Géneros y Sexualidades

DEBATE FEMINISMO

Crimen y Castigo en el patriarcado. Un debate de estrategias

En el marco de las últimas discusiones surgidas al interior de sectores feministas en el país, la discusión estratégica y de métodos es fundamental a la hora de pensar qué movimiento de mujeres nos proponemos forjar.

Viernes 16 de junio

Una introducción necesaria en el marco de lo ocurrido en la Unam

El feminismo de la segunda ola, en pleno desarrollo de los álgidos años 70, tuvo el gran mérito de haber incinerado los velos de la violencia machista y del patriarcado, conceptualizando que la violencia no era el signo manifiesto de particularidades femeninas y masculinas en pugna, sino que, por el contrario, la inmensa réplica de estos mismos patrones de desigualdad en todas las relaciones personales relegadas al ámbito de lo privado, constituían la muestra de que, nuevamente, cada milímetro de tensión en las relaciones entre los sexos era una cuestión estructural.

El gran legado que estampó la frase “lo personal es político” en la historia de la lucha de las oprimidas por su emancipación es invaluable y ciertamente un gran desafío que aún nos mantiene a todas en una gran deuda por desarrollar una praxis revolucionaria que dé el ancho con el significado de esta gran revelación.

Digo que es un desafío que nos mantiene en deuda, pues aquellas mujeres que nos heredaron esta consigna, ciertamente abrieron un caja de pandora de la cual salieron los infinitos males del patriarcado. Se revelaban ante nuestros ojos la violencia y las desigualdades cotidianas, las violencias que durante siglos de patriarcado, mantuvimos naturalizadas y silenciadas, términos como los “micromachismos” acechaban nuestras relaciones personales con los varones con quien nos relacionábamos, o definiciones como el “acoso sexual callejero” eran bombas que desmitificaban clásicos del machismo como los “piropos”, de los cuales las mujeres debíamos siempre estar agradecidas, pues era una gentil y violenta forma de decir que nuestro aspecto físico estaba aprobado.

En ese andar, en ese nuevo despertar de las mujeres, se rompió la gran barrera del silencio, ya no aceptamos la violencia, ni la naturalizamos, nuestros sentires y angustias se transforman en verdades que tienen su traducción política exacta, nuestros llantos ya no son signos de histeria, nuestros enojos ya no pueden ser ignorados. Toda nuestra existencia femenina va soltando lo que durante siglos, se nos acalló. De ahí entonces, el mundo se espanta, los varones se sienten constantemente juzgados, los más retrógrados incrementan sus niveles de violencia, los femicidios son el velado y cruel símbolo de un nuevo K.K.K de los hombres contra las mujeres, aparecen la violaciones masivas en los movimientos de masas del medio oriente, como vimos el 2010; surgen grupos misóginos organizados que anhelan que la violación marital se legalice, etc.

La violencia atraviesa todas las esferas de nuestra vida, desde pequeñas cosas hasta crímenes de odio. Las mujeres entonces debemos responder.
Cuando la respuesta se vuelve una necesidad imperiosa, el movimiento de mujeres ensaya. Dentro de él se manifiestan sus distintas corrientes, todas buscan lo mismo: erradicar la violencia

Para este fin puntal y restringido, entran en juego las maneras en las que el feminismo va conceptualizando al patriarcado.

El feminismo liberal, cuidadano o reformista. Mismo verdugo, mismo justiciero

Para las feministas liberales o las reformistas, que en su recorrido histórico, han abandonado el horizonte de la revolución social y de la emancipación de las mujeres, a cambio de espacios reducidos a la tecnocracia y una acumulación de derechos parciales, la cuestión de cómo enfrentar la violencia queda en manos de la institucionalidad burguesa, la que debe transformarse para generar nuevos espacios de cuidadanía, regulados por el Estado. Sí, el mismo Estado que garantiza y promueve la violencia sistémica hacia las mujeres es el encargado de erradicarla violencia machista y de promover el bienestar de las mujeres.

Esta asfixiante contradicción no mitiga en nada el dolor de las víctimas de violencia. Consideran el castigo una cuestión irrenunciable para las víctimas y sus familias. Ciertamente entonan muy bien con el dolor de una agresión, que no sólo daña a la víctima en el momento en el que es perpetrada, sino que se mantiene en el tiempo dejando una huella que no se borra. Para quienes conocen ese dolor o han perdido a una mujer querida en manos de la monstruosidad machista, saben a flor de piel que la impotencia devoradora que invade cuando nos han agredido o arrebatado a un ser amado se transforma es sed de respuesta. La agresión, el crimen, el daño irreparable ya está hecho, no queda más que el castigo.

Sin ánimos de hacer filosofía sobre la condición humana, cabe preguntarse por qué el castigo es la respuesta innata que anhela una víctima y por qué, en los parámetros del quehacer de los Estados capitalistas, el castigo se equipara con un “derecho” de las víctimas. Semántica y técnicamente un castigo no es un derecho, es más bien una triste compensación que da el Estado frente a un hecho que intrínsecamente se consideró inevitable. Todas sabemos que toda agresión o crimen es absolutamente evitable, ¿por qué entonces los Estados dispensan castigos mientras las alarmantes cifras de femicidios se mantienen? Porque un Estado que ampara el trabajo precario de las mujeres, que ampara el aborto clandestino, que ampara a las AFP’s, que da espacio a la intromisión de instituciones violentas y corruptas como la Iglesia en asuntos públicos, que ampara la violencia represiva hacia mujeres estudiantes y Mapuche, que en resumidas cuentas se erige sobre la violencia transversal de esta sociedad: la propiedad privada y el enriquecimiento de un puñado microscópico gracias a los padecimientos y miserias de la gran mayoría de sus “cuidadanos y ciudadanas”, es un Estado que no podrá evitar que las mujeres seamos víctimas, por el contrario nos victimiza una y otra vez con sus políticas.

Sin embargo, un sector del feminismo hace eco de la lógica punitivista del capitalismo patriarcal, una lógica que termina definiéndose a si misma como incapaz de resolver el gran problema y que, por el contrario y paradójicamente, fortalece a su propio verdugo dándole el martillo justiciero. Un Estado capitalista fortalecido para castigar a los agresores machistas es un Estado fortalecido para reprimir en la Araucanía a las mujeres Mapuche. Una autoridad universitaria fortalecida para expulsar sin un procedimiento medianamente transparente es un gobierno universitario fortalecido para expulsar a las docentes y estudiantes que luchen por ampliar y mejorar sus mallas académicas con un enfoque de género. Evidencian el problema, y descartan la solución.

Feminismo radical. El grito legítimo, pero estéril y a la sombra del Estado

Para las radicales la sociedad está escindida en clases sexuales, por lo cual la brecha entre los hombres explotadores de la capacidad reproductiva de las mujeres y las mujeres explotadas por su naturaleza biológica, es inasible y esta desigualdad no está sujeta a los modos de producción económica capitalista, sino quea la reproducción de la especie. Por tanto, aunque algunas radicales abogan por la caída del capitalismo, su principal preocupación es la de iniciar una revolución cultural que haga emerger una nueva contracultura no patriarcal, en la que el centro es la capacidad de las mujeres de unirse, de generar nuevos espacios y nuevos valores.

Estos nuevos espacios y valores, en algunas voces de esta corriente, se interceptan con las voces de otros grupos oprimidos, en otras voces (sobre todo cuando se lleva esta estrategia hasta el final de sus propios postulados) deriva en el separatismo puro entre mujeres y hombres. En uno u otro extremo de la cuerda, el feminismo radical en mayor o menor medida desdeña la necesidad de socavar las bases materiales de una sociedad que se erige sobre la propiedad privada, la explotación del trabajo asalariado y la opresión a múltiples grupos humanos para incrementar los resultados de esta explotación, pues un hombre de color e inmigrante, una mujer latina, serán mano de obra esclava de los nuevos tiempos por sus especificidades de color, origen y género.

Ante esto, la conceptualización del feminismo radical sobre la sociedad en la que vivimos y el camino para derrocarla es claramente estrecha y sólo fomenta en la praxis de espacios propios en dónde cobran más valor las intenciones que los resultados, en los que la autoconciencia femenina tiene un valor por sí misma al verse reflejada en interacción con otras mujeres, y no por su capacidad de aprehender la sociedad de tal manera que puedan concebir su transformación profunda de la mano de otros sectores, principalmente de la mano de aquellas sujetas y sujetos que mueven las tuercas de este mundo, la clase trabajadora, dentro de la cual la mitad son mujeres que no tienen la posibilidad de pensar en estos espacios “liberados” de lógicas patriarcales, pues gran parte de sus vidas las pasan soportando las botas patronales y las responsabilidades domésticas.

No ahondaremos en la ceguera estratégica del feminismo radical en relación a no ver el potencial transformador (realmente transformador y no sólo nominal) de las mujeres de la clase obrera y sus propios métodos, pero es inevitable traer a colación el ejemplo de las obreras rusas que encendieron la primera chispa de la llamarada de la revolución, la que dio espacio a las más grandes reformas vistas en la historia humana en beneficio de las mujeres. Obviamente todo esto, antes de la degeneración estalinista.

A pesar de esta estrechez estratégica, el feminismo radical ha cultivado un extendido campo de autorganización de mujeres en torno a la violencia machista, es un logro nada despreciable, aunque minúsculo ante las muestras históricas de autorganización de la clase trabajadora y sus mujeres.

Muy bien montadas al ritmo del legado que mencionábamos en la introducción de este artículo,el feminismo radical arenga a las mujeres a no callar nada, a gritarlo y denunciarlo todo, si es necesario develar que las relaciones entre hombres y mujeres, o entre hombres heterosexuales de un lado y mujeres y homosexuales del otro, se funda desde la semilla y desde sus primeros balbuceos como una relación de violencia y desigualdad, lo harán, develaran lo que el escandaloso Manifiesto SCUM anunciaba entre sus líneas y en las palabras de Valerie Solanas.

La autorganización se traduce en acciones de “sororidad”, una especie de femenino (derivado del término en latín de hermana) de “fraternidad”, y éstas en funas a los agresores: “donde quieran que vayan a parar, ahí los iremos a buscar”. Esta táctica empalma muy profundamente con una tradición, principalmente latinoamericana, surgida tras los episodios de sangre que sellaron todo un período de revoluciones y de importantes procesos de autorganización obrera y popular en países como Chile y Argentina. Una tradición que trató de enmendar el dolor de ver a los culpables de crímenes de lesa humanidad impunes tras el retorno a las democracias pactadas que garantizaron esta escandalosa impunidad.

El feminismo radical grita legítimamente, pero es estéril. Es estéril en la medida en que, al igual que lasfunas de los activistas de Derechos Humanos, viene a llenar el espacio vacío que no llenó el Estado y sus instituciones, viene a demostrar la mezquindad de un Estado indolente que sólo sirve a los intereses de una minoría, viene a hacer una suerte de ajusticiamiento popular, de punición y castigo ante lo que nuevamente se revela como inevitable. ¿Es justo? Lo justo sería erradicar la violencia machista, no castigarla una vez que se manifiesta como inevitable.

Estas suertes de ajusticiamientos populares, en el caso de las funas a los agresores machistas, pueden ser comparados con los nuevos fenómenos de linchamientosalos jóvenes que han ingresado en el desgraciado mundo de la marginalidad delictiva: una respuesta visceral a uno de los tantos perjuicios a los que se ve expuesta la clase obrera más precarizada a la que no sólo le roban el fruto de su trabajo diariamente mediante la explotación del trabajo asalariado, sino que, arrojados al borde entre la marginalidad y la inclusión social, deben soportar la violencia desclasada del robo, del asalto y de las agresiones de quienes podrían haber sido perfectamente sus hijos e hijas. Una respuesta visceral que no puede concebir una solución certera a la multiplicidad de males que produce el capitalismo.

Pero ese es el yerro y no la guía de una derrota anunciada. La derrota anunciada surge del hecho que tras esta táctica/estratégica se esconde una verdad del feminismo radical que hace la sombra del discurso y la praxis de este Estado capitalista y machista: la violencia es principalmente un asunto de los “ellos” particulares, ese es el escudo con el que los y las gobernantes se defienden, es responsabilidad de la “cuidadanía” evitar nuevos hechos de violencia y, a su vez, el Estado manosea el discurso del feminismo radical al señalar que se necesita una transformación “cultural” para erradicar la violencia, haciendo un llamado a denunciar para canalizar la rabia y el descontento a través de su institucionalidad, incapaz de prevenir y desinteresado de promover políticas públicas que sean verdaderas herramientas para que las mujeres puedan abandonar el círculo de violencia con garantías mínimas pero imprescindibles.

Ambos discursos se entrecruzan en un nudo sin dirección definida, el feminismo radical sólo puede ofrecer la funa a individualidades agresoras, y espacios en los que se resguarda la ilusión de estar liberados de violencia patriarcal (espacios reducidos en los hechos para mujeres que tengan el tiempo y el sustento necesarios), omitiendo o más bien desligando esta praxis con la necesidad de combatir y echar abajo el patriarcado que definen como su enemigo, pues para esto, carecen de una estrategia que pueda aniquilar a su enemigo desde el corazón.

Omitiendo, además, la existencia de mujeres que no pueden ser parte de estos espacios y para quienes la funa, la denuncia individual a los agresores no resuelve en nada la gran cárcel que las oprime entre explotación, opresión, discriminación y falta de derechos, es por esto también que esta corriente tiene más adeptas entre las universitarias, las estudiantes y las académicas que entre las mujeres trabajadoras.

Feminismo Socialista, una respuesta definitiva en manos de las masas organizadas

Ciertamente las feministas socialistas pensamos que se necesita una transformación cultural y de nuevas generaciones que cambien el sello de las relaciones entre los sexos y se erradique la violencia machista desde la raíz. Pero también sabemos que este cambio, al nivel de llamarse revolución, es impensable en las sociedades capitalistas sin socavar sus bases materiales radicadas en su modo de producción económica y en su organización política a través de los Estados nacionales. Pues nuestra concepción de patriarcado está estrechamente ligada al surgimiento de las clases sociales en la historia (prehistoria en palabras de Marx) de la humanidad.

“La idea de que un cambio profundo de los valores y de la cultura son necesarios no es un invento de las feministas radicales de los ’70. Ya Lenin planteaba, en 1920, que “la igualdad ante la ley todavía no es igualdad frente a la vida. Nosotros esperamos que la obrera conquiste, no sólo la igualdad ante la ley, sino frente a la vida, frente al obrero. Para ello es necesario que las obreras tomen una participación mayor en la gestión de las empresas públicas y en la administración del Estado. [...] El proletariado no podrá llegar a emanciparse completamente sin haber conquistado la libertad completa para las mujeres”. Y Trotsky escribía, en 1923, su célebre Problemas de la vida cotidiana, donde incluso discute hasta el uso del lenguaje procaz, el bajo nivel cultural de las masas en la Unión Soviética y su relación con la situación de opresión de las mujeres. No son meros resabios de “sensibilidad” individual lo que los ha llevado a pronunciarse sobre tales cuestiones. La teoría de la revolución permanente, cuya autoría le pertenece a León Trotsky, esboza entre otras cuestiones el carácter permanente de la revolución socialista como tal; es decir, como un proceso de “duración indefinida y de una lucha interna constante, [en el que] van transformándose todas las relaciones sociales. [...] Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio” (Andrea D’ Atri en Feminismo y Marxismo, más de 30 años de controversias).

Sin embargo, esta claridad estratégica no resuelve en lo inmediato el problema de la violencia, y es que no somos complacientes al decir que no hay solución inmediata. Creemos que, en el camino de las masas de conquistar un mundo nuevo libre de explotación y opresión, se harán innumerables ensayos para dar una respuesta a la mitad de la humanidad que constituimos las mujeres, ensayos no libres de errores y aprendizajes, ensayos que también le pondrán por delante la prueba a dichas masas organizadas de demostrar su capacidad de pensar con independencia política del Estado y sus instituciones, su capacidad de no dar el martillo justiciero a sus verdugos, y, a su vez, su capacidad de no dudar cuando haya que tomarse las calles y los edificios para arrebatarles a los verdugos tal o cual reforma que alivie un poco las agobiantes circunstancias de vida de millones de mujeres. Hoy nos urge arrebatarle al Estado chileno una Ley de Emergencia contra la violencia machista, una ley que nos dé garantías mínimas.

A su vez se harán ensayos serios de auto- organización, superando los escuetos y lánguidos esfuerzos de las funas y denuncias de las feministas radicales, en los que las masas, las y los estudiantes, las y los docentes, las y los trabajadores levantarán organismos que reciban las denuncias de estas mujeres, que dispensaran protocolos serios y procedimientos transparentes para que pueda abrirse camino una unidad certera entre ambos géneros en la lucha contra la violencia machista, pues es una lucha que al igual que la revolución social, no puede ir por la mitad, no queremos a mujeres protegiendo a mujeres de un mundo hostil, queremos a masas enardecidas que nos protejan de la violencia machista con métodos serios y transparentes. No queremos revelar que tras nuestros esfuerzos yace la verdad ácida de Solanas y su Manifiesto SCUM en el que debemos “aniquilar” a los hombres, queremos revelar que tras nuestros esfuerzos palpita Flora Tristán o Rosa Luxemburgo con su mundo nuevo, un mundo en el que seamos “socialmente iguales, humanamente diferentes y completamente libres”.

Por eso lucha Pan y Rosas, por ese mundo nuevo libre de explotación y opresión y por ser un aporte a estos ensayos de las masas, por eso hemos estado en primera línea en levantar secretarías y elaborar protocolos de acoso, estuvimos, estamos y estaremos en cada paso de una lucha que debe abrirse el camino hacia la victoria, pero que en ese camino hacia no puede dejar en segundo plano las demandas de un movimiento de mujeres que hoy se enfrenta a nivel mundial contra regímenes hostiles hacia las necesidades de los más explotados y oprimidos, regímenes que nuevamente tienen a la humanidad en la tensión de la miseria, la destrucción de las economías más vulnerables y el agotamiento de nuestros recursos naturales.

Si el movimiento de mujeres no es masivo y no se transforma en un férreo opositor del status quo en todas sus posiciones, armando trincheras contra el régimen para defender sus demandas y arrebatarle al Estado cada uno de nuestros derechos, no cediéndole espacios para que en nombre de la igualdad de género castigue a los agresores individuales y fomente, por otro lado, la represión y la violencia sistémica, terminará subordinado a la sombra que proyectan los estados capitalistas, borrando con el codo las conquistas que arrebataron con sus manos las mujeres que antaño radicalizaron nuestras maneras de ver y entender la vida.






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