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TRIBUNA ABIERTA

De leonas y máquinas: feminismo en PepsiCo

Con las mujeres a la cabeza e interpelando a sus compañeros varones para acompañar sus demandas, forjaron una Comisión de Mujeres en la fábrica, logrando una serie de conquistas que se convirtió en un ejemplo de lucha a nivel nacional.

Jueves 3 de agosto | Edición del día

“En nuestras propias operaciones, PepsiCo considera que es fundamental proteger y apoyar la seguridad, la salud, el desarrollo profesional y los derechos humanos de nuestros empleados. Fomentar una cultura diversa y comprometida (parte de la orgullosa historia de nuestra compañía), promover el progreso equitativo de las mujeres, y ofrecer políticas y beneficios para los trabajadores son algunas de las formas en las que continuamos atrayendo el talento necesario para expandir nuestro negocio”.

Esta pequeña cita recoge, acorde a la sección “Desempeño con Propósito” de la propia página web PepsiCo Argentina, uno de los puntos claves en la “agenda de sustentabilidad” para 2025. No obstante, una hoja, pegada en la puerta de la fábrica ubicada en el partido bonaerense de Vicente López, cuestionó sus nobles intenciones. “Con motivo del cese de operaciones de Planta Florida y la relocalización de su producción en otro establecimiento, y mientras da cumplimiento a las instancias legales correspondientes ante el Ministerio de Trabajo, se comunica al personal que queda transitoriamente liberado de prestar servicios manteniendo el goce de haberes. La empresa los estará contactando para mayor información, pudiendo Uds, también comunicarse al 0800-666-7377. PepsiCo Alimentos.”

Mujeres e industria.

Desde aquel 20 de Junio en el que la empresa cerró sus puertas 536 trabajadores no han vuelto a ocupar sus puestos. Del total, el 68% de los cargos era ocupado por varones mientras que el 32% pertenecía a mujeres. En términos de paridad de género, la situación no es ajena al ámbito argentino. Si bien algunas personas cuentan con la suerte de poder desempeñarse en tareas que disfrutan, en términos generales vender nuestra fuerza de trabajo en el mercado resulta consecuencia de satisfacer diversas necesidades económicas del sistema en el que vivimos. No sólo en nuestra sociedad y no sólo en el panorama actual, se observa una división sexual del trabajo que relega las tareas reproductivas (gratuitas) tales como aquellas que tienen que ver con el cuidado de los hijos, de los adultos mayores, de la limpieza del hogar y otras tantas que conforman nuestro mantenimiento cotidiano al sexo femenino. Por su parte, las tareas productivas vinculadas al mercado (remuneradas) son asignadas a los hombres. Históricamente ha sido así.

Cuando las mujeres ingresan al mercado laboral además de concluir su rol allí asignado día tras días, continúan las tareas hogareñas que forman parte de su trabajo no productivo, cumpliendo una doble jornada que a lo largo del tiempo ha sido justificada “en el nombre del amor” el amor a los hijos, a los padres, a los nietos. Amor que se ha visto reflejado en la primera y última Encuesta Sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo presentada por el INDEC en el año 2014, al mostrar que las argentinas dedicamos 6,4 horas de tiempo y los argentinos 3,4 horas, en promedio, en el país, a tareas no remuneradas. No es motivo de sorpresa pues, que semejante tradición se refleje también en la estructura productiva nacional. El concepto segregación horizontal alude a la concentración de ciertos grupos (mujeres) en ciertas ramas de la economía, por lo general, asociadas a las ya citadas tareas de cuidado y habitualmente peor pagas.

El caso del sector industrial no supone ninguna excepción a la norma y se aprecia una mayor presencia femenina en aquellos sectores que demandan una mayor actividad manual.

Fuente: Boletín de estadísticas de género y mercado de trabajo. Dirección General de Estudios y Estadísticas Laborales. Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales.

Entre pisos pegajosos, techos de cristal y líneas rosas.

Existe, en nuestro mundo una multinacional sumamente reconocida. Su CEO es una empresaria estadounidense nacida en la India, de nombre Indra Nooyi que logró llegar a una posición profesional a la que muy pocas llegan. Dentro de la teoría económica feminista el concepto “techo de cristal” pone en palabras todas aquellas barreras invisibles que enfrentan las mujeres a la hora de ascender jerárquicamente. Si nos enfocamos en nuestro país el “éxito” de Indra resulta incluso más llamativo: según los últimos datos obtenidos por la Encuesta de Indicadores Laborales para el Segundo Trimestre del año 2015 el 28% de los cargos directivos eran ocupados por mujeres mientras que el 72% restante se encontraba en manos de hombres. El techo de cristal del que Indra logró escapar queda evidentemente muy lejos de su término complementario “piso pegajoso” que refiere a aquel proceso mediante el cual las mujeres suelen quedar estancadas en los puestos de menor calificación.

Muy lejos de la India, muy lejos de Estados Unidos y hace varios años, Liz empezó a trabajar en PepsiCo realizando tareas mínimas manuales y de gran desgaste físico: empacar los paquetes siguiendo los elevados ritmos de producción requeridos: de 45 a 90 unidades por minuto. La tarea, desde luego, no era sencilla. Los movimientos repetitivos, lavar las máquinas, desarmarlas, volverlas a armar, realizar los controles de calidad necesarios por si el paquete salía defectuoso, separar el material reciclable…y todo ello por la categoría más baja: operario calificado. En un ambiente en el que se alentaba a los hombres a capacitarse para ser maquinista, si una mujer deseaba despegarse del suelo, debía traspasar muchas barreras y aguardar con paciencia y esperanza el día en que el “progreso equitativo” viese la luz y su nueva categoría fuese reconocida. Mientras tanto, al Norte del continente, en el año 2015 PepsiCo México recibía el premio a las Mejores Prácticas de Responsabilidad Social Empresarial por parte de CEMEFI. ¿La razón? La implementación de una línea de envasado denominada “Línea Rosa” enteramente manejada por mujeres, con uniformes rosas y maquinarias, efectivamente, de color rosa.

Género y conquista.

En la planta de PepsiCo Florida la cuestión de género siempre estuvo muy latente. Desde principios del nuevo milenio Leo Norniela y Catalina Balaguer, junto a otros trabajadores, se organizaron con el fin de obtener descansos más prolongados, mayores categorías, servicio de guardería (conforme al art 63 del convenio colectivo de trabajo) y reducir los brutales ritmos de producción. En consecuencia, el despido de 100 contratados, en 2002, sería un punto de inflexión. Lejos de resignarse con aquel castigo impuesto por la patronal, Catalina junto a sus compañerxs emprendieron un largo camino de lucha y denuncia logrando que en el año 2006 la propia Corte Suprema de Justicia de la Nación fallara a su favor, sentando jurisprudencia a través de un dictamen histórico que impidió a las empresas, a partir de entonces, despedir a sus empleados por su actividad gremial. Y aquello fue tan sólo el comienzo.

El “piso pegajoso” que subordina a las mujeres a resignarse a los peores salarios fue justamente el terreno en el que se peleó por el reconocimiento de categorías acordes a las tareas realizadas por las obreras. Si bien el artículo 26 del Convenio Colectivo establece que las condiciones expresadas en el mismo se aplican indistintamente a ambo sexos, se les ofreció desde la conducción burocrática del sindicato de la alimentación una retribución de 150 pesos en lugar del aumento de categoría a mayor carga laboral. A la tregua del STIA se le contrapuso la lucha en la fábrica, organizando una Comisión de Mujeres desde donde se interpeló a sus compañeros varones para plantarse en conjunto, y como resultado se consiguió el pase de operario calificado a medio oficial, logrando así igual tarea igual salario.

En lo referente a la conciliación de la maternidad y la vida laboral, se logró el aumento de la compensación monetaria por guardería. Al no tener una en la planta, la retribución de $200 que aportaba la patronal dificultaba enormemente la posibilidad de tercerizar las tareas de cuidado. En múltiples facetas, se consolidó una actitud combativa con unidad para lograr diversos objetivos, desde el cambio del color blanco en la ropa que incomodaba la jornada laboral en períodos de menstruación, hasta parar la planta en reclamo de justicia por el femicidio de Lucía Pérez; desde impulsar el Ni Una Menos participando en marchas con consignas, prendedores, campañas con fotos, actividades de concientización, hasta impulsar la huelga el 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, parando una hora en cada uno de los tres turnos.

Aquellas que dejaron la salud, la juventud y la familia al lado de la máquina no pidieron nada que no les correspondiera, no exigieron nada que no merecieran. Evidentemente, el ejemplo sembrado por las trabajadoras y los trabajadores de PepsiCo no se debía propagar en el corazón industrial del país. Inútilmente cerraron la fábrica pensando que todo acabaría, ofreciendo jugosas indemnizaciones para callar el rugido de aquellas leonas. Actualmente la lucha continúa en la carpa instalada frente al Congreso de La Nación y para todo aquel que desee atreverse a continuar el camino que ellas iniciaron, podrán encontrarlas allí. Más firmes que nunca.








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