Mundo Obrero

CUENTO

Cuando conocí al peronismo

Viernes 17 de octubre de 2014 | 14:15

Me recuerdo con una piedra en la mano, y mis diez años recién cumplidos. A mi madre con su cabellera lacia, y sus ojos pétreos, como solo saben tener las madres en los momentos difíciles. Gritaba agitando su mano con brusquedad, repitiendo a mas no poder, “son unos hijos de p…”, mientras un grupo de vecinas que la rodeaban arengaban desde ese oscuro rincón del patio de nuestra casa, donde nos ocultábamos. La Santiagueña, doña blanca se acomodaba la dentadura, y varias de ellas estaban tan enojadas que la afanosa ira le dibujaba hilos de saliva en los labios. “chorros, no se roben las comida”, gritaban. Estuvimos cerca de una hora, y la complacencia de saber que algo habíamos hecho contra la injusticia nos llenó de regocijo. Las vecinas volvieron a sus casas. “esto no puede ser” les decía mi madre. “como pueden vender la comida de esa forma”. Esas cosas eran un pecado para ella.

Fue la curiosidad lo que trajo esa trifulca que terminó con lluvias de piedra sobre la casa de la esquina, tan precaria como la nuestra, pero tan central para nuestras necesidades. Mi madre, que se había hecho de buenas amistades con doña Blanca, santiagueña hasta la médula, solía pasar sus ratos de ocio dándole a la lengua, como ella misma lo decía, y para ello nada tan bueno como lubricar la charla con una ronda de mates. Cuando la plata no alcanza, se hace de la improvisación ciencia. Doña Blanca no solo sabía descogotar gallinas, y limpiarle tan pacientemente el cogote para rellenarlo y hacer morcillas, sino que también sabía cocinar tortilla santiagueña, que luego sería el consuelo de muchos en los momento de mayor desocupación del año 1989. Entre ambas sacaron un par de billetes, y lo estiraron de tal forma que fueron el equivalente perfecto para aprovisionarse de dos inmaculadas bolsitas de harina, que serían no sé cuántos discos de tortilla, pero ellas lo sabían muy bien. Eso era magia. Si alguien quiere ver magia tan solo debería adentrarse entre los baches aun irresueltos de los barrios de Moreno, para ver como las manos estiran el papel moneda de tal forma que hacen parir calorías para los niños.

Don Luciano el verdulero, rociador en mano, no solo combatía los mordiscos del tiempo que marchitaban las hojas de las acelgas, las lechugas, las cebollitas de verdeo, y los tan frágiles plantines de perejil. Sino que las mismas necesidades lo habían obligado a improvisar una pequeña barra en el lugar que en otros tiempos había sido el comedor de la casa, donde vendía vasos de vino barato para no dejar quebrantar el espíritu de los hombres del barrio, que ya no se sentían hombres, porque debían vivir de la audacia de las mujeres, debido a que la desocupación los arrastraba a su cauce iracundo de misterios inciertos.

Las mujeres del barrio que no se le escapaba una, notaron que cuando los hombres salían de compras se demoraban innecesariamente. Doña Mari, la vecina de enfrente de casa, que no solo era chusma, sino que también tenían las cosquillas que produce la curiosidad, se vio desbordada por ello, y decidió sacarse la duda. Siguió a don Hilde, su marido, que le había hecho una discusión tan profunda y filosófica, minutos antes, que la convenció de que las empanadas no son empanadas sin cebollitas de verdeo. “No pueden no llevar cebollita de verdeo”, dijo con firmeza, pero con endeble confianza, el correntino. Y fue así como luego de estarse en espera de su regreso lo encontró a carcajada limpia sentado sobre una banqueta de patas largas, que hacían más monumental su cuerpo. Pillado como un niño, tragó presurosamente, secó sus labios, y saludó con ganas de otro vaso. Pero para lástima de muchos, no solo se delato él, sino que la verdulería de Don Luciano paso a ser, la borrachería del barrio, o el lugar donde podías conseguir hasta un tornillo. Y si los grandes no pueden vienen los niños.

Fue por esa imprudencia, que mi madre optó por no dejar que los vahos del insano fermento se apoderaran de las miserias de mi padre, que sudaba su impotencia hachando troncos para darle vida a las fogatas que se encendían en la casa de la esquina, donde se cocinaban enormes holladas de polentas con sabor a poco, y grumosas como el engrudo. En su complicidad yo debía ser el de los mandados, y lo estaba siendo. Así que luego de las mágicas palabras que convirtieron el papel moneda en goma corrí a lo del viejo Luciano. “no te tardes” dijo mi madre. Cuando entré a la “verdulería”, los gatos caminan sobre el mostrador, mientras que otro que parecía castrado por su inmensidad dormía aplaciblemente sobre la ventana.

¿Qué vas a llevar, modon? bromeó el viejo Luciano, sabiendo de mi dificultad para pronunciar la r. No era muy gracioso para mí, porque si aparte de cantinero el viejo degustaba la fermentada mercancía se volvía bastante denso, a tal punto que me hacía repetir hasta el cansancio, morrón, morrón, morrón. Así que recordé la presura de mi madre, y le pedí las dos bolsas de harina. Él recogió las mismas de un estante oculto, detrás de los cajones de verduras. Deposité los mágicos billetes en sus manos, y salí. A esta altura no recuerdo que inquietudes me movieron a observar las bolsas de harina que llevaba en mis manos. Pero me parecían algo familiares, ya que mientras mi padre le daba al hacha bajo el sol, yo colaboraba en el encendido de la fogatas de la casa de la esquina, donde los camiones municipales bajaban semanalmente bolsas de fideos, lentejas, polentas, harinas, y una que otra vez enormes patas de vacas que solían ser usadas para darle sabor a las sopas. Y esas bolsas de harina eran similares a las que hombres y mujeres bajaban de mencionados camiones. “Gobierno de la Provincia de Buenos Aires” leí, y debajo un enorme sello que alertaba “queda prohibida su venta”. Encolerizada mi madre contagió a la santiagueña blanca, y corrió a fermentar la bronca en las demás vecinas del barrio. No tuvieron mejor idea que apedrear desde el patio de nuestra casa, los techos de chapa del puntero peronista del barrio. Y doña Mari, rubia y angelical, tan pobre como nosotros, decía que los peronistas son todos chorros. Y que a los radicales no los dejan nunca gobernar. Mi madre citó a una Evita que no conoció, pero que por alguna razón dijo que acarició su mano una tarde en que ella era una niña de la Villa Retiro. Tal vez en sueños, porque echó su primer llanto en el año 1963. La fosforescencia de los huesos de la desocupación, debajo de la piel hecha girones por la pobreza de esos años me hizo comprender que el peronismo nunca hizo más que apaciguar nuestra una lenta agonía.







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