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Crítica a la filosofía cómoda

Reflexión crítica acerca de uso actual e histórico de la filosofía, su implementación meramente idealista y la adaptación al sistema dominante por parte de los filósofos.

Domingo 24 de septiembre | Edición del día

La filosofía tiene un rol significativo, aunque parezca simples palabrerías, en un posible cambio de sistema socio-económico. En Las veces que hubo avances en la lucha de clases existió toda una maduración teórica en esta disciplina que encaminaba a ese rumbo, algunos momentos de forma acertada y otros no. Por ejemplo en la década del 60’ y 70’ durante las cuales la lucha teórica se dio por fuera de la academia pero también, como casi nunca antes había ocurrido, dentro de esta. Este factor en el conflicto, más bien abstracto, pero con una potencial finalidad totalmente práctica, fue, es y será uno de los vitales puntos en la lucha. Sin embargo, en el mismo campo filosófico siempre que hubo retrocesos a favor de la clase dominante, también hubo toda una elaboración filosófica de sostén. Un ejemplo claro: las décadas del 80’ y 90’ con el avance neoliberal.

Pero ¿Quién es filósofo? y ¿Quién practica esta disciplina? La respuesta a estas preguntas no compete a nadie en especial porque en realidad todos somos filósofos. Esta una actividad que el ser humano realiza consciente y/o inconscientemente durante su vida. En circunstancias reflexiona acerca de hechos, acciones, momentos o pensamientos; sobre lo que está bien o mal; la existencia de Dios o no; etc. La filosofía culmina siendo una disciplina libre y abierta.

Esto nos obliga a diferenciar al filósofo (cualquier persona) del filósofo profesional (del cual nos ocuparemos en esta crítica). Este último es el que dedica su vida al estudio, desarrollo y enseñanza de la habilidad de filosofar, que no es lo mismo que enseñar filosofía. Lo más importante de su labor, sin menospreciar ninguna otra, es la interpretación y problematización de la realidad. Sin embargo, el inconveniente deviene con estos profesionales al momento de poner su conocimiento a un servicio práctico, emancipatorio y superador del orden social vigente. Transformándose así, en meros intelectuales académicos rumiantes de conceptos idealistas sin relación con las necesidades del pueblo oprimido, viviendo en una posición individualista y pasiva.

Esta discusión acerca del rol de los filósofos ha estado siempre vigente, desde antes de Platón pasando por Marx hasta la actualidad. Sin embargo, este último autor ha sufrido las mayores desviaciones, deformaciones y licuaciones por parte de la academia que lo ha dejado como un simple inocente intelectual y no como realmente fue, un revolucionario militante cuyo trabajo (teórico y práctico) estaban orientados a la realización de una sociedad sin clases, es decir, acabar con el orden social explotador vigente. No obstante, no siempre lograron la distorsión, como puede verse con Lenin, al cual decidieron directamente censurarlo. Este dirigente de los proletarios soviéticos no aparece en la academia, es vedado por, como escribió Althusser en “Lenin y la filosofía” [1]: “…proponer una práctica completamente distinta de la filosofía” [2], por animarse a “…sostener la idea de que una teoría de la filosofía es esencial para una práctica verdaderamente consciente y responsable de la filosofía…” [3], al dar en la parte más reprimida de sus pensamientos manifestando que “…la filosofía debe reconocer que es solo política investida en cierta forma, política continuada en cierta forma, política rumiada en cierta forma.” [4] Estos argumentos son intolerables en el ámbito universitario, más cuando no provienen de ningún académico, sino de un político.

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Haciendo un breve repaso

Históricamente, desde la sociedad esclavista (sin mejor ejemplo que la Antigua Grecia) hasta el feudalismo, miembros de las clases dominantes se dedicaban libremente a pensar filosofía, eran parte de la aristocracia cuyas necesidades no debían de satisfacerse mediante su trabajo, sino mediante esclavos que no eran vistos como humanos sino como simples herramientas animadas (“Algunos de los instrumentos son inanimados, mientras que otros son animados(…) el esclavo es una posesión animada” [5]) o meros obedecedores (…es menester por lo regular que ninguna palabra dirigida a un esclavo sea otra cosa que un mandato…”) [6].

Desde la etapa feudal hasta la modernidad, el acceso al conocimiento se mantuvo en los altos estamentos y, en Occidente, prácticamente monopolizado por la Institución Católica. Más tarde, a lo largo de los años modernos, durante el comienzo de la sociedad capitalista y la total mercantilización de la vida humana, siguió siendo una cuestión elitista el estudio profesional de la filosofía, aunque el fenómeno de la invención de la imprenta colaboró en la difusión de los textos. Sin embargo, este acceso tuvo un giro profundo especialmente en la última mitad del Siglo XX, el sistema se fue transformando cada vez más complejo, dando como resultado la entrada masiva de personas a las instituciones de estudios superiores por la necesidad de que la clase cuya vida depende de la fuerza de trabajo adquiera conocimiento para operar en un mercado cada vez más desarrollado y dificultoso.

Junto con este fenómeno, creció paulatinamente en el movimiento estudiantil y académico ciertas ideas proletarias y revulsivas que nunca antes en este ámbito habían florecido. No obstante, a comienzos del auge neoliberal hasta la actualidad, se contrarresto este proceso de ideas subversivas cambiándolas por otras dominantes que inducen una total resignación para cualquier intento de cambio.
¿Cuál es nuestro deber?

El objetivo que debemos plantear (como nos enseñó Marx, Lenin y la lucha dentro de las universidades en la década de los 60’ y 70’) es volver a dar batalla política en el campo de la filosofía, demostrar que es una posición política no entrometerse en la lucha, haciendo incomodar a todo intelectual o pseudointelectual que pretenda ser pasivo y dedicarse a meras interpretaciones idealistas. No debemos mantenernos en la crítica, sino ir más allá, a la práctica, realizando la transformación del mundo, llevando como bandera la XI Tesis [7].

En definitiva, como bien dijo Marx, “…el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que la fuerza material tiene que derrocarse mediante la fuerza material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. La teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem, y argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo.” [8]

1. Althusser, L. (1970). Lenin y la filosofía. México D.F. Ediciones Era
2. Ibídem, p. 21.
3. Ibídem, p. 22.
4. Ídem
5. Aristóteles. (2005). Política (Primer edición ed.). Buenos Aires, Argentina: Losada. Pág. 1253b27-34.
6. Platón. (2014). Leyes (Segunda Edición ed.). Madrid: Alianza Editorial. Pág. 777e.
7. Marx, K. Tesis sobre Feuerbach. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm.
8. Marx, K., & Ruge, A. (1970). Los anales franco-alemanes. En K. Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (J. M. Bravo, Trad., pág. 109). Barcelona, España: Ediciones Martínez Roca, S.A.






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