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OPINIÓN

De regreso a octubre: memoria y balance a un año de la derrota del FPV

Un balance político a un año de la derrota electoral del gobierno en octubre de 2013. La dialéctica del peronismo entre partido de orden y partido de la contención. De la sciolización del kirchnerismo al “sciolismo o barbarie” impuesto por las circunstancias. El tránsito hacia la ”resistencia” sin dejar el poder.

Fernando Rosso

@RossoFer

Martes 7 de octubre de 2014 | 01:30

Después de la derrota electoral de octubre del año pasado y de una “oportuna” desaparición de Cristina Fernández del escenario político (producto de un problema de salud), el gobierno realizó en noviembre un cambio “aperturista” del gabinete. Jorge Capitanich asumió la jefatura de ministros en lo que se prefiguraba como un acuerdo con la fracción del PJ (NOA-NEA), de la “liga de gobernadores”, arbitrando o “bonaparteando” contra el PJ de la provincia de Buenos Aires, donde había sufrido “la madre de todas las derrotas”. Juan Carlos Fábrega, un orgánico de los banqueros, asumía la conducción del Banco Central; Carlos Casamiquela, un amigo de la “patria sojera” tomó las riendas del Ministerio de Agricultura y Axel Kicillof se puso al frente del Ministerio de Economía.

Luego de ese regreso con una puesta en escena intimista en la TV, lejos de las cadenas nacionales y los discursos de barricada, Cristina se preparaba para un giro hacia la moderación, para una hoja ruta friendly market en términos de la economía y hacia el “consensualismo” en la arena política. Un kirchnerismo burguesmente maduro, casi sciolista. La nota de color y el símbolo fue el “tierno” perrito Simón, blanco y radiante, metáfora de un “bolivarismo” domesticado.

La crisis y el fracaso de la economía del cepo aplicada para enfrentar la restricción externa durante el periodo 2011-2013, comenzaban a presionar fuerte sobre el dólar y las reservas. Era una expresión de las contradicciones estructurales y el agotamiento del “modelo”.

Hacia fin de año, la crisis empezaba a tener por abajo sus manifestaciones distorsionadas con motines policiales (que tomaban la forma de reclamos salariales), saqueos y movilizaciones populares por los cortes de luz que eran una de las tantas expresiones de la crisis energética. Hacia marzo asomaba la pulseada por las paritarias más complejas de los últimos años.

Las dos caras de enero

Al cierre del 2013, había comenzado una puja de sectores empresarios que presionaban por la devaluación. Finalmente el gobierno la llevó adelante en enero y la combinó con un aumento de las tasas de interés para enfriar la economía. Un combo perfecto de ajuste “casi” ortodoxo, al que solo le faltaba un ajuste fiscal (baja de los subsidios y aumento de tarifas), la resolución de los conflictos de deuda a nivel internacional y como consecuencia “virtuosa”, el inicio de un ciclo de endeudamiento y la llegada de inversiones para el saqueo de los renovados recursos petroleros (Vaca Muerta). El kirchnerismo se proponía “resolver” el atraso nacional como lo hicieron -con distintos matices-, todos los gobiernos en la historia argentina: con endeudamiento y entrega.

Los acuerdos en el CIADI, con el Club de Paris, Repsol, hechos en distintos momentos, confirmaban el camino elegido.

Las aguas (turbias) de marzo

Con el discurso de apertura de las sesiones del Congreso en marzo se recreó un consenso por arriba con este giro a la derecha del gobierno y una unidad alrededor la agenda de un ajuste devaluatorio y la “vuelta a los mercados”. Todo el mundo avalaba que el gobierno haga el trabajo sucio de un ajuste para después entrar en la batalla político-electoral con algunas contradicciones resueltas. Con la mención especial -en ese mismo discurso-, a la injusta condena a los petroleros de Las Heras y a la necesidad de “regular” los piquetes, Cristina adelantaba la política del nuevo orden kirchnerista y el protagonismo que logrará el Secretario de Seguridad Sergio Berni en los meses siguientes. Se postulaba para encabezar el tránsito del “partido de la contención” al “partido del orden”. La “izquierda kirchnerista” comenzó a crujir.
Una huelga docente de 17 días en la provincia de Buenos Aires (acompañada por otras en el interior) precedió al paro del 10 de abril, una pronunciamiento categórico del malestar que empezaban a tener los trabajadores con el gobierno.

Dos veces junio

En junio, la Corte Suprema de EEUU rechaza la apelación argentina contra el fallo Griesa y ratifica la obligación de pagar el 100% de lo adeudado a una fracción de los fondos buitre, poniendo en crisis toda la reestructuración de la duda. El 31 julio la Argentina entraba en default técnico o parcial y empezaban los tironeos con Griesa para ver el alcance de la medida. Pero no solo ponía en cuestión la reestructuración, sino la hoja de ruta para salir tanto económica como políticamente de las encrucijadas del “proyecto”.

Los efectos del giro de enero empezaban a tener consecuencias en la economía. La desaceleración combinada con inflación (“estanflación”) trajo consigo suspensiones y despidos (no masivos) y deterioro del salario. Se desataron resistencias, sobre todo en la industria más golpeada (automotriz y autopartista), aunque no solo en ella. La autopartista Gestamp en el norte del GBA, la alimenticia Calsa en el sur del conurbano o la metalúrgica Weatherford en Rio Tercero de la provincia de Córdoba, fueron solo algunos de los ejemplos. Pero fueron los conflictos en la autopartista Lear y la gráfica Donnelley los que se convirtieron en causas nacionales y donde las máximas autoridades de los distintos niveles del gobierno tuvieron que intervenir. Allí se había conquistado una fusión entre la izquierda trotskista (el PTS) y la vanguardia obrera; actuando en el parlamento pero con el centro de gravedad en la calle y específicamente en la Panamericana. Estos conflictos hicieron que en medio de la crisis no solo se escuche la voz de los buitres y la del gobierno, sino también el ruido metálico en la voz de los “nietos de fierro”. Hasta Carta Abierta tuvo que tomar nota de esta cuestión en su última misiva.

En el medio se impuso otro paro nacional el 28 de agosto, convocado con poco convencimiento, o mejor dicho, con el convencimiento de que se haga a medias. Y fue fuerte igual, pese a que estuvo cruzado por esta limitación de las conducciones sindicales y por cierto miedo e incertidumbre por las suspensiones y despidos.

Octubre (en) rojo

El fracaso de la hoja de ruta económica se llevó puesta la hoja de ruta política y el gabinete de hace un año entró en crisis y se deshilacha. Octubre, otra vez en rojo. La intempestiva salida de Fábrega y la probable partida de Capitanich son la muestra más elocuente.

Las circunstancias impusieron una vuelta a los relatos ficcionales y de barricada en los patios de la Casa Rosada. Se revoleó a Simón por la ventana y se busca otro perro que ladre un poco más fuerte, aunque tampoco muerda.

Se produce el retorno a un bonapartismo de camarilla y de la economía del cepo, reconociendo que la devaluación no sirvió para nada, a excepción de licuar los salarios. Vuelven a combinarse los síntomas como los que terminaron en la devaluación de enero. A la restricción externa, propia del agotamiento del “modelo”, la agravan la baja considerable del precio de la soja y la depreciación del real brasilero.
Políticamente, a diferencia de enero, hoy el gobierno sabe que está en retirada y viviendo el fracaso de su línea de salida ordenada.

Si lograban el triunfo de la hoja de ruta podían garantizarse una salida “a lo grande” (incluso algunos soñaban con la posibilidad de imponer un candidato propio con posibilidades). Hoy van por el mismo objetivo de “salida a lo grande”, pero por otro camino. En la pose de “resistencia” a las corporaciones y a los buitres.

Los últimos movimientos políticos, luego de levantar a Macri, muestran un giro hacia un acuerdo con Scioli. La estrategia sería negociar las listas nacionales y las de la provincia de Buenos Aires (ya que para Scioli es imposible ganar sin los votos kirchneristas), posicionar legisladores (o incluso el gobernador de la PBA) que se sumen a los puestos conquistados en la justicia y otras áreas. Condicionar a Scioli si gana o hacerlo cargo de la derrota si pierde. Pasar a la “resistencia” sin abandonar el poder. La aparición parlante de Máximo y el renovado protagonismo de La Cámpora están puestos al servicio de esta estrategia. “Waddo” de Pedro hace de nexo.

Otro cantar es cuánto el peronismo realmente existente respetará este sueño dorado del frepasismo rabioso, una vez que se encuentre a la intemperie del gobierno y del poder central.

En la economía, la última tabla de salvación a la que se juega el gobierno es la posibilidad de un tardío arreglo con los buitres que traiga posibilidades para una nueva entrega de las joyas de la abuela que representa Vaca Muerta, bajo el modelo Chevron. Y pasar la primavera con ayuda de algunos mangos venidos de China, apretando y cautivando a los bancos y a los sojeros. El peligro de que “se imponga” una nueva devaluación está en presencia como amenaza latente.

La lógica de hierro de todos los reformismos, siempre condenados a abrirle al camino a las derechas, plantea nuevas posibilidades para la izquierda que supo combinar la defensa de derechos sociales y obreros y la conquista de posiciones estratégicas, con la intransigencia en la arena política. La derecha no es la única opción trágica para el pos-kircherismo, la izquierda también se postula en la lucha por el futuro.







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