Juventud

RECITAL Y MUERTE

De Chacales y ausentes

La productora del recital del Indio Solari fue demandada por otra muerte en un recital de 2011. Por eso (y otros detalles) los periodistas de rock intuían que lo de Olavarría podía salir mal.

Domingo 12 de marzo de 2017 | 20:22

Marcos Peuscovich, el intendente de Olavarría Ezequiel Galli y Matías Peuscovich

El viernes a la noche veteranos cronistas de rock intuían que saldría mal, y quienes conversamos con ellos sobre el que sería el último recital del Indio Solari nos fuimos de la redacción con un sabor amargo.

Por eso el domingo las palabras “avalancha” y “predio desbordado” quedaban chicas ante las muertes. Esta vez fueron dos, ya no afuera del concierto como sucedió con Walter Bulacio tras la razzia policial en 1991, sino en pleno recital del ex Redondo.

Los que estuvieron hablaban de “matadero” y “locura total”. Solari, fiel a su estilo, primero estuvo mudo y luego culpó a los medios. Entonces, el que habla es el archivo.

Chacal producciones, que tuvo a su cargo la actuación del Indio en Olavarría, fue demandada por los familiares de Miguel “Keko” Ramírez, el fan de La Renga muerto en el recital del 30 de abril de 2011 que esa misma productora organizó en el autódromo de La Plata.

Los padres de Ramírez, que murió tras ser impactado por una bengala, también querellaron al grupo musical y al gobierno bonaerense.

La demanda civil la presentaron en el Juzgado Contencioso Administrativo número 1 de La Plata contra La Renga Discos, Chacal Producciones, el gobierno bonaerense y la aseguradora Federación Patronal por una suma superior a los $ 300 mil.

El abogado Cristian Biasini explicó que la presentación contra el grupo de rock es porque es “la cara visible, ya que los chicos van a verlos a ellos y no a la productora; por ende, son también responsables del show y no pueden deslindar la organización del recital a terceros”.

Además, detalló que la demanda se extiende también hacia la firma Federación Patronal, empresa de seguros contratada por Chacal Producciones, y al Gobierno provincial como responsable de la Policía Bonaerense.

“La Policía es responsable porque antes de entrar al autódromo hay varias calles de acceso que estaban custodiadas por efectivos de esa fuerza y se vieron a varias personas prender bengalas, algo que está prohibido por la ley de Armas y Explosivos”, precisó Biasin.

Antes de que comenzara el show una bengala impactó en el cuello de Miguel y le provocó muerte cerebral.

El joven falleció el 9 de mayo, luego de permanecer internado nueve días. Tenía 32 años, dos hijos, una pareja embarazada de siete meses, una familia con la que compartía creencias evangelistas, un grupo de amigos con el que se apasionaba por el Club Atlético San Miguel y otros amigos con los que desde hacía más de quince años seguía a La Renga, su otra pasión.

Así lo recordó Luis Paz en el suplemento NO de Página12, en una nota titulada “La muerte cerebral del rock”. En aquella oportunidad algunos de los seguidores de La Renga pasaron por veinte cacheos, otros, como en Olavarría, apenas una palmada en el hombro.

Todavía no comenzaba a sonar la banda y ya había estruendos y petardos, que el mismo público abucheaba y obligaba a apagar. La realidad era que había pirotecnia y sería letal. Cuenta el periodista Paz que Chacal producciones no atendía el teléfono mientras Ramírez agonizaba en el hospital de Alejandro Korn.

En mayo de 2015 Iván Fontán fue el único condenado en este caso, por haber arrojado la bengala. La productora, la aseguradora y la Policía Bonaerense deberán responder, eventualmente, ante la justicia civil, ya no la penal.

Leé también #IndioEnOlavarría: denuncian que el intendente presionó para la habilitación del predio

Diez a uno

Hace exactamente un año, en Tandil el Concejo Deliberante recibió a los hermanos Marcos y Matías Peuscovich, de Chacal Producciones, a funcionarios del Departamento Ejecutivo y jefes policiales para conocer los detalles de los operativos previstos en esa ciudad antes, durante y después del megarecital del Indio.

Sentados en las bancas del recinto, los responsables de la productora informaron que destinarían unas 1.500 personas a la seguridad privada, 405 policías que contrataron y unos cien trabajadores de la salud en diez puestos sanitarios, además de quince ambulancias para atender cualquier eventualidad, tal como informó el periódico local El Eco. ¿Policías contratados?

Terminado el encuentro, Marcos Peuscovich manifestó que la reunión fue “perfecta” y anticipó que los dispositivos de seguridad “se han mejorado porque se han agregado más accesos. Antes solamente se usaban dos puertas y ahora hay diez. Eso hace que sea un poco más fluido, y como crece un poco el espectáculo, hay más funcionarios de seguridad pública y también más de seguridad privada”.

Con respecto a la cantidad de personal que tendría a cargo cuidar al público, precisó que los contratados de la seguridad privada “están rozando los 1.500 y la orden del servicio de policía que nosotros contratamos es de 405. Creo que la Policía pone más porque también tiene que cubrir otros lugares en la ciudad”.

A tres días de la “misa” ricotera de hace un año en Tandil, Peuscovich evitó precisar la cantidad de personas que podrían presenciar el recital, aunque arriesgó que “estimamos alrededor de 100 o 110 mil personas, superando el último ampliamente”. ¿No anticipar que esta vez serían más del doble fue lo mismo que imprudente imprevisión?

La crónica da cuenta de que uno de los temas que despertó el interés de los legisladores de la Comisión de Derechos Humanos, Garantías y Seguridad fue el manejo de los accesos al recital y los desmanes que se podían generar a partir de personas que intentaran ingresar sin entradas.

En el recinto sobrevolaron los rezagos de la experiencia negativa que dejó el recital de La Renga, de mayo de 2015, donde se registraron desmanes, botellazos y varios heridos de perdigones de goma. Nadie mencionó al fallecido Ramírez de 2011.

Corina Alexander, presidenta de la comisión, expresó que la planificación de Chacal “me dejó conforme”. En principio, evaluó que “en el evento de La Renga había un solo acceso, cuando el sábado funcionarán diez con personal de la productora que trabajará para que el ingreso sea pacífico”.

Hace pocas horas Taiana Castro relató que en Olavarría intentaron irse del recital por la salida del fondo, es decir por el lado el rectángulo opuesto al escenario, pero se encontraron con un enorme vallado y del otro lado policías, pocos y de civil, que les decían que no iban a pasar por ahí “para no molestar a los vecinos”. ¿Por qué diez accesos en Tandil y uno solo en Olavarría? ¿Por qué sabiendo que el “agite” siempre está adelante pusieron el escenario en el sector más angosto?

Los que estuvieron en el predio describen que el clima era parecido a los recitales de los últimos tiempos de los Redonditos de Ricota, con mucho “reviente”, afirman. Castro cuenta que en un claro que se hizo cuando comenzaron a desmayarse había unas 200 personas y muchas en el piso, ella hizo RCP a un flaco y logró reanimarlo pero luego no podían sacarlo. “Fue muy raro porque los que estaban al lado no reaccionaban para parar y ayudarnos, como suele suceder en todos los recitales del Indio”, dijo.

El límite de esa desconexión es, precisamente, haber perdido los reflejos y no detectar al caído. Pero tampoco desde la organización hubo previsión ni reflejos para socorrerlos.

Los cronistas de rock evaluaban dos días antes que era una muy mala señal el doble mensaje: desde la Ciudad de Buenos Aires salían pensando en encontrar entradas allá y desde la productora avisaban que no había más tickets.

“Lo único que espero es que la nota salga en espectáculos y no en otra sección”, dijo uno antes de cerrar la edición del día. Intuían que tendrían que escribir una maldita crónica de dos muertes sino anunciadas sí evitables.

Quienes alguna vez cubrimos a los Redondos en sus presentaciones previas al asesinato de Bulacio también pogueamos y era fija, nos cuidábamos entre todas y todos, hasta al que estaba en silla de ruedas. Pero había espacio para hacerlo. Anoche el Indio pedía que se cuide el público, trasladando a ellos parte de su rol.

Cuando vio que no le hicieron caso, los retó. “Habíamos quedado en que nos cuidábamos...”, dijo, mientras llamaba a la gente de seguridad que no aparecía. Pensó que tenía un pacto milagroso y mágico con la gente que los protegería, pero ya era tarde.







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