Géneros y Sexualidades

DOSSIER STONEWALL INN

Deseo, represión, revolución: Jean Nicolas y “la cuestión homosexual”

En los años ´70, Jean Nicolas, militante trotskista y activista del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria francés, publica “La cuestión homosexual”: un brillante análisis de la historia de la opresión a los homosexuales y la lucha por su liberación, y un manifiesto estratégico para luchar por el socialismo y las nuevas relaciones humanas.

Viernes 23 de junio | Edición del día

Corren los años ´70. En plena época de ascenso revolucionario a nivel mundial, desde el Mayo Francés a la segunda ola del movimiento feminista, desde la resistencia de Vietnam y el movimiento anti-guerra en Estados Unidos, el Cordobazo y la revolución chilena sofocados sangrientamente por las dictaduras latinoamericanas, hasta la Primavera de Praga contra la invasión de los tanques soviéticos, desde el movimiento de liberación de los negros hasta la revuelta gay en Stonewall, y bajo el influjo de las revoluciones en Cuba y en China, la clase obrera y la juventud viven un proceso de radicalización política y hacen tambalear al orden social burgués -sostenido con el pacto con la URSS a la salida de la Segunda Guerra Mundial-.

La explotación capitalista, la dominación colonial, el racismo y el sexismo, las relaciones cotidianas, la familia: todo está sujeto a la lucha y la transformación. En este contexto, en el país donde los estudiantes lanzaron su grito de guerra: “la imaginación al poder”, ve la luz el artículo “La cuestión homosexual”. Escrito por un militante de la Liga Comunista Revolucionaria francesa cuyo seudónimo es Jean Nicolas, y publicado en la revista teórica de la LCR, Critique Communiste, en su edición de Diciembre 1976-Enero de 1977, el mismo busca nuevos lazos entre la izquierda marxista y el movimiento de liberación sexual que está en efervescencia y del cual forma parte con su militancia en el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria y posteriormente en el Grupo de Liberación Homosexual.

A banderas desplegadas, traza las líneas de acción: “para los militantes revolucionarios esto supone una doble tarea: por una parte, convencer al movimiento obrero de la importancia y significación de la lucha por la liberación de la homosexualidad, y por la otra, convencer al movimiento homosexual de la necesidad de combinar su lucha por la liberación sexual con la lucha de la clase obrera en pro del socialismo”. El texto se publica como libro y es ampliamente discutido entre los activistas gays y también en los círculos marxistas y de trabajadores.

La sexualidad, entre la normalización y el deseo

Para Jean Nicolas, lo más precioso de las elaboraciones marxistas sobre la sexualidad es que plantean que ésta se inscribe en el ámbito de las relaciones sociales, y por lo tanto, también está determinada históricamente, de acuerdo a las relaciones de producción dominantes en una época determinada. La opresión a los homosexuales es una de las partes de un “proceso de normalización sexual” construido históricamente, y del cual la burguesía se apropia, profundizándolo, con el objetivo de consolidar el matrimonio heterosexual, monogámico, basado en la propiedad privada, la opresión de la mujer y los niños y la represión de la “homosexualidad latente” en todos los individuos, a fin de reproducir estas relaciones sociales que se ajustan al modo de producción capitalista y crear individuos aptos para insertarse en él.

Estas relaciones penetran profundamente en nuestra psiquis, tiñen toda nuestra vida cotidiana, nuestras emociones, nuestra conciencia: son parte de un proceso de sometimiento indispensable para sostener el dominio burgués. La norma sexual es inculcada por la familia, la escuela, la iglesia. El discurso social sobre la sexualidad es normativo, pero no puede dominar al deseo completamente: las prácticas sexuales y las aspiraciones de la vida sexual y social no se corresponden nunca completamente con la norma, sino que existe un desfase permanente: siempre hay una rebelión del deseo contra lo instituido. Según la época, las necesidades económicas, demográficas, históricas, políticas, se sancionará de una u otra forma la “desviación” de la norma sexual. La burguesía logra, por primera vez, no sólo instaurar un discurso normativo sobre la sexualidad, sino comercializarla y obtener beneficios de la represión sexual.

Homosexualidad y represión

Mientras que la antropología da cuenta de que en las sociedades comunitarias primitivas la homosexualidad estaba fuertemente integrada al cuerpo social, la opresión de la homosexualidad es parte de todas las sociedades basadas en la propiedad privada, como también la opresión sobre las mujeres. El desarrollo del monoteísmo, el surgimiento del Estado y de la familia también son parte de este proceso histórico. La herencia de padres a hijos (varones) es la motivación no tan sagrada del tabú de la homosexualidad y la represión de la sexualidad femenina. Las sociedades de la Antigüedad que permitían o valoraban la homosexualidad masculina van transformándose en sociedades basadas en la familia patriarcal y agudizando las restricciones contra la libertad sexual; luego, la tradición cristiana recogerá el tabú contra la homosexualidad y Dios y la Iglesia se convertirán en los guardianes del discurso social sobre la sexualidad.

La penalización de la homosexualidad surge en el Bajo Imperio Romano, cuando el cristianismo se convierte en religión de estado y Constantino sanciona la “sodomía” con la pena de muerte. Durante la Edad Media esta represión se desarrolló y el mito de la relación homosexual como un acto contranatural es creado por Santo Tomás; mito que hoy todavía persiste aún después de ser destrozado por Freud. El sodomita era hereje, y el hereje, sodomita: estas acusaciones de perversiones sexuales eran un arma contra quienes osaran desafiar el poder religioso, y también una herramienta para minar el poder de los señores feudales y quedarse con sus tierras. Y si no, ¡pregúntenle a Cersei Lannister de Game of Thrones!

Pero la burguesía en el poder y en el Estado desacraliza el mundo, la sociedad, la familia. “Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas”, dijo Marx. El centro de la vida humana es el hombre mismo…siempre que pueda pagárselo. ¿Cómo mantener entonces ese orden? ¿Cómo reemplazar el miedo a Dios por el miedo a salirse del rebaño moderno en el capitalismo? Estableciendo categorías de “excluidos”, “asociales”, “desviados”, “enfermos”, reforzando el poder estatal y creando instituciones que se encargarán de ellos, como la cárcel y los hospitales psiquiátricos. Estos desviados son justamente quienes no se integran en el cuerpo social, quienes están por fuera de la producción (y la reproducción) del sistema capitalista. Por primera vez existe una “identidad homosexual”: ya no se sancionan los “actos” homosexuales, sino a los individuos inadaptados, a los que se criminaliza o patologiza. Son los desviados, los enfermos. A la vez, oprime en todos el deseo homosexual, haciendo una separación arbitraria entre las categorías heterosexual/homosexual. Por el contrario el psicoanálisis demostró que no es más natural uno que el otro, y que sólo bajo los efectos de la sociedad la sexualidad se desarrolla en un sentido o en el otro. Es por esto que Jean Nicolas considera esto como el “mito” de la identidad homosexual, afirmando que bajo una sociedad que no oprima sistemáticamente el deseo homosexual el corte arbitrario entre homosexualidad y heterosexualidad cambiaría para dar paso a una auténtica liberación sexual. Por esta razón, critica a las teorías de la homosexualidad como un “tercer sexo” surgidas a fines del siglo XIX, que buscaban darle fundamentos teóricos a las primeras luchas del movimiento homosexual, o las que estaban ligadas al surgimiento del FHAR que postulaban que la homosexualidad en sí misma representa una subversión contra el orden social existente. Esta identificación, el apropiarse de la etiqueta, de la cruz que viene con la estigmatización como “marica”, esto que hoy llamaríamos una “resignificación”, es la respuesta a la represión sistemática y a la desvalorización, cuando la norma no es internalizada llevando a intentos de “corregirse”, a la locura, el suicidio. En ese caso, la burguesía recluye a quienes se identifican como “homosexuales” a su propio ghetto.

El “ghetto” homosexual: si no puedes derrotarlos, lucra con ellos

Las múltiples formas de encierro de los homosexuales no están sólo en las cárceles o los hospitales psiquiátricos, sino también en circuitos comercializados o no comercializados donde encontrar la posibilidad de ejercer el deseo de forma más o menos clandestina. Nicolas distingue entre un ghetto no comercializado que tiene lugar en los espacios públicos, los parques, los baños, donde se frecuentan los homosexuales para encuentros clandestinos, y un ghetto comercializado en las fiestas, clubs, bares, boliches “para homosexuales” donde pueden acceder quienes tengan la capacidad económica para hacerlo. Señala que la burguesía tiene un interés especial en reprimir sistemáticamente los espacios “no comercializados” para canalizar el deseo homosexual a un circuito comercial, del cual obtener ganancias, a la vez que banaliza la identidad gay y la normativiza. Este análisis es cada vez más actual, en tiempos donde el “mercado rosa” se extiende a fronteras inimaginables, con todo tipo de productos, eventos, espacios y lo que se pueda imaginar para el consumo gay. Claro está, sólo para quienes puedan acceder a este circuito. Ciudades enteras hacen gala de ser “gay-friendly”, aunque allí mismo los gays, lesbianas y trans sufran la discriminación laboral, la violencia policial y la falta de derechos. Pensemos, sin ir más lejos, en la “tolerante” Buenos Aires donde “Higui” fue atacada por lesbiana y presa por defenderse, por torta y pobre, y la movilización en la calle logró su libertad.

“Cabe prever que, si continúa la actual tendencia hacia una relativa «banalización» de la homosexualidad, el poder trate de eliminar el ghetto no comercializado, de sanear los lugares públicos, favoreciendo al mismo tiempo la ampliación del ghetto comercializado sobre el que puede, además, ejercer más fácilmente su control”, dice Nicolas, y parece estar hablando del presente. Por ello plantea la necesidad de que el marxismo revolucionario luche codo a codo contra la represión dirigida al ghetto, y acompañe la lucha de quienes se rebelan contra la brutalidad policial, como en el estallido de Stonewall. Pero el ghetto y su represión sistemática persistirán mientras las raíces de la opresión a los homosexuales se mantengan en pie: en la misma Francia en la que escribía Jean Nicolas se libraba una fuerte lucha para tirar abajo la legislación anti-homosexual establecida por De Gaulle y agravada por la enmienda Mirguet, que llamaban a terminar con esta “plaga social” y castigaban las “relaciones contra-natura” entre individuos del mismo sexo. El movimiento revolucionario debía apoyar incondicionalmente al colectivo gay frente a estas luchas.

Esto suponía también una fuerte pelea contra el Partido Comunista y las corrientes stalinistas que reavivaban los prejuicios homofóbicos en la clase trabajadora, rechazando a la homosexualidad como una “tara”, herencia de la “decadencia burguesa”. La represión a los homosexuales en la URSS fue la política de Stalin, que liquidó las enormes conquistas que había significado la revolución para ellos y para las mujeres, luego de que los bolcheviques transformaran a Rusia en el primer país que legalizaba el aborto y despenalizaran la homosexualidad.

Generaciones de lucha por nuestros derechos

“Las tres generaciones del movimiento homosexual” se titula el capítulo, quizás, más interesante y conmovedor del libro de Jean Nicolas. Marca el surgimiento del movimiento, que continúa hasta hoy, en Alemania y Gran Bretaña hacia finales del siglo XIX, cuando Karl Ulrisch, que pasó a la historia como el “primer abogado” de la causa gay, encabezó la lucha contra la legislación anti-homosexual prusiana, que se extendió a toda Alemania con el famoso Párrafo 175, que establecía la cárcel por el delito de sodomía.

El párrafo 175 estuvo vigente bajo sus diferentes formas hasta 1994 y cientos de miles de personas fueron condenadas a la cárcel por su homosexualidad. Aunque la batalla de Ulrisch no tuvo éxito dio nacimiento a la primera generación que lucharía por nuestros derechos. Ulrisch desarrolló una teoría biologicista de la homosexualidad sobre la cual se apoyó Hirschfeld para su teoría del “tercer sexo”, refutada en el libro por Nicolas y que fue muy cuestionada por el movimiento. Esta primera generación del movimiento homosexual a pesar de ser impulsada por sectores de la burguesía y de la intelectualidad, fue apoyada por las organizaciones marxistas, y el partido socialdemócrata alemán apoyó públicamente la lucha contra la legislación homosexual.

Desde Ferdinand Lasalle hasta August Bebel y Eduard Berstein (quien defendió públicamente al escritor Oscar Wilde, que fue detenido en prisión por su homosexualidad), junto a personalidades de la literatura y la ciencia como Thomas Mann, Herman Hesse o Albert Einstein.

Esta generación y el movimiento homosexual fueron brutalmente aniquilados con el advenimiento del fascismo, y durante la Segunda Guerra Mundial decenas de miles de personas fueron recluidas en los campos de concentración nazis por ser homosexuales, marcadas con el “triángulo rosa” como símbolo de su condición. Esta realidad no fue conocida sino décadas más tarde ya que en un principio se invisibilizó el horror al que fueron sometidas las víctimas homosexuales del Holocausto. El stalinismo se encargó de borrar las huellas de la solidaridad del marxismo revolucionario con la causa homosexual y persiguió brutalmente a los homosexuales en la URSS. La segunda generación del movimiento homosexual surgirá después de la Segunda Guerra mundial entre los años ´50 y los ´60, dirigido a lograr reformas legales y del cual serán exponentes el Comité Científico Humanitario estadounidense y el grupo Arcadia en Francia.

Finalmente, Nicolas marca el surgimiento de una tercera generación del movimiento homosexual, mucho más radicalizada y que criticaba la integración de la homosexualidad a la sociedad burguesa, un movimiento que tomaría las calles y del cual la rebelión de Stonewall fue la chispa que se extendió como pólvora. Esta generación apuntará al capitalismo como raíz de la opresión y a la unidad con las mujeres, los negros y los sectores oprimidos. La vinculación con el movimiento obrero resultó más compleja, especialmente por la ideología reaccionaria de los Partidos Comunistas y las organizaciones reformistas en el movimiento obrero que reproducían los prejuicios homofóbicos en el movimiento obrero y alejaban a los homosexuales que se acercaban a sus filas. Es en el desarrollo de este movimiento que Jean Nicolas escribe este libro, aspirando a contribuir a los lazos entre homosexuales, trabajadores y organizaciones revolucionarias. No había sido derrotado aún el enorme ascenso revolucionario iniciado con el Mayo Francés, ni habían surgido todavía el movimiento gay de los años ´80 que se nucleó alrededor del activismo contra el SIDA, ni la teoría queer que sigue siendo fuente de agrupamientos y organizaciones.

La verdadera liberación sexual

Para Jean Nicolas la represión ideológica sobre la homosexualidad tiene su base material en el capitalismo: se niega a reducir la lucha contra la opresión a la lucha contra la norma, ya que el poder de la burguesía radica en el poder del capital sobre el trabajo y de él se derivan y refuerzan todos los tipos de opresión. Así como sería estéril pelear contra la explotación capitalista sin pelear contra la opresión y luchar por una verdadera liberación en las relaciones humanas en otro tipo de sociedad, sería inútil dirigir todos los esfuerzos a la lucha por la liberación sexual sin atacar la fuente del dominio burgués, la apropiación de los medios de producción y el control de la riqueza social. El capitalismo nos condena a la miseria sexual, es dueño de nuestros cuerpos en penosas jornadas laborales, nos quita el deseo o lo regimenta. Sin liberar los cuerpos de la esclavitud asalariada, la auténtica liberación sexual será imposible de concretar. Ya en estos años concluye en la necesidad de reducir el tiempo de trabajo, que es una posibilidad al alcance de la mano por el desarrollo de la técnica, y de esta forma abrirle paso al verdadero goce sexual para todos:

“Una de las condiciones previas para una auténtica liberación sexual pasa por el derrocamiento de las relaciones de producción capitalistas y por una masiva reducción del tiempo de trabajo. En efecto, hay que subrayar que uno de los fundamentos mas poderosos de la miseria sexual en el régimen capitalista proviene del sometimiento del cuerpo de los trabajadores a un trabajo prolongado y penoso. La posibilidad hoy día concretada gracias al desarrollo del automatismo, de reducir masivamente el tiempo de trabajo y de eliminar aquellas tareas más pesadas, abre paso a una auténtica liberación sexual para socavar, al propio tiempo, las bases de la ideología burguesa, la cual valora el trabajo a la vez que trata de reprimir la actividad sexual (…). Así es como el cuerpo, liberado de un trabajo largo y penoso y del peso de una maternidad no deseada, podrá entregarse verdaderamente al placer”.

En épocas donde el mercado rosa alcanza grados obscenos, y el llamado “pinkwashing” o barniz rosa convierte a los derechos de las personas LGTB en legitimación de gobiernos neoliberales o aún de la extrema derecha –como en Alemania, donde la nueva referente de la ultraderecha es la lesbiana Alice Weider, abiertamente xenófoba y antisemita-, y en la que la represión a los gays, lesbianas y transexuales pobres se recrudece al calor de la crisis capitalista internacional, la lucha por la auténtica liberación sexual y por la unidad del movimiento LGTB y la clase trabajadora contra los capitalistas que nos condenan a la explotación y la opresión cobra más fuerza que nunca.






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