Cultura

DIMENSION DOCUMENTAL

De sus queridas presencias/Fragmentos de un diario de filmación

Claudio Remedi

Documentalista

Martes 23 de septiembre de 2014 | Edición del día

El Espino, Bolivia, 3 de agosto de 2012

En una van viajamos Norberto Forgione, Claudia Rabanaque, Gabi Jaime, Eusebio Tapia y yo. Estamos transitando el segundo viaje de filmación del largometraje De sus queridas presencias.

Llegamos a la localidad de El Espino y para mí recién allí comenzó verdaderamente el rodaje. Hay veces que las jornadas previas resultan un precalentamiento, quizás dado por una primera entrevista en profundidad o por planos que dan cuenta de espacios o locaciones. Cuando uno no conoce la región quizás esto último es más recomendable; entusiasma recorrer y registrar la geografía a primera vista.

En El espino la vegetación -como lo advierte su nombre- es xerófila. Una estación de tren abandonada, un vagón de combustible, vacas, caballos, gallinas, niños. Pasamos frente a un cementerio que vale la pena describir: un pequeño lote alambrado con tumbas de cemento, a manera de bovedillas que reproducen la cubierta de un ataúd, adornadas con coronas de flores de plástico que forman coloridos círculos concéntricos. Las vías, el cartel de la estación, son las líneas compositivas de las primeras tomas que incluyen a Eusebio, nuestro protagonista calificado, integrante de la guerrilla del Che en el año ´67. Pronto descubrimos que Eusebio está bien dispuesto a trabajar en puestas en escena documentales. Desde Flaherty a Prelorán, decenas de autores trabajaron en acuerdo con sus protagonistas para recrear situaciones, filmando acciones que tan solo forman parte de la memoria, pero que se corporizan nuevamente gracias al poder de la cámara. Entonces dirigir se traduce en proponer y con Eusebio la distancia entre lo que uno imaginaba y lo que él representaba, se hacía -para nuestra sorpresa- cada vez más grande. Valió pues la adaptación del cuerpo y de la cámara para registrar sus imprevistos: caminatas, mímicas, descripciones de huellas que sólo sus recuerdos parecen ver, pero que se constituyen en fascinantes evidencias del paso de la guerrilla por territorio boliviano.

En El espino también conocemos las aptitudes de Eusebio para comunicarse con la gente. Nos presenta como quienes quieren rescatar una historia no tan lejana, de cuando las columnas del Che pasaron por esos lares, rompiendo naturalmente esa incómoda barrera del que arriba fugazmente como forastero a tomar imágenes de prestado. Una vez más la actitud es importante. El acercamiento franco y hasta el manejo del cuerpo son los medios para pedir permiso sin timidez. De a poco la memoria oral comienza a brotar de a pequeños fragmentos, configurando el valioso rompecabezas del año 1967: pasajes de la marcha de guerrilleros no muy bien pertrechados, la venta de comida a los combatientes, las avanzadas del ejército con sus soplones, el día después de la batalla. Allí se toma conciencia que el tema histórico que nos convoca tiene testigos vivos. Que la imagen icónica del revolucionario argentino se constituye diferente en esta Bolivia apartada de las grandes ciudades.

Me siento inmerso a su vez en uno de esos documentales que plantan su cámara en el patio de tierra de la casa humilde, donde el entrevistado se rodea de niños, sus animales de granja, sus pocas pertenencias. En este territorio tenemos un personaje visible, Forgione, que indaga, acompaña, reflexiona como hilo conductor de una investigación atravesada por dos décadas. Pero Eusebio también se descubre como entrevistador, un complemento ideal que hace más abierto el diálogo. El final de la entrevista también depara una particularidad; es que Eusebio regala sus libros, algunos pequeños folletos sobre la revolución social de su autoría. Como un evangelizador moderno, las lecciones de socialismo o las memorias de su paso por la guerrilla son distribuidas a maestros, niños, a mujeres campesinas, que agradecida termina ávidamente hojeando la literatura de izquierda…

Camiri, Bolivia, 6 de agosto de 2012

El hotel Londres, donde estuvo Tania –integrante de la red urbana de la guerrilla- es una especie de tinglado con una serie de habitaciones en fila. Un mural miente el paso del Che por una de esas habitaciones cuya oscuridad no deja ver su interior. Sin embargo, un haz de luz del sol dibuja una diagonal con manchas móviles que no son sino las hojas de un árbol. Más tarde Eusebio se anima a pedir permiso en el local donde Regis Debray y Ciro Bustos fueron juzgados, luego de ser apresados por el ejército. Hoy este espacio parece estar destinado a los velatorios del sindicato de petroleros. Filmamos un diálogo entre Forgione y Eusebio, registramos caminatas con varias puesta de cámara. De esto nada quedaría en el montaje final.

Ese mismo día viajamos a Lagunillas. Pueblo antiguo, caluroso, con galerías que enmarcan viejas construcciones de adobe. Llegamos a la cárcel de piedra, donde Eusebio estuvo preso luego de ser capturado por el ejército. En un paredón Eusebio reconstruye un simulacro de fusilamiento. Actualmente en ese mismo paredón, paradójicamente nos encontramos con un gran mural del Che.
La cárcel, convertida en museo, está cerrada; con la ayuda de un monopie alzamos una cámara para registrar su interior. Frente a la cárcel hay una galería con una vieja silla desvencijada. Le proponemos a Eusebio sentarse. Allí se produce entonces un luminoso instante de memoria; sobrevuela la eternidad del recuerdo, un tiempo abolido que clama por repensar los sucesos, donde el dolor no se amilana frente al fenómeno de los combatientes bolivianos y de otros países que forjaron filas en las columnas de Guevara…

De sus queridas presencias, dirigido por Norberto Forgione y realizado por Inti producciones y grupo de Boedo Films se estrena el 25 de setiembre en el cine Gaumont de Buenos Aires.







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