Cultura

LITERATURA // OPINIÓN

Cuidado, aquí hay ficción

A raíz del “caso Ricardo Lísias” (una acusación judicial al escritor paulista de “falsificación de documento público”) Cristhiano Aguiar analizó y escribió sobre el tema. Con su generosa autorización, La Izquierda Diario de Argentina traduce y publica su artículo aquí.

Cristhiano Aguiar

Escritor, crítico literario y profesor

Viernes 16 de octubre de 2015 | Edición del día

Hace algunas semanas, el escritor paulista Ricardo Lísias quedó envuelto en un embrollo digno de sus excelentes ficciones. El caso, en verdad, es tan complicado, que admito el no tener seguridad de que lo entendí correctamente. Al parecer, el autor será investigado por la Policía Federal, a partir de un pedido del Ministerio Público, por haber supuestamente falsificado un documento público, crimen que puede darle al infractor una pena de reclusión de dos a seis años, o bien una multa. El detalle, sin embargo, es este: no hay falsificación, porque el documento es parte de su novela, publicada por la editorial e-galáxia, Delegado Tobias. Ante todo –y digo esto en nombre de todo el equipo de Vacatussa– toda nuestra solidaridad y apoyo a Lísias y a su trabajo, cuya ficción se ha mostrado como una de las más incitantes de la producción contemporánea brasileña.

No puedo, pese a todo, dejar pasar este episodio sin comentar que tanto la propia idea de ficción en cuanto tal –ese es el tema de nuestra charla de hoy– retira parte de su propia pertinencia social justamente por su poder de nublar fronteras muchas veces juzgadas inmutables. Ese poder desestabilizante de lo ficcional, como demuestra la equivocada investigación contra Lísias, puede provocar consecuencias jurídicas, algunas incluso peligrosas. la historia de la literatura, del libro y de la lectura está repleta de episodios sumamente singulares. Luego vamos a recordar algunos de ellos.

Lo que ocurrió con la novela Delegado Tobias implica un completo desconocimiento de lo que es la ficción. El texto ficcional, incluso aquel que pretende ser lo más realista posible, es siempre un acto de fingir, para tomar prestada la definición establecida por Wolfgang Iser. El escritor propone para su posible lector un pacto, y el compartir un mundo fundado en el lenguaje. Un mundo que no es una fuga de la realidad, como tantas veces pensamos, y sí un cosmos paralelo y, al mismo tiempo, profundamente enraizado en la experiencia de un tiempo, de una historia, de una cultura, de un cotidiano. El desconocimiento de ese mecanismo básico de la ficción, en el caso del Episodio Lísias, es un error básico, pero no me sorprende del todo. ¿Por qué? Es que las narrativas como el romance, o la novela, por ejemplo, tradicionalmente flirtean con textos no ficcionales, entre ellos textos jurídicos. Una de las características básicas del género novela, a fin de cuentas, es la de incorporar dentro de sí innúmeros géneros textuales, incluso los no ficcionales. Entra todo en la novela: “imitaciones” de cartas, de opiniones, de e-mails, de documentos jurídicos, de chats, letras de canciones, diseños, organigramas, slides de powerpoint… Cabe, incluso, una respuesta judicial, documento de la discordia contenido en la novela de Lísias.

Soy uno de los partidarios de la hipótesis de que la moderna prosa de ficción nace no en el siglo XVIII, sino en los romances picarescos surgidos en la península ibérica a partir del XVI. La modernidad ficcional se consolida cuando los entonces nuevos relatos cada vez asimilan más, como piensan Auerbach y Bajtín, las dinámicas de la vida cotidiana, o sea, sus colores, olores, lugares, sobrenombres y, en especial, los múltiples usos, dialectos y variantes del lenguaje de la calle y del día-a-día. El primero de los romances picarescos, El lazarillo de Tormes, es estructurado como una declaración, una carta del lazarillo a una poderosa autoridad. Por lo tanto, este libro es sólo uno de los ejemplos posibles de la frecuente incorporación, en pos de crear un “efecto de realidad”, de textos que, por su naturaleza, vinculan la narrativa ficcional a una atmósfera vinculada a lo no ficcional. Es el caso de los documentos jurídicos, por ejemplo. Fue exactamente eso lo que Lísias hizo.

Ese poder de la ficción me atrae mucho. Pero fueron muchos quienes la consideraron peligrosa. Continuemos en el siglo XVI con los españoles. Mi fuente es el libro organizado por Franco Moretti La cultura del romance. En 1543, es promulgado, en Valladolid, un decreto prohibiendo introducir en las “Indias”, en especial en Perú, “libros de historias profanas”, o sea, romances: “ocurre que los indios educados en la lectura, atraídos por esas historias, abandonan los libros de la santa y recta doctrina y extraen de estas obras mentirosas malos hábitos y vicios”. Dos ideas aún hoy defendidas por muchas personas están presentes en esta prohibición. La primera, es la de que existe un campo separado entre la Verdad, por un lado, y la Mentira, por otro, cuyo representante por excelencia del segundo polo sería la ficción. La segunda idea es el mito de que todo texto ficcional es directamente pedagógico y, por consiguiente, todo lector sería una losa en blanco, 100 % influenciable. Recuerdo, por ejemplo, en mi infancia y adolescencia el haber oído a muchos pastores y parientes condenando novelas y películas justamente por causa de eso, pues “sólo enseñan lo que no sirve”. En 1698, en Alemania, un tal Gotthard Heidegger escribió una condena del romance. “Quien lee romances lee mentiras”, afirmaba. De inmediato, observa que en tanto romance, la ficción como todo, en realidad, intensifica los propios efectos nefastos cuando crea historias basadas en hechos reales. En estos casos, para G. Heidegger, los romances “no mienten apenas, sino que promueven un verdadero ultraje a la verdad, pues la contaminan con un río de mentiras”.

Es ese “río de mentiras” el que necesita ser controlado y recortado por el Estado, o por cualquier aparato ideológico amenazado debido al potencial transgresor de la ficción. Delegado Tobias, por lo tanto, no es el primer libro, como bien sabemos, objeto de polémica en las cortes. Por el contrario, una excelente historia de la literatura podría ser hecha solamente con libros ligados a querellas jurídicas. Recordamos siempre el famoso caso de Madame Bovary, de Flaubert, procesado por la supuesta obscenidad del libro. Hoy en día, podemos hasta entender cuánto la gran obra del escritor francés, con su retrato intenso del adulterio femenino, del tedio matrimonial y de las mediocridades provincianas, chocó a una parte del público lector de la Europa del siglo XIX. Menos recordado entre nosotros, sin embargo, es el hecho de que un pilar del modernismo en lengua inglesa, Ulises, de Joyce, publicado en 1922, también fuera objeto de censura y reprobación. Permítanme ahora abrir un paréntesis anecdótico. Nada menos que otro nombre fundamental en lengua inglesa, Virginia Woolf, fue una de las más cerradas detractoras de la novela. Hasta hoy, sentimos admiración por quien lee el Ulises. Si no concluimos su lectura, confesamos, con culpa (y es mi caso): “me dormí en las primeras diez páginas”, o “pucha, aún no leí ese libro”. Woolf, por otra parte, no sólo impidió, trabajando para la editorial Hogarth Press, la publicación de Ulises en 1918, juzgaba la novela vulgar e incoherente. Todo clásico hoy, para nosotros, posee una presunción de inocencia, no importan sus posibles defectos; para algunos lectores, pese a todo, la supuesta vulgaridad e incoherencia de Ulises fueron motivo para expulsiones, juzgamientos, intervenciones del Poder Judicial. En 1933, por ejemplo, el juez John Woolsey emite una sentencia permitiendo la libre circulación de Ulises en los Estados Unidos. En la época, pendía sobre el libro un mandato de aprensión, pues se prohibía en los EUA la importación de libros extranjeros considerados obscenos. Woolsey, que a lo largo de su sentencia demuestra una excelente comprensión de las innovaciones traídas por el modernismo como un todo para la prosa de ficción, concluye que el Ulises “es una tentativa seria y honesta de desarrollar un nuevo método literario para la observación y descripción del género humano”. Y termina así: “sin duda [es] un poco emético [inducidor de asco, de vómito], pero nunca presenta la tendencia de ser afrodisíaco”.

Para finalizar, es innegable una cierta aura que se crea alrededor de escritores perseguidos por el propio estatuto de la ficcionalidad. Mi último ejemplo, pese a todo, está lleno de delincuencia. Se trata del caso de James Frey, el exmarido de Oprah Winfrey. Si ustedes entraron en el sitio de la editorial Objetiva, que publicó aquí el polémico libro de él, Un millón de pedacitos, verán que la obra es clasificada, aún hoy, como un libro de no ficción, pues su ficha de catálogo la ubica en el terreno de las Biografías/Memorias. Así Frey y su editorial original vendieron el libro: como un relato autobiográfico de superación de un hombre quebrado por las drogas y la criminalidad. Con esa historia de superación, Frey concedió entrevistas para Oprah (que después lo insultaría como mentiroso), fue traducido a decenas de lenguas y vendió millones de ejemplares. Luego se descubrió, sin embargo, cuánto de buena parte de su libro era la más pura invención. Aquí entra el dato más fascinante, precisamente. ¿Cómo se defiende Frey? Afirmando que su libro fue entendido “equivocadamente” por la editorial que lo publicó. Un millón de pedacitos se trataba, en verdad, de una obra “predominantemente ficcional”, en sus propias palabras. Ante el desenmascaramiento y, asimismo, la posibilidad de procesos judiciales, Frey asumió la máscara de la ficcionalidad, porque sabía que no se exige del discurso de la ficción, hasta cierto punto, una responsabilización por aquello que ella misma dice. Si en una biografía hay necesidad de verificabilidad de hechos, para la lógica de la ficción esa exigencia simplemente no tiene sentido. Es fundamental saber si Getúlio Vargas existió o no, pero sobre Capitu o Bentinho [personajes del escritor Machado de Assis, N.delT.] no necesitamos de esta pregunta.

Hay una frase escrita por Orhan Pamuk en su ensayo “Lo que nuestra mente hace cuando leemos una novela” que nunca olvido. Ella es sencilla: “Una novela es una segunda vida”. En cierto modo, todos los géneros literarios caben en esa definición y la cumplen por medio de sus condiciones específicas. Entre ellos, la prosa de ficción continúa siendo mi favorita, porque su mera existencia revela, con frecuencia, cuánto nuestras casas, monumentos, catedrales, todas esas verdades, normas, profesiones de fe, discursos, fueron construidos sobre fundaciones menos sólidas de lo que solemos aceptar.

* Traducción del portugués: Demian Paredes
** Publicado originalmente en Vacatussa, sitio web de noticias sobre el mundo literario, creación ficcional y críticas.







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