Política

OPINIÓN

Relatos M y K: la trampa de la polarización

Los relatos y sus límites en la praxis política. El ajuste y la polarización: las dos caras de una misma moneda.

Luis Bel

@Hachedebel

Miércoles 12 de abril | 08:18

Si hay una palabra que escuchamos repetidamente durante gran parte de la “década ganada”, esa es la palabra “relato”. Tanto así, que medios, politólogos e intelectuales, tratan de rastrear desde que Cambiemos asumió el gobierno en diciembre de 2015 (sin contar por supuesto “La revolución de la alegría” utilizada durante la mentirosa campaña electoral), algún indicio de algo que se parezca a un “relato M”.

La tarea se hace difícil si los objetos de la pesquisa son terrenos discursivos donde predomine lo político, como lo aseverara el escritor Martín Kohan en una reciente entrevista a este diario, “eso de la política” a gran parte del gobierno le es lejano.

Más bien podría encontrarse el uso de un “common language” (lenguaje común) empresarial muy utilizado por las multinacionales y sus “think tanks” (usinas de pensamientos) a la hora de enfrentar la conflictividad con la sociedad o con comunidades en particular que les oponen resistencia y lucha. Claro ejemplo de esto es la manera en que las mega-mineras manejan los conflictos con las asambleas por el “NO a la mina”, remarcando en sus informes que lo que falló en su relación con las comunidades fue “la falta de diálogo”. Así, ese se reduce todo a un problema comunicacional de la empresa a la hora de presentar su “proyecto” a la sociedad. En otras palabras: no nos quieren porque no nos entienden.

No es extraño entonces oír en boca de muchos funcionarios del gobierno estas mismas excusas cuando gran parte de la sociedad “no entiende” el magnífico plan económico del mejor equipo de los últimos cincuenta años.
Como bien saben los asambleístas, los trabajadores y los docentes, cuando todos no llegan a comprender ese “lenguaje común”, llegan los palos y la represión.

Los límites del relato K

Por otro lado y a diferencia de Cambiemos, el kirchnerismo supo forjar a partir de la crisis abierta por las jornadas revolucionarias del 2001 (su propia “pesada herencia”) y con una pata puesta sobre la “militancia” de Néstor y Cristina en los 70, un relato con varios hitos y núcleos duros que cualquiera de sus funcionarios, dirigentes y militantes podían recitar sin problemas a la hora de debatir “los dos modelos de país”, que dentro de la polarización política que querían imponer las diversas variantes patronales, pretendían que el pueblo trabajador escogiese.

Dentro de ese núcleo duro podemos encontrar el descuelgue del cuadro de Videla (empañado por el ascenso del “cuadro” Milani), el relato de la “no represión de la protesta social” (aniquilado cuando Berni y sus muchachos bajaban en helicóptero sobre Panamericana para reprimir a los trabajadores de Lear), la foto con el cartelito del #Niunamenos de muchos funcionarios mientras “la jefa” seguía condenando a la clandestinidad y a la muerte a decenas de mujeres con su negativa a darle curso a una ley que permita el aborto legal, seguro y gratuito; el “luche y vuelve” de YPF mientras se indemnizaba con miles de millones de dólares a la saqueadora Repsol, el “patria o buitres” mientras se la pagaba al Club de París y la guerra mediática con Clarín que culminó con una estupenda “borrada” en el conflicto de AGR… y así podríamos seguir, la lista es larga.

Podríamos aseverar entonces, que ese núcleo duro de hitos que conformaban el “relato K” a la hora de ser probado en la práctica, se quedaba sólo en eso, en relato, en palabras.

Aun así y apoyado sobre pilares como 678 o el grupo de intelectuales agrupados en “Carta Abierta”, el relato funcionaba y traccionaba militancia joven y de manera centrípeta atraía a organismos sociales y de derechos humanos que en otras épocas supieron dar grandes batallas contra el aparato estatal.

Pero algo sucedió tras el triunfo de Macri en el ballotage. Los carpetazos judiciales y mediáticos recibidos por los principales referentes del FPV, dejaron sin enunciadores a un relato que había tenido miles de interlocutores en los últimos años. El video de López revoleando bolsos a un convento de monjas en plena madrugada terminó de hacer el trabajo.

Uno de los primeros en salir a bancar la parada (y la palabra “bancar” encuentra aquí un espacio ameno donde acomodarse) fue el inefable Guillermo Moreno, quien se paseó por gran parte de los estudios de televisión con sus planillas de afiliación y la amenaza de la Tercera Guerra Mundial bajo el brazo. Pronto se dieron cuenta que el ex Secretario de Comercio, con su modo bravucón, sus antecedentes y las denuncias de haber armado una patota en el Indec para amedrentar a los trabajadores, no era la mejor manera de presentar una nueva cara tras la derrota electoral.

Curiosamente, uno de los más citados por Moreno en sus intervenciones se transformó en la luz al fondo del túnel para muchos kirchneristas en busca de una voz opositora: Francisco, el Papa peronista. Esta simbiosis duró lo que dura el darse cuenta que antes que nada un Papa debe asegurar la gobernabilidad del régimen burgués, antes que ponerse a dirimir políticas locales que podrían terminar debilitando a un gobierno ya de por sí enclenque.

No es que haya mejorado la relación entre Cambiemos y el Vaticano, pero la injerencia y el tono bajaron para asegurar no ser el “elefante en el bazar” de Macri. Bergoglio volvió a ser Francisco y a ocuparse del rol que a la Iglesia Católica le compete como actor internacional y a tratar de tapar los escándalos por abuso de menores que últimamente aparecen con más frecuencia que la virgen María.
Otro de los pesos pesados del “relato K” fue sin dudas Aníbal Fernández, quien tras perder la elección en provincia a manos de María Eugenia Vidal, tuvo apariciones esporádicas en la pantalla chica. Pero, sumergido en procesos judiciales y debilitado tras la derrota sufrida en GBA (con traición peronista incluida), era casi imposible que lograra recuperar el lugar de legitimidad que alguna vez tuvo dentro del gobierno anterior.

Algo similar sucede con CFK, judicializada, su discurso en Comodoro Py y la construcción de un Frente Ciudadano, aparecen allá, lejanos. Su discursividad ha quedado circunscripta a las redes sociales, sobre todo a Twitter, donde lleva adelante una intensa actividad, y a los escritos que presenta periódicamente en los juzgados adonde se llevan adelante las causas en su contra.

Este relato sin enunciadores, por lo menos de peso, anda por allí, errando por algunos medios opositores al gobierno, en boca de oradores menores. Titubeantes enunciadores que suelen entregar rápidamente las armas ante cualquier “nene con súper poderes” que con algún posgrado en Harvard les tira sobre la mesa el sintagma “herencia recibida”.

En el programa de Navarro dedicado al paro del 6 de abril, Juliana Di Tullio parecía perdida y hasta por momentos desvariar dentro del debate político, y no se puede decir que El Destape sea un lugar adverso al kirchnerismo. Tal es así que cuando Myriam Bregman le dijo “Uds, le votaron todo en el Congreso a Cambiemos”, Juliana intentó una tenue resistencia, pero cuando Bregman le retrucó “en el Senado les votaron todo”, Di Tullio tocándole el brazo le respondió “Sí, ahí sí”.

Algo similar sucedió en Argentonic, el primer programa político del farandulero Jorge Rial, donde Diana Conti tuvo que aliarse por momentos con Hernán Lombardi, tras la denuncia de Nicolás Del Caño de que ambos habían sido parte del gobierno de la Alianza, adonde para Conti “se cometieron errores”, como si la amnesia le hubiera hecho olvidar que ese gobierno se fue con 39 muertos sobre sus espaldas. El momento “cómico” de la noche se dio cuando el referente del PTS-FIT acusó al FPV de votarle las leyes de ajuste a Macri, Conti, mirándolo fijo le contestó “No le hagas el juego a la derecha, ¿querés?”. Grotesco.

El “marxista” Kicillof, a quien Marcos Peña dirigió toda su “furia” en una sesión de diputados, tiene el lastre de haber sido el Ministro de Economía que, al igual que Cambiemos, realizó una devaluación que hizo perder casi 4 puntos al salario real. Teniendo en su haber el año 2014 como uno de los peores años en el plano económico de la administración k.

El kirchnerismo se habrá quedado sin enunciadores y sin un relato político sólido, pero en lo que sigue siendo consecuente es en su ausencia total en las calles y en las principales luchas (salvo la lucha docente donde sus dirigentes no pueden declararse abiertamente K y la del colectivo #Niunamenos, un fenómeno claramente de masas), tirando por la borda aquello de “resistiendo con aguante”.

La apariencia de la polarización y el FIT

Lo curioso, es que fue nada menos que Cambiemos y su apuesta estratégica de polarizar nuevamente con el kirchnerismo lo que les ha dado vida, aunque el pejotismo en general lo sigue resistiendo y teniendo en cuenta que la variante opositora Massa se parece demasiado al perfil al cual se quiere (supuestamente) oponer.

Macri se la juega con todo a realizar un enfrentamiento más virulento con la ex presidenta. Esto se debe, mayormente, a la caída de su imagen positiva y a que en las encuestas sus candidatos no levantan.

Con este nuevo giro, puesto a prueba desde la apertura de las sesiones legislativas y en las recientes represiones y ataques a la CGT, hasta ahora el gobierno sólo ha podido llegar a su núcleo duro de votantes: una derecha caracterizada por su odio de clase.

En este escenario, el peligro para los trabajadores es el de caer en la trampa de la polarización a la que se juegan los partidos patronales. De allí la responsabilidad del Frente de Izquierda como actor político fundamental a la hora de construir una alternativa política de los trabajadores. Para que la crisis esta vez la paguen los capitalistas. Porque nuestras vidas valen más que sus ganancias.






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