Sociedad

MUNDO DEL TRABAJO

Depresión como fenómeno social en el capitalismo

Actualmente el término “depresión” se ha equiparado a la noción de tristeza y poco se entiende sobre su componente social; ya que las tendencias de la psiquiatría lo abordan desde un punto de vista biológico e individual.

Martes 21 de noviembre | 23:23

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se calcula que la depresión afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, que cerca de 800,000 personas se suicidan al año, el 78% de los suicidios se produce en países de bajos y medianos ingresos, y que el suicidio es la segunda causa principal de defunción en jóvenes de 15 a 29 años.

La depresión incluye síntomas como pérdida del sentido de la vida, inhibición, desesperanza, sentimientos de vacío, infelicidad, un malestar indefinible y generalizado, desinterés en el cuidado personal y cualquier actividad que antes fuera gratificante, insomnio o hipersomnia, fatiga o pérdida de energía, dolores de cabeza, trastornos alimenticios, disminución del deseo sexual, dificultad para pensar y concentrarse, ansiedad, sentimientos de culpa y de inutilidad, y de un profundo e incontrolable sufrimiento.

Algunas de las consecuencias que tiene son abandono del trabajo o de los estudios, conflictos con la pareja y/o la familia, alcoholismo y drogadicción; así mismo, depresión no es igual a suicidio, pero sí es una posibilidad que aparece en situaciones graves. El nivel de depresión –leve, moderado o grave– dependerá de la historia psíquica de cada sujeto, y de los recursos con los que cuente cada uno, como son las redes de apoyo de familiares y amigos.

En México han aumentado catastróficamente las cifras de suicidio, ya que en 1994 se registraron 2,603 suicidios y para 2016 aumentaron alrededor de 200% con 6,370 suicidios registrados; mismos que se concentran en edades jóvenes, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI 2017) el 41.3% de estas muertes corresponde a jóvenes de 15 a 29 años; y el 3.7% se trata de adolescentes de 10 a 14 años.

Además es importante señalar que 8 de cada 10 suicidios en México se cometieron al interior de la vivienda particular (76.2%), según datos del INEGI.

El tabú de la depresión y ¿su determinante social?

Resulta paradójico que, por un lado el término depresión es cada vez más usado y equiparado con la tristeza ocasional; pero por otro lado sigue siendo un tabú que “debe” ser enfrentado en secreto y de manera individual ¡como si su aparición fuera de corte únicamente individual!, tabú que convierte a la depresión en sinónimo de suicidio, lo que supone un riesgo solo para quien la padece y a quién se le mira desde la compasión.

Pero no es casual que la depresión y sus consecuencias, como el suicidio, se hayan convertido en una de las principales “enfermedades del siglo XXI” y una de las principales causas de defunción, en particular para un amplio sector de la juventud trabajadora –o que lo será en un futuro próximo– que ve fracturadas sus esperanzas por tener una vida digna, ya que cada día se ven más golpeadas las condiciones laborales en que los jóvenes nos insertamos al trabajo.

La depresión tiene múltiples factores que no se pueden generalizar porque dependen de cada sujeto como su historia familiar y psíquica, sin embargo, el factor social es determinante en su desencadenamiento y permanencia; como explica Ana María Fernández en su libro Jóvenes de vidas grises, no se puede aislar el contexto social que deja a los jóvenes sin posibilidades de planificación a futuro como lo han hecho las economías neoliberales que instituyen en la subjetividad una fractura en la esperanza colectiva, y esto corresponde a “toda una estrategia biopolítica de vulnerabilización”.

Estas condiciones no se explican sin entender el modo de producción capitalista que cada día es más voraz, que busca aumentar sus ganancias precarizando y empobreciendo cada vez más la vida de la clase trabajadora en su conjunto –tan sólo en México existen más de 50 millones de pobres–. Y es aquí en donde la juventud se enfrenta a un mundo competitivo y cada vez más individualista, este sector representa un amplio ejército de reserva en el mundo laboral, y cada vez accede con mayor dificultad a estudiar; ya que tiene las peores condiciones de trabajo y sólo accede a la educación un porcentaje menor al 15% de los que presentan examen de selección a la universidad.

El trastorno depresivo y su brutal aumento parece ser más bien un síntoma de época que refleja la poca esperanza hacia futuro generada por las condiciones cada vez más insostenibles para la clase trabajadora, no es de sorprenderse que este sector sienta desesperanza y tienda hacia un depresión crónica o al suicidio.

Como marcan las cifras, la mayoría de los suicidios se da en lo privado, pero también existen casos en que claramente se nota el determinante social, como sucedió en 2012 con Dimitris Christoulas, el jubilado de 77 años que se suicidó frente al parlamento griego. Esta es parte de la carta encontrada en los bolsillos del anciano que puso fin a su vida:

El Gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussollini en 1945.

El capitalismo muestra la más profunda barbarie contra el conjunto de la clase trabajadora a nivel internacional, por tal razón decimos ¡nuestras vidas valen más que sus ganancias!

De la individualización de la depresión y la salida que realmente se necesita

Desde el modelo hegemónico de la psiquiatría se ve a la depresión desde un punto de vista biológico, individual, ahistórico y asocial; que supone una alteración bioquímica en el cerebro, como es el desequilibrio de los neurotransmisores serotonina y norepinefrina.

Ésta concepción contribuye a que quien la padece no identifique claramente lo que le sucede, lo sufra en silencio y se aísle del mundo externo; además fortalece la idea de que es un problema individual y no social.

En general el tratamiento que se da a esta problemática es la medicalización que se inscribe en el discurso individual y garantiza las ganancias de las grandes farmacéuticas; estas medidas sólo buscan paliar los síntomas pero no llegan a la raíz del problema, buscan tapar el sol con un dedo. Cada vez es más frecuente la medicación a temprana edad, ya sea por depresión, insomnio o “hiperactividad” en los niños; lo que provoca que los sujetos se conviertan en seres dóciles y productivos, si se preguntaban como la medicalización beneficia al capitalismo… ahí lo tienen.

Es necesario construir y fortalecer los lazos familiares y sociales que se ven fracturados por la competitividad, como pueden ser los lazos de solidaridad entre los y las trabajadoras, para que el sujeto esté mejor armado anímica y psíquicamente para enfrentar estas condiciones. Cualquier solución que no busque la transformación radical de la sociedad será impotente ante la problemática que se desencadena a partir de la precariedad de la vida y que nos arranca el deseo y el sentido de vivir.

Fuentes:
* Ana Ma. Fernández, Jóvenes de vidas grises: psicoanálisis y biopolíticas.
* Lilia Esther Vargas (comp.), Lecturas de la depresión.






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