Cultura

EFEMÉRIDE

Cris Miró me enamoró

Era hermosa. Ayer hubiera cumplido cincuenta años. Su sensualidad desbordante la transformaba en un imań. La belleza del deseo la transformaba en una mujer única aún para los propios cánones de la femineidad heterosexual. En los 90 me enamoré de Cris Miró.

Jueves 17 de septiembre de 2015 | Edición del día

Dedicado a mi novio trans Tom.

Me atraía su fina carita y una voz que sabía interpretar la tonada de lo distintivo. En aquellos años reconozco que amaba profundamente a las travestis, me enloquecían y su sola presencia despertaba en mí una mezcla de deseo lujurioso y envidia. En su marginalidad, en su elección a contrapelo de la norma, en su bravura para hacerse cargo del sentir y el deseo, eran libres y salvajes figuras de lo que aún era intragable para una moral pacata. En ese sentido, para mí, Cris Miró era una especie de Marilyn Monroe de las travestis argentinas.

Cris tenía talento. Había estudiado teatro con Alejandra Boero y baile con Julio Bocca. Ciertamente contaba con las ventajas de la posición social. Cris era una travesti venida de una familia relativamente acomodada lo cual facilitó en algo su existencia. Aún así era travesti. Una energúmena como Mirtha Legrand la basureaba en vivo en sus almuerzos tratándola de hombre no asumido. El lenguaje común anteponía el término ’’él’’ a la palabra travesti para subrayar su carácter originariamente varonil. Mujer con pene, hombre con tetas y la degradación para quienes eran deseadas en secreto, se las gozaba recurriendo a la más abyecta prostitución y se las aborrecía en público.

Cris Miró logró abrir las puertas del mundo de la farándula al travestismo argentino. Fue la sucesora de Batato Barea y la predecesora de Flor de la V. A diferencia de Batato, que junto a Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, sacudían con un desparpajo hermosamente inmoral las noches intoxicadas del under porteño, Cris Miró fue un producto cultural del menemismo. De un país que vio hundir sus antiguos valores e instituciones luego de un genocidio de clase, de una guerra nacional perdida cobardemente y de un gobierno peronista que llevó adelante con velas desplegadas el programa de entrega y destrucción del andamiaje social de la segunda mitad del siglo XX dictado por el imperialismo. En ese desparpajo neoliberal, donde reinaba la corrupción y el sálvese quien pueda, donde la moral se hundía porque era desmentida en cada acto de las clases dominantes, Cris Miró representaba la integración al mundo de la farándula, a la fantasía de los ricos y famosos, del travestismo. En eso se parece más a Flor de la V; fue la primer travesti popular del status quo social del neoliberalismo. A pesar de su formación actoral sólo consiguió destacarse en obras de los hermanos Sofovich, dignas de un tacho de basura más que de la critica cultural.

Aún así amábamos a Cris y deseábamos una noche en su cama, el susurro de su voz, el elixir de su piel por la mañana. Envidiábamos y odiábamos a Guillote (Coppola) y Diegote (Maradona) que en sus fiestas regadas de champagne y cocaína tenían a nuestra Cris por compañía.

El maldito SIDA probablemente (nunca lo reconocieron así sus familiares) o lo que mierda haya sido, nos privó de verla crecer y quizás sobreponerse a los estereotipos de mujer gatuna que la farándula le exigía. Qué se yo, quizás hubiera sido una vieja de mierda que sólo se dedicó a hacer guita. No lo sé. Sólo sé que reinaba en mis fantasías como una novia imposible de obtener a la cual hubiera llevado orgulloso de la mano allí donde el prejuicio fuera más brutal.

Un brindis por la memoria de aquellos amores imposibles que poblaron alguna vez nuestros corazones. Por aquellas que a pesar de los límites de su tiempo y de la ideología imperante corrieron el velo de la heteronorma animando a muchas y muchos a asumirse según su deseo.








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