Cultura

Crimen e impunidad: La tensión del umbral, una novela política

La tensión del umbral es la última novela de la escritora cordobesa Eugenia Almeida. Es una novela policial, es una novela política que relata la estructura de impunidad policial genocida que sobrevive en el aparato estatal.

Laura Vilches

Concejala PTS - FIT Córdoba. Legisladora provincial PTS-FIT (mandato cumplido) | @VilchesLaura

Viernes 14 de agosto | Edición del día

Eugenia Almeida es una escritora cordobesa, autora ya de varias novelas comoEl coletivo o La pieza del fondo y un libro de ensayos sobre el arte de escribir de reciente publicación titulado Inundaciones.

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Hoy nos vamos a detener su última novela, que aunque tiene ya unos años, merece recomendación en los tiempos que corren.

Almeida señala, en una entrevista que le realizáramos LID, que además de ser leída como una novela policial, La tensión del umbral puede leerse como una novela política.

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Y ahora veremos por qué. La razón por la que elegí esta novela, radica en la sistemática violación de los derechos humanos no sólo bajo la última Dictadura militar, sino bajo todos y cada uno de los gobiernos constitucionales.

La desaparición reciente de Facundo Astudillo Castro, con la trama de encubrimientos de la misma policía bonaerense y con el aval de la justicia; el brutal caso de gatillo fácil de Valentino Blas Correas de sólo 17 años en Córdoba y se llevó puesta a una nueva conducción policial (y van…), es algo que se repite a nivel nacional con centenares de casos varones jóvenes asesinados por las torturas y las balas policiales.

Esto recrudeció en cuarentena como indica la cifra de 67 asesinados en lo que va de ella, por el envalentonamiento y aumento de poder de las fuerzas represivas. 32 casos de gatillo fácil, 21 asesinados en cárceles, 8 en comisarías, 2 desapariciones seguidas de muerte, 2 atropellados, 1 asfixia, 1 tortura. La mitad de todos estos casos ocurrieron en territorio bonaerense. Según el relevamiento del Observatorio Social Antirrepresivo de la izquierda diario: diez millones de personas fueron notificadas, demoradas y/o detenidas por incumplir la cuarentena instaurada el 20 de marzo.

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Ante estos asesinatos, surge la discusión sobre si se trata de individuos sueltos y comportamientos “excesivos” o son rasgos inherentes, estructurales a la propia institución policial y su función represiva.

Pero en nuestro país, esta discusión tiene un plus: la continuidad del personal policial de la Dictadura bajo gobiernos constitucionales. La famosa “mano de obra desocupada”, los métodos de la desaparición forzada, las torturas, las vejaciones, el tráfico de los cuerpos de menores apropiados, e inclusive las mujeres sometidas bajo las redes de trata; nada de esto sería posible sin una estructura y un legado de violencia política y de clase intactos.

Y un poco de todo eso está retratado en la novela La tensión del umbral de Eugenia Almeida. Publicada por Editorial Edhasa en 2015, está ambientada en la Córdoba de 2008. La historia comienza con una joven mujer que se suicida en plena calle, de un disparo en el pecho.

En ese suicidio, un acontecimiento considerado del orden de lo íntimo, se urde la trama social, no solo en términos genéricos, sino aquélla que hace presumir que no se trata de un suicidio más.

La novela de Almeida respeta la regla de los policiales argentinos. En nuestro país, como señaló hace ya tiempo Carlos Gamerro, no es verosímil que las fuerzas policiales o el estado investiguen: durante y después de la Dictadura, las fuerzas represivas, junto al poder político, económico y judicial encubren, ocultan, son cómplices del crimen. Otro parte del trabajo la hacen los medios de comunicación. Entonces, son otro agentes, como familiares, periodistas quienes van en busca de la verdad que se esconde tras el crimen.

La tradición política y literaria que inaugura Rodolfo Walsh con Operación Masacre, es quizás convocada lateralmente en la construcción de ese personaje, Guyot, que quiere saber, pero sobre todo, comprender. Aunque hay un matiz, porque Guyot sabe de antemano que no va a publicar porque los suicidios, por ética periodística, no se cubren. Sin embargo, Guyot sabe que éste es un suidicio y a la vez no lo es. Por eso investiga, indaga.
“La peor tentación es querer entender. Avanzar con un mapa, apenas esbozado, esperando que aparezca allí algo que permita reconocer”, dice el narrador mientras Guyot revisa las carpetas personales de Julia tratando de develar el porqué de esa decisión íntima, tomada así, en plena calle.

Esa intuición, con la que acompañamos a Guyot, se va confirmando. Benteveo, el personaje impávido ante quien Julia se suicida, piensa: “De todos los hijos de puta que me la tienen jurada, la única que llega tan cerca es ella”. Julia se ha suicidado frente a él, luego de apuntarlo con el arma. Benteveo, sin inmutarse, sigue su camino sin siquiera darse vuelta cuando truena el disparo.

Con una profusión de diálogos no siempre vistos en las novelas, el relato tiene algo de teatral, donde cada personaje asume su propia voz y la voz narradora se mantiene al margen. Eso, junto al recorrido por un pasado reciente, deja una sensación perdurable en quien lee. Es la tensión que atraviesa el cuerpo cuando el relato no suelta.

Porque si de una novela política se trata, en la historia de Guyot, este periodista que se enfrenta a las continuidades entre el pasado de la dictadura genocida y el presente, podemos leer el eco de las denuncias del Proyecto X o de la existencia del ex agente de la vieja SIDE, Stiusso, espiando trabajadores y luchadores sociales, o amenazando a un juez emblemático del Juicio a las Juntas Militares en la televisión (me refiero a Luis Moreno Ocampo) en el programa Intratables. Las detenciones ilegales, la tortura, la desaparición, la apropiación de menores aparecen como subtexto dentro del relato.

Y en este marco, Guyot, se enfrenta, como dice la propia autora la oxímoron de "comprender un suicidio". Para Almeida, esto es una contradicción en sus propios términos. Y esa búsqueda por comprender, lo lleva, como en un buen policial negro, a quedar atrapado entre otros crímenes.

En una novela ambientada en Córdoba, pensar la continuidad del aparato genocida, la "mano de obra desocupada" de la dictadura militar, no resulta para nada inverosímil. Hasta bien entrados los 90, los principales torturadores del Departamento de inteligencia, “la patota” del D2, tomaba café en los alrededores de la plaza céntrica de la ciudad. Hasta plenos 90, el jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, el genocida Benjamín Menéndez (indultado por Menem), era saludado en los palcos del poder por el personal político (Mestre, Aguad), y periodistas de los medios dominantes lo llamaban, "mi querido general". Son los años en que uno de los miembros más temibles de "la patota del D2", Carlos "Tucán" Yanicelli, todavía revistaba como Jefe de Inteligencia Criminal en la Policía Provincial bajo el gobierno de Ramón Bautista Mestre.

Ambos elementos son relevantes en la trama de La tensión del umbral: Guyot, un periodista obstinado recibe órdenes “de arriba” para no investigar lo que “claramente” es un suicidio. Aquel personaje siniestro, el mismo que se cruza con Julia en el instante previo al suidicidio, es el torturador que va a sesiones de terapia con una profesional jubilada. A ella le cuenta sin tapujos ni remordimientos, más bien con orgullo, su experiencia como torturador. Y camina por las calles, como si nada.

Hay algo de La sombra azul (2005), de Mariano Saravia, (convertida también en película, bajo dirección de Sergio Schmucler) resuena en los ecos de La tensión del umbral, traducida al francés como “el intercambio”, L’Echange.

En La sombra azul, se relata la historia de Luis Urquiza, un policía raso que entra a la fuerza provincial mientras era estudiante y fue acusado de "guerrillero infiltrado", torturado por sus propios “camaradas de armas" hasta que deciden blanquearlo y consigue exiliarse en Dinamarca. Quince años más tarde, en plena democracia, regresa a su ciudad natal y reconoce a los jefes de la tortura tomando café en un bar cercano al cabildo y el ex D2.

Quien conozca Córdoba sabe que estos edificios están rodeando la plaza San Martín, a metros de la propia Catedral. Símbolo puro de la impunidad genocida. Urquiza lanza una carta abierta al entonces gobernador, Mestre (padre del actual diputado) y le pide la destitución de los torturadores. El resultado es un nuevo exilio de Luis Urquiza por las amenazas recibidas, porque el entonces Ministro de Asuntos Institucionales, Oscar "el milico"Aguad, no puede garantizarle la seguridad. Recién en 2010, y por primera vez, el Tucán Yanicelli, y otros genocidas del D2, fueron condenados por delitos de lesa humanidad junto a Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez.

La historia de estos seres impunes que deambulan en las sombras no es recuerdo ni siquiera de un pasado muy reciente. Como dice Eugenia Almeida, el pasado en tanto pasado, actúa sobre nuestro presente y por lo tanto, también sobre el futuro. No hay clausura posible.

El reinvidicación impúdica del genocida Bussi en Tucumán, las propias víctimas reconociendo al General Milani por televisión cuando fue nombrado jefe del ejército bajo uno de los gobiernos de CFK; el entramado del espionaje ilegal que trae al presente nuevos capítulos cada vez bajo el comando de los Stiusso, los Arribas, las Majdalani aún en pleno 2020. Son todos hechos que dan cuenta de una estructura que sobrevive al amparo del aparato estatal.

Por eso aquí, el pasado es parte del presente mismo. La vigencia de los métodos de tortura, desaparición y muerte son también testimonio de aquella supervivencia: la desaparición forzada de Jorge Julio López en 2006; el extraño asesinato de Silvia Suppo ambos testigos y querellantes en juicios contra los genocidas; la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado en 2017; la desaparición de Facundo Rivera Alegre aquí en Córdoba; los más de 100 días que lleva desaparecido Facundo Astudillo Castro en la provincia de Buenos Aires. No son hechos aislados, como tampoco son los casos de gatillo fácil, el resultado del accionar de un “policía descolgado”.

El balazo que recibió el joven Blas Correas y el intento de encubrimiento por parte de la policía con los mismos métodos con que ayer simulaban “enfrentamientos con los subversivos” y hoy les plantan armas para disfrazar de ladrones a los pibes de los barrios humildes, tienen entre sí hilos de continuidad.

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Los 67 asesinatos a manos de las fuerzas policiales que deja la cuarentena, dan cuenta de la trama de impunidad que aún sobrevive y es constitutiva de un estado capitalista que vuelve ley para las mayorías el empobrecimiento generalizado; el hambre, la desocupación y teme que los vencidos hagan uso de su derecho a la resurrección. Esto explica las continuidades, y no es casual que con cada ciclo de empobrecimiento, recrudezca la violencia policial para disciplinar a quienes quieren rebelarse.

Y no es casual que en una buena novela policial, en una buena novela profundamente política como la de Almeida, aquellos hilos de continuidad e impunidad sean develados, también como preparación para el futuro.







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