrán que estar en una segunda línea.

Sobre esta pequeña pero importante victoria táctica, desde el Govern, con el apoyo de los Comunes y la misma CUP, se ha venido fraguando una unidad nacional antiterrorista alternativa. Una unidad catalana y con un discurso multicultural que hasta se ha saludado con entusiasmo por militantes de corrientes de izquierda como Anticapitalistas, calificándola como un gran “compromiso histórico” entre los Comunes y Junts pel Sí, nada menos que los herederos del pujolismo.

Esta unidad nacional alternativa aparece como más “progre” que la que encarna el PP o la Corona, fundamentalmente porque en medio de un crecimiento preocupante del racismo y la islamofobia -palpable en las redes pero también en la calle y en acciones- la unidad nacional catalana se pronuncia en contra de la campaña contra los musulmanes, mientras el PP y el Estado central guardan silencio en el mejor de los casos. Se habla de respeto, convivencia y acogida, y se condena abiertamente todo intento de culpabilizar a la comunidad árabe de lo ocurrido.

En el respeto a esta unidad, los Comunes y la CUP se limitan a plantear la lucha contra el DAESH, la islamofobia y los grupos fascistas. Sacan de agenda la lucha contra el imperialismo, la razón última y estructural de fenómenos aberrantes como el que golpeó Barcelona el 17A o Madrid el 11M, que queda mencionado como un contexto general sobre el que los componentes de esta nueva unidad nacional parecieran no tener responsabilidad alguna. Se puede mencionar la guerra de Iraq en 2003, las relaciones de Felipe VI con Arabia Saudí o el rol de las empresas del IBEX35 en el expolio económico de países como los del mundo árabe, pero de todo esto la responsabilidad pareciera que descansara solo en el PP y el Estado central.

La unidad nacional catalana, como la española, comparten el elemento central y constitutivo de toda unidad nacional: no cuestionar el rol imperialista y la responsabilidad de los atentados que tiene su respectiva burguesía nacional. ¡Esta Claro! Si no, no sería unidad nacional.

La unidad que encarnan el PP y el PSOE no acepta el más mínimo cuestionamiento a las intervenciones militares en las que participa el Ejército español, las injerencias de la Corona y la política exterior en los países semicoloniales y el rol de las multinacionales españolas en su empobrecimiento y expolio. A esta unidad se acerca cada vez más Podemos que, aunque hace alguna declaración en favor de que se revisen las relaciones con Turquía o Arabia Saudí, no saca los pies del plato y si las cosas de ponen feas cierra filas, como cuando Ramón Espinar defendió la involucración de Felipe VI en contra de las justas críticas que le lanzó la CUP.

Por lo mismo la unidad nacional que encarnan Junts pel Sí, los Comunes y la CUP, si bien puede aceptar alguna denuncia de su flanco izquierdo al imperialismo español, deja por fuera toda la responsabilidad de la burguesía catalana y sus representantes políticos en las razones de fondo del terrorismo DAESH. Pareciera como si Juan Carlos I y Felipe VI hubieran ido a hacer negocios a Oriente Medio y no hubieran contado con el apoyo de los gobiernos de Pujol o Puigdemont. Pareciera como si de las inversiones en Arabia Saudí un 40% no fueran de empresas catalanas. Pareciera como si las multinacionales catalanas no fueran tan imperialistas como las españolas, y como si las misiones del Ejército no hubieran contado en su mayoría con el apoyo de los convergentes. E incluso pareciera como si el racismo institucional en Catalunya, la represión policial sobre la comunidad árabe de Mossos y Guardia Urbana, los índices de marginación y exclusión social que afectan especialmente a este colectivo... no hubieran existido jamás.

“Olvidarse” de todo esto en nombre de una supuesta “unidad antiterrorista”, aunque se revista de discurso multicultural, solo puede llevar a una salida completamente impotente para acabar con los atentados del DAESH y reaccionaria en tanto y cuanto relegitima y refuerza al Estado capitalista, aunque sea en una versión catalana, algo que más temprano que tarde terminará volviéndose contra los sectores populares.

La lucha contra la islamofobia y los grupos fascistas de la mano de los herederos del pujolismo y Mas, es reducirla a políticas multiculturales completamente superficiales y asistenciales revestidas de discurso multicultural. Las mismas que, por cierto, han fracasado en Ripoll. No se puede acabar con esta lacra sin combatir sus razones estructurales, es decir sin pelear por un programa contra el paro y la pobreza que azota en especial a la comunidad árabe, con medidas como el reparto de horas de trabajo sin reducción salarial, con impuestos a las grandes fortunas y la nacionalización de las empresas estratégicas para financiar servicios de calidad. Tampoco sin combatir el racismo institucional arraigado en las políticas educativas, culturales, sanitarias... ni por la apertura de fronteras y el fín de las leyes de extranjería, y mucho menos sin pelear contra los distintos cuerpos policiales que son parte de la represión cotidiana de inmigrantes y refugiados.

Lo mismo puede decirse de la lucha por acabar con los atentados del DAESH. Si no es desde la perspectiva internacionalista de lucha contra nuestro propio Estado (o Govern), contra nuestras multinacionales imperialistas (incluidas las catalanas) y nuestro Ejército que participa de más de una decena de misiones en el extranjero, la única vía que queda abierta es la del refuerzo de los cuerpos policiales que serán utilizados para aumentar la represión y el control de los trabajadores, inmigrantes y sectores populares, en especial si luchan o protestan. Por eso no es de extrañar que este giro hacia la unidad nacional antiterrorista de la CUP vaya acompañado de un aplauso y reconocimiento nada menos que a los Mossos d’Escuadra, uno de los cuerpos con un currículum represivo contra la comunidad árabe más nutrido.

El próximo sábado, como el pasado domingo en la Sagrada Familia, las dos “unidades nacionales” marcharan juntas y tratarán de imprimir su significado a la protesta. Aun así, en el enfrentamiento entre el Estado central y la Generalitat de cara al 1O es muy posible que los roces que ya están apareciendo entre Mossos y Policía Nacional/Guardia Civil vayan a más, y por tanto la polarización entre una unidad nacional, la centralista, y otra, la catalana, escale.

Podrá gustar más una que otra. Una es casposa y huele a naftalina, la otra huele a nuevo, a burguesía ilustrada y a discurso de la diversidad. Pero el problema es que ni una ni otra sirven para plantearse una lucha realista para acabar con la barbarie que azota Oriente Medio, África y cada vez más Europa. Ni con estado de emergencia a la francesa, ni con leyes antiterroristas a la española, ni con discurso multicultural y Mossos a la catalana, se pondrán fin a los atentados. Solamente con una lucha abierta contra nuestros Estados, por la retirada de todas las tropas en el extranjero, por la nacionalización de las multinacionales y la devolución de los recursos que expolian a sus respectivos países, por la abolición de las leyes de extranjería y por un programa obrero contra la crisis que acabe con el paro y la miseria, podremos revertir la barbarie a la que el capitalismo imperialista europeo, español y catalán nos conducen.








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