OPINIÓN

Cuando la indiferencia del Estado mata a los trabajadores

Reflexiones de una trabajadora tras la absurda muerte de Sandra y Rubén en una escuela de Moreno.

Viernes 3 de agosto de 2018 | 17:35

“Abrió la puerta y voló por los aires”.
Así murió Sandra, la vicedirectora de la escuela 49 de Moreno, junto a Rubén, su compañero auxiliar, cuando iban a preparar el desayuno para sus alumnos.

El silencio asesino del gas no aguantó más y estalló, sabiendo que había avisado tantas veces que algo así podía pasar.
Suerte, destino, o cualquier otro sustantivo que se encuentre, los alumnos no habían ingresado. Pero ellos sí lo hicieron y hoy no están.

En la escuela lo sabían, vivían a diario con ese olor nauseabundo y lo denunciaron una y otra vez. Y las autoridades locales y provinciales, como se ha vuelto hábito, nada; una y otra vez.

En la escuela, las goteras, las cloacas rebalsadas, las estufas rotas, los baños clausurados denuncian la desidia en que el Estado deja caer al sistema público de educación desde hace décadas.

Los materiales que compran, las enmiendas y los parches que hacen en los edificios mientras esperan la “autorización” de arriba; las clases en aulas de cartón, de madera, en los patios, bajo los árboles, atravesando ríos y montañas. Clases en lugares castigados por la desocupación y el hambre.

Son tareas cotidianas que miles de trabajadores de la educación, a lo largo del país, sostienen, con el cuerpo y la vida misma en pos de una educación pública, gratuita y de calidad. Así lo hizo Carlos Fuentealba, así lo hicieron Sandra y Rubén.

En la escuela se enseña y se aprende, se llena la panza cuando en las casas hay poco para comer o no hay nada. Te abrigan en invierno y también en verano. En la escuela hay huecos de indiferencia ciertas veces, pero son más mucho más grandes los gritos de lucha. Lucha por el derecho a decidir y a ser, lucha por condiciones dignas de trabajo y estudio, contra un ajuste que castiga, lastima y mata a trabajadores y trabajadoras. Lucha por una vida mejor.

Recorrí con orgullo los pasillos de la Educación Pública, desde la calesita en el jardín de infantes hasta las aulas de una facultad que supo ser cueva de militares. Mis hijos, orgullosamente, también lo hacen.

Porque la educación es un derecho que no se negocia.
Porque nuestras vidas no se negocian.
Porque colmaremos las calles y transformemos la bronca y el dolor en lucha.

"La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente" (León Trotsky)
Por Sandra y Rubén, por todos.







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