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ANÁLISIS

Crisis del PRI: el fantasma del 88 y la corriente Alianza Generacional

Era sabido que una derrota de Del Mazo en las pasadas elecciones a gobernador, marcaría un vía crucis para el gobierno en su intento de mantener el poder en el 2018, además de aumentar la debilidad de Peña Nieto como presidente, y de su fuerza en el PRI. Pero al ser otro el resultado, surgen conclusiones forzadas de dichos comicios.

Lunes 26 de junio | Edición del día

La oportunidad que este respiro político le dan a Peña Nieto y al PRI para seguir en la carrera hacia las elecciones del año 2018 está siendo sobredimensionado por el gabinete y la cúpula priísta, y lo lleva a una ubicación política ofensiva que no corresponde con la realidad que atraviesa este partido.

Lejos quedó la imagen del país y de Peña Nieto que pintó el Times en 2014 con su portada “Saving México”, dedicada a ensalzar al presidente que lograba aprobar las reformas estructurales que los Estados Unidos demandaban.

La realidad al respecto, la expresa hoy más crudamente la nota del New York Times del 19 de junio de este año sobre el espionaje del gobierno a periodistas, políticos y activistas sociales que lo pintan como autoritario en un marco de creciente inseguridad, corrupción y bajo crecimiento económico.

La elección mexiquense confirmó el desgaste que el PRI viene teniendo después de ganar la presidencia en el año 2000. En el 2016 sufrió derrotas electorales que le significaron la pérdida de 7 estados de 12 en disputa (de los cuales en cuatro había gobernado durante 86 años consecutivos). Y ahora sufrió un retroceso traducido en la pérdida de 1 millón de votos.

Y es que el PRI por sí solo, en Edomex obtuvo alrededor de 56 mil votos menos que su adversaria Delfina Gómez, la candidata de Morena. Y solamente pudo superar al Morena gracias a la alianza con el Verde, Nueva Alianza y Encuentro Social que aportaron unos 125 mil votos que le dieron la ventaja por casi 3%. Peña Nieto y el PRI no reconocen que sin esa alianza, Del Mazo habría perdido la elección.

Si bien es cierto que el cuestionado triunfo de Alfredo del Mazo, por ahora contuvo una crisis que debilitara más a Peña Nieto, y que todavía le permite actuar como Bonaparte dentro del PRI, a la vez que desalienta posibles fracturas inmediatas en el tricolor. Una mala lectura de este respiro está llevando a la cúpula priísta a minimizar los riesgos que corren para ganar las presidenciales.

Sobre todo cuando queda demostrado que nunca más podrán ir a elecciones sin hacer alianzas; un nunca más que nunca se imaginó el priísmo desde la fundación del PNR. Lo que se vuelve más crítico si se presenta el probable escenario donde enfrentaría a una alianza PAN-PRD en esas elecciones.

El ocaso del PRI se muestra en el panorama objetivo de retroceso; de pérdida de posiciones que hace mal el gobierno en soslayar en su triunfalismo propagandístico. Parece que hay una pérdida de brújula estratégica.

Para propios y extraños es claro que el PRI es un partido en decadencia, lo que no implica minimizar el control político que tiene sobre gran parte del país y en las instituciones del Estado. Pero esto se enmarca en la crisis de legitimidad que arrastra desde el 2014, una crisis dinámica que arrastra a las instituciones.

Y es que este “respiro” político del que hablamos, y al que muchos llaman una “elección de estado”, dejó todavía más maltrecha la imagen del Instituto Nacional Electoral (INE) y del Instituto electoral del Estado de México (IEEM), pues quedó demostrado no sólo el carácter parcial de la institución electoral, sino su descomposición y deslegitimación como tal.

Las declaraciones triunfalistas de Lorenzo Córdova y su equipo, que pasaron por alto las violaciones a la ley electoral por parte del PRI, y mostraron ser los garantes de la “legitimidad” del triunfo del PRI en el Estado de México y en Coahuila, penderán como la espada de Damocles sobre las elecciones del 2018, y probablemente pese mucho ante un escenario de fraude en el imaginario de las masas.

Es decir, que la falta de credibilidad de las elecciones es un lastre de este triunfo electoral que puede repercutir en el 2018. Pues es distinto que tenga la legalidad que le da el INE, a la legitimidad del consenso popular.

Por lo que suena irreal y poco seria la exclamación exitista de del Mazo de: “estamos más fuertes que nunca”. Pues pese a las voces internas en PRI que critican el apretado resultado, no ayuda al control de daños.

Así, la política ofensiva de Peña Nieto contra las masas está por fuera de la relación de fuerzas; no corresponde a un gobierno fuerte, sino más bien a uno que intenta apoyarse en la fuerza del aparato de Estado para mostrar solidez, en medio de la crisis de legitimidad.

El fantasma de 1988 ronda la avenida Insurgentes

Un elemento importante que ha surgido en ese contexto es la aparición de la corriente opositora del PRI (Alianza Generacional) que tiene un balance sobre el resultado de las elecciones en Edomex distinto a la dirigencia tricolor y ve un escenario riesgoso para las elecciones presidenciales.

Esta corriente reclama garantías democráticas para elegir al candidato para el 2018, además de criticar (lo que nunca hicieron antes) el rumbo neoliberal del partido.

Es importante porque levanta, aunque de manera parcial, demandas que levantó la Corriente Democrática encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, quien junto con Porfirio Muñoz Ledo rompió con el PRI en 1988. Además, Alianza Generacional también retoma la exigencia de la separación gobierno-partido que demandaba Colosio en su frustrada campaña presidencial.

Pese a las maniobras de Peña Nieto para forzar a la unidad y disciplina interna en estos momentos -de cara a la 22 Asamblea Nacional del PRI-, nada garantiza que esta corriente no se fortalezca. Sobre todo, cuando también Beltrones –que es crítico de la dirección del PRI- ha alzado la voz contra las descalificaciones a esta corriente.

Es decir, que no podemos descartar que la crisis política se desarrolle más por los fenómenos de crisis “en las alturas” que por un ascenso de la lucha de clases, aunque esto último probablemente de un salto alentado por la crisis misma.

Sin esperar todavía una fractura del PRI en la próxima 22 Asamblea Nacional, una cosa es segura: la fuerza del presidente estará cuestionada por la exigencia de distintos grupos o dirigentes que ven necesario un cambio en las formas de organizarse para la contienda presidencial, donde no bastaría la caída de Enrique Ochoa de la dirigencia del PRI.

La política de puertas abiertas del Morena y de Andrés Manuel López Obrador a los disidentes de cualquier partido, es un aliciente para los militantes.

Sede nacional del PRI, en avenida Insurgentes Norte






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