Internacional

CRECIMIENTO DE POPULISTAS, XENÓFOBOS Y “ANTI-SISTEMAS”

Después de las elecciones, ¿Italia ingobernable?

Martes 6 de marzo | Edición del día

Los resultados finales aun no son oficiales, pero los titulares de la prensa italiana ya no dejan dudas sobre las principales lecciones que se pueden extraer de las elecciones legislativas de este domingo en Italia. La tercera potencia de la zona euro es simplemente “ingobernable”, según la editorial de la prensa patronal de Turín, “La Stampa”.

Con mayor moderación en su juicio, pero igualmente preocupado, el Wall Street Jornal destaca cómo “el avance electoral de los grupos populistas en la votación deja a Italia sin un ganador claro”. Esto es lo más preocupante para la burguesía del otro lado de los Alpes, desde Bruselas y sus socios europeos.

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La nueva ley electoral se había aprobado de manera que reforzaría al Partido Demócrata (en el poder desde 2013) y a Forza Italia (centro derecha dirigida nuevamente, por Silvio Berlusconi, quien regresa a sus 81 años). Pero simplemente terminó volviéndose en contra de estos dos pilares del bipartidismo. Con el 19% y 13,9% de los votos respectivamente para Diputados (y el 19,4% y 14,3% para Senadores), ambos partidos quedaron al margen.

Bloqueo Político

Del lado de las fuerzas populistas y “anti-sistemas”, aparece el “ribaltone”, la contra tendencia. El Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo y Luigi Di Maio logró una alta puntuación de 31,6% en el legislativo, mientras que el partido de extrema derecha de Matteo Salvini, antes conocida como la “Liga del Norte” en Bossi, y renombrada como la “Liga” para esta ocasión, aumentó de 4% en 2013 al 18,2% quedando 5 puntos delante de Berlusconi, a quien propuso una posible coalición de centroderecha.

En la mitad norte del país Salvini fue el más votado, mientras que en el centro-sur, muy marcado por la crisis, con la juventud acosada por el desempleo y el empleo precario, el M5S ganó la mayoría. A la izquierda del espectro político, la izquierda radical (Potere al Popolo) consiguió el 1,1%, y la lista de extrema izquierda Sinistra Rivoluzionaria, el 0,1%.

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Matteo Renzi, el hombre fuerte del Partido Democrático, y Paolo Gentiloni, presidente del Consejo, habían apostado por continuar con su política de austeridad y contrarreformas que ha liderado el PD desde 2013. Para los demócratas, que habían perdido en estas elecciones a su “ala izquierda”, Liberi e Uguali¸el golpe es importante. Sin embargo, fue sobre ellos que las (pobres) esperanzas de la burguesía se depositaban para formar una coalición de gobierno de centro izquierda o centroderecha estable.

En el ala derecha, la liga de Salvini ha logrado el “sorpasso”, avanzando por cinco puntos sobre Forza Italia, y transformando muy profundamente el equilibrio de poderes. Con una base social que combina subsectores de empresarios en el Norte, y en sectores populares, la Liga, cuyo mayor aliado es la referente de la ultraderecha francesa Marine Le Pen, es uno de los dos ganadores de estas elecciones.

Sin embargo, es difícil ver cómo un partido xenófobo y antieuropeo que hizo campaña para librar “al país de sus 600.000 inmigrantes ilegales” podría pilotear una coalición de gobierno. Nadie en el establishment político ni dentro de la Confindustria, la corporación empresarial más importante de Italia, lo quiere. En cualquier caso, ninguna de las dos coaliciones potenciales, ni la liderada por el PD, en la centroizquierda, ni la compuesta por la Liga, pueden acercarse a los 315 votos en el parlamento para formar gobierno.

¿Hacia elecciones anticipadas?

Según la constitución, Sergio Mattarella, presidente de la república, debe confiar la tarea de formar gobierno al líder del M5S, Luigi Di Maio, que obtuvo el primer lugar aunque lejos del 40% necesario para asegurar una mayoría. Varios líderes del M5S declararon que su movimiento representa “el pilar de la democracia italiana”, es decir, más prosaicamente, que estaban preparados para negociar.

Incluso Grillo, muy discreto durante la campaña, declaró, antes de las elecciones, que la “era de vaffa” (hacer todo lo que se quisiera) había terminado, marcando un punto de inflexión potencial en la actitud del M5S. Esto sin contar la tensión existente entre un ala de “protesta”, hostil a cualquier alianza, y un sector mucho más moderado y “transformista” tentado por realizar una coalición.

La hipótesis más probable es que mientras el gobierno de Gentiloni continúe administrando el negocio diario, en caso de un fracaso, ya anunciado, de una mayoría en el Parlamento y el Senado, Italia, la tercera potencia en la Eurozona, y la sexta a nivel mundial, deberá regresar a las urnas en elecciones anticipadas, con o sin modificación de la ley electoral actual, uno de los viejos demonios de la política italiana.

Otros supuestos, la constitución de un “gobierno tecnócrata” o la caza furtiva por diputados de derecha y senadores del M5S que contravengan las ordenes de Grillo para apoyar a un gobierno minoritario, también son posibles, pero poco probables en el escenario actual, aunque la Confindustria no desea ir a elecciones anticipadas.

Como en 1993 con Berlusconi, el signo de la profundización de la crisis orgánica

Los analistas subrayan cómo, independientemente de esta perspectiva, los resultados de este domingo son un verdadero terremoto político, comparable con las elecciones de 1993. Fue aquella votación la que marcó la muerte definitiva del “pentapartito”, el sistema parlamentario que sancionó el final del “ascenso de mayo” (el “68” italiano) y que rigió el país entre 1981 y 1991, a través de la alianza (ultra corrupta) entre la Democracia Cristiana de Giulio Andreotti y el Partido Socialista de Bettino Craxi, quien condujo al país en el camino de las reformas neoliberales y al ascenso de Silvio Berlusconi. Hoy, el “Cavaliere” tiene las caras de Salvini, Di Maio y Grillo, pero todo el problema permanece intacto para la burguesía italiana.

El suspiro de alivio que lanzaron los empresarios en Alemania tras el voto de la base del SPD que validó un acuerdo gubernamental con la derecha de Angela Merkel (después de cinco meses de incertidumbre), contrasta con la inestabilidad política que despierta en Italia. “La brecha de confianza entre los ciudadanos y los gobernantes es definitiva”, dijo ayer, después de los primeros resultados, el analista político Roberto Arditti. En términos del dirigente comunista italiano Antonio Gramsci, esto se llama conformación y profundización de la “crisis orgánica”. Este marco, muy definido por la derecha, es sin embargo extremadamente complejo para la burguesía, pues los sectores más combativos de la clase obrera y de la juventud no dejarán de defenderse.

Traducción: Francisco Catalán







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