Géneros y Sexualidades

INMIGRACIÓN, MUJERES Y ESTADO

De leyes y luchas

Recientemente Cristina, Capitanich y Berni han sobresalido por una serie de dichos xenófobos que, al igual que ya han hecho con la protesta social, pretenden transformar en legislación. Luego de aprobar un Código Civil que está por detrás del sancionado en 1869 en varios aspectos, el oficialismo busca desempolvar la Ley de Residencia de 1902. Ésta había sido promulgada a comienzos del siglo XX como respuesta de la burguesía a un período de luchas y organización obrera en el que los extranjeros jugaron un rol preponderante, y como parte de un corpus legal que buscaba regular la conflictividad social. Las mujeres durante estos años también se enfrentaron a una legislación opresiva que, de todas formas, al igual que con la inmigración, no evitó que fueran partícipes y gestoras de grandes batallas.

Sábado 8 de noviembre de 2014 | Edición del día

Foto: Niñas obreras cigarreras. Circa 1920

Agitación obrera: los primeros grandes pasos

Los años 1887, 1888 y 1889 se caracterizaron por un importante flujo de inmigración ultramarina a Argentina. Al concluir el trienio había en el país aproximadamente medio millón de habitantes, repartidos casi equitativamente entre nativos y extranjeros. Decayendo con la crisis de 1890, estas elevadas cifras volvieron a cobrar impulso a principios del siglo XX. Todos estos años de picos migratorios coincidieron con una enorme conflictividad obrera. La gran carestía propia de la época, y los problemas de vivienda, higiene y salud, fueron los primeros motivos que impulsaron a una naciente clase obrera a irrumpir en la vida política, económica y social del país: panaderos, textiles, zapateros, trabajadores de la industria de la construcción, portuarios, y ferroviarios, entre otros, libraron importantes huelgas que en varios casos terminaron en victorias.

Por entonces comenzaba a surgir la "cuestión social" y las protestas de los trabajadores se volvían uno de los elementos centrales de las preocupaciones de la burguesía, lo cual se observa en las editoriales de los grandes diarios burgueses como La Nación. La problemática de las mujeres (muchas de ellas, obviamente, inmigrantes) también sería central, y ello se veía reflejado en la legislación social y laboral vigente.

Un análisis de las leyes propias de fines del siglo XIX y comienzos del siguiente, deja entrever qué rol se pretendía que las mujeres ocuparan en la sociedad. Pero este ejercicio se revela incompleto si no es acompañado de una visita a la historia, que evidencia que en un momento de enorme subordinación legal y conservadurismo, donde todas las instituciones buscaban relegarlas a un rol maternal y doméstico, ellas protagonizaron valientes peleas que formaron parte de un clima general de gran movilización.

Las mujeres: Código Civil y legislación laboral

En un año tan temprano como 1869, se sancionó el Código Civil, obra de Dalmacio Vélez Sárfield. En el mismo, las mujeres eran subordinadas a la institución familiar, reflejando la ideología dominante de la época. Las mismas, a diferencia de los hombres, nunca alcanzarían la capacidad civil plena: dado que la minoría de edad regía hasta los veintidós años, ellas permanecían sujetas a sus padres o tutores hasta esa edad, a partir de la cual pasaban a depender de sus maridos. Incluso las solteras terminaban manteniendo siempre un estado de minoridad legal ya que ninguna mujer podía disponer de bienes patrimoniales (fueran heredados, propios o adquiridos dentro del matrimonio), suscribir documentos públicos ni querellar ante tribunales. A su vez, las casadas no poseían la patria potestad de sus hijos.

Lo instituido por este Código sería complementado en los años posteriores, acorde a los nuevos cambios económicos, políticos, productivos y demográficos que tomaron lugar en Argentina. Luego de años de masiva inmigración europea y modificación en los procesos de trabajo, nuevas leyes fueron dedicadas a las mujeres. Tal es el caso de la ley 5.221 de 1907 que buscaba regular el trabajo femenino (y que sería ampliada con las leyes 11.317 y 11.933, de 1924 y 1934 respectivamente). La misma se centraba en el papel reproductivo de la mujer y en torno al mismo le otorgaba una serie de "derechos" en el lugar de trabajo, tales como la posibilidad de abandonar el puesto de trabajo -sin goce de sueldo- durante los treinta días posteriores al parto, y la de poseer quince minutos de descanso cada dos horas para el amamantamiento. De todas formas, estas leyes, que condensaban los prejuicios de la época y la voluntad de dividir a los trabajadores, terminaban siendo papel mojado. Patentizando la hipocresía de la burguesía, los empleadores generalmente encontraban la manera de incumplirlas y las mujeres permanecían como la mano de obra más explotada y oprimida.

Aparece la clase obrera, aparecen las mujeres que luchan

Durante los años que comunican al siglo XIX y al siglo XX, fue tomando forma en el país una incipiente clase obrera. Para entonces convivían en las ciudades grandes establecimientos industriales, pequeñas unidades y talleres, y nuevos sectores de servicios. Lo mismo sucedía con las diversas modalidades de trabajo: uno fabril, más moderno, coexistía con pervivencias de trabajo artesanal en algunos sectores, trabajo a destajo y a domicilio. Las mujeres no solamente fueron predominantes en este último -donde transcurrían largas jornadas que, a la vez, combinaban con el cuidado de los hijos y las tareas domésticas-, sino que tuvieron un importante peso numérico en ramas donde estaba más desarrollada la experiencia del trabajo fabril, como la de fósforos y cigarrillos. En el caso de la industria textil también eran preponderantes, tanto en la preparación de las telas (que, en un principio, tendió a ser una tarea domiciliaria) como en la propia confección (que ocurría en pequeños, medianos y grandes talleres).

Además de vivir en carne propia duras condiciones de trabajo, compartían con sus compañeros y familiares los problemas de salubridad, falta de dinero y alimentos que vivían todos los trabajadores. No casualmente, aun cuando no disponían ni de la potestad legal para hacer un trámite, las mujeres marcaron el camino participando de importantes conflictos que alarmaron a capitalistas y funcionarios.

Los ejemplos abundan. Uno de los primeros hitos de la clase obrera en formación fue la famosa "huelga de domésticos", organizada para rechazar la pretensión de la municipalidad de reinstaurar una suerte de ’libreta de conchabo’, donde las trabajadoras actuaron activamente. Cuando en el café Philip un inspector exigió al patrón una libreta de ’buena conducta’ de sus empleados, los mozos y cocineros (hombres y mujeres), entendiéndolo como un atropello a sus derechos, pronto se retiraron del lugar y declararon paro. Esta acción no tardó en replicarse a otros establecimientos por lo que poco después, como se ve en la prensa de la época, muchos bares, hoteles y restaurantes debieron cerrar sus puertas. Este "contagio" no sólo se efectuó entre los trabajadores y trabajadoras de la profesión, sino que incluso llegó a los cocheros que sufrían las mismas condiciones. La huelga terminó en un triunfo contundente: la ordenanza fue pronto derogada y el intendente renunció, mostrando la potencialidad de la organización.

Los conflictos del nuevo siglo

A partir de fines del siglo XIX, comenzaron a tener un importante peso corrientes el anarquismo y el socialismo. Entre 1895 y 1910 fueron los anarquistas, en sus distintas tendencias, los tuvieron un incomparable éxito frente a otras corrientes, lo cual se expresaba en su peso dentro de las organizaciones del movimiento obrero. Estos, junto con los socialistas -en menor medida- tuvieron un importante rol en muchos conflictos obreros y se destacaron, en este sentido, grandes personalidades políticas femeninas y luchadoras, que se involucraron en la organización de las mujeres y la pelea por sus derechos. Es en este marco que en 1901, las alpargateras de la empresa "La Argentina" (que ya se habían manifestado en 1895) y cigarreras rosarinas entraron en huelga. En 1904, lo hicieron las zapateras, las costureras, las modistas, las tabaqueras, las pantaloneras, las modistas, las chalequeras, las tejedoras, las fosforeras, las planchadoras rosarinas y, nuevamente, las alpargateras de "La Argentina". En 1905, una vez más las cigarreras entraron en acción. En 1906, las fosforeras volvieron a protestar y parar, así como las algodoneras, las tejedoras y las obreras de la camisa. En 1907 las obreras telefónicas se declararon en paro y las compañeras de los empleados del ferrocarril aprovecharon la gran huelga ferroviaria de ese año para obtener una valiosa experiencia política y organizativa e incluir sus propias reivindicaciones.

Ladran, Sancho: historia pasada, historia actual

La burguesía respondió a los reclamos de estos trabajadores mediante la represión y atribuyendo la agitación obrera a ideas "foráneas" -un dechado eterno para los discursos de la derecha argentina-, que buscaría combatir con la Ley de Residencia bajo la manga.

Actualmente, cuando los trabajadores y trabajadoras salen a luchar, la respuesta es la misma: ley antiterrorista para evitar la protesta social; ley contra los extranjeros para mantenerlos sumisos; leyes para las mujeres, que retrasan casi un siglo la pelea por conquistar sus derechos. La única forma de enfrentar los ataques es la organización, como han demostrado los trabajadores, los inmigrantes y las mujeres a lo largo del tiempo. Todavía en las fábricas, las calles y los lugares de estudio resuenan los gritos de resistencia de los obreros, las obreras y los estudiantes que se rebelaron antes que nosotros. Debemos apropiarnos de esta historia. Es nuestra tradición, es nuestro orgullo y es parte del camino hacia la sociedad que día a día luchamos por construir.




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