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Delfín negro: ¿Cómo denunciar al imperialismo cuando ya no se nombra?

Reseña de una impactante obra de danza que estuvo presente en el Centro Cultural Ricardo Rojas.

Lunes 23 de octubre | Edición del día

"¿Cómo se crea una obra revolucionaria? ¿Cómo denunciar el imperialismo cuando ya no se nombra? La danza es revolucionaria, cuando abraza el dolor y la impotencia ante la desigualdad. Gritamos por nuestros héroes y los llamamos por sus nombres. A veces, también callamos y morimos. Demos vueltas las armas, el enemigo está adentro"

"¿Cómo poner el cuerpo a la injusticia?" podría ser la pregunta que se planta en escena, y a su vez, es respondida. Con creces.

Delfín Negro es una obra de danza, directa en la problemática que aborda: el capitalismo y la necesidad de una revolución. Coreografías precisas y complicidad en las intérpretes transmiten la impotencia y el sufrimiento frente a la desigualdad, que se profundiza cada día más en una sociedad que puede ser distinta.

Hay momentos para palabras, para discursos -tanto en castellano como en francés- que no dejan a dudas el reclamo. Pero eso no significa que en el resto de los excitantes cuadros compositivos no haya voces: hay cuerpos que gritan. Gritan con dolor, pero sin emitir un sonido, sublevándose por dentro. Estos cuerpos no son simplemente "cuerpos estéticamente armónicos", adoctrinados por una disciplina que uniforma: son sujetos que rompen cualquier dualidad cartesiana, que hacen de su "cuerpo-objeto" un hecho revolucionario.

Las creadoras e intérpretes de este relato emancipador -Catalina Briski, Clotilde Meerof y Brenda Boote Bidal- rompen con lo anecdótico, con los esquemas de lo predecible, a fin de hacernos sentir que lo que "el cuerpo" muchas veces calla, esconde, conserva. Como artistas de la danza, estas mujeres llevan las fibras musculares hasta su máxima tensión, acelerando el pulso cardíaco en un (a)ritmo insurrecto, alargando cada vértebra en su eje, para luego dejarse atravesar por la gravedad y caer: golpear contra la dura realidad del suelo. Son múltiples las interpretaciones posibles, pero es el espectador quién completa la historia.

El escenario es simple pero preciso: la sensación de encierro, remitiendo a un posible campo de concentración u otras locaciones afines, envuelve a los observadores. Tal envoltura se completa con un juego de luces, y una música con varios climas, desde tonalidades alienígenas a ritmos de guerra. El vestuario es conciso, refiere históricamente sin caer en alguna redundancia explicativa y maneja un despojo apropiado. En suma, adentrada la narración, se produce un cambio de indumentos que refuerza la identidad de nuevos roles que aparecen en la escena, con chaquetas holgadas y pasamontañas, ocultando los cuerpos femeninos que trascienden la distinción por género.

La obra dirigida por Ramiro Cortez tuvo su acontecimiento escénico en el Centro Cultural Ricardo Rojas, primero en el marco del Festival de Danza, bajo la premisa de Danza y Política durante tres funciones, y luego hicieron temporada por seis funciones más en la misma locación. Tienen proyección y se espera continúen el año que viene con una pieza compositiva que, lejos de ser reduccionista, no ilustra la revolución, sino que la traslada al cuerpo.

Ficha técnica
Creadoras e intérpretes: Catalina Briski, Clotilde Meerof y Brenda Boote Bidal / Iluminación: Paula Fraga / Sonido: Sebastián Greschuk / Fotografía: Ignacio Cángelo / Asistente de dirección: Irene Gorelik / Dirección: Ramiro Cortez.








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