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MENDOZA

Cosechando bronca: imágenes que valen más que mil palabras

Las postales mendocinas que cada turista compra cuando visita la provincia, expresan cierta majestuosidad con sus bodegas boutique, sus perfectas hileras de viña y la gran montaña de fondo colmada de nieve. Esas postales con trabajadores ausentes, enorgullece a quienes tanto portan la bandera de la provincia Capital del vino, de la bebida nacional, colmada de elogios y de premios.

Domingo 28 de junio | 00:00

Fotos: Francisco, trabajador de viña

Cuando las cámaras que registran esas bellas imágenes no están, el romanticismo de ellas se desdibuja con miles de trabajadores llenando esas fincas. En época de vendimia, con altas temperaturas pasan sus días de sol a sol colmando de uva tachos pesados que después cargaran en sus hombros para vaciar en un camión. El agua para beber es escasa, sin lugar para comer y sin baño, “levantan la cosecha de los patrones” año tras año.

Entrado el invierno se acerca el trabajo de “la poda”, ya no es el sol el que golpea con dureza, sino las bajas temperaturas que llegan en el Valle de Uco por ejemplo a 14 grados bajo cero. Aun así se necesitan manos que hagan el trabajo y recorran hilera por hilera podando las plantas.

Las manos adormecidas por el frio a veces necesitan descanso para reponerse y seguir con la labor. Sentarse en la tierra llena de escarcha no es una buena opción.

Cuando llega el momento “del atado”, aun en algunas fincas se sigue haciendo con totora mojada, imposible usar ni siquiera guantes para abrigar las manos, entonces la crudeza del invierno que ya se sentía se vuelve peor.

Es que parece que los avances tecnológicos del capitalismo no llegaron a este trabajo feudal. El trabajo “al tanto” que realizan los trabajadores de viña no es más que el pago de acuerdo a la productividad de cada uno. Todo es trabajo temporal, no hay continuidad, no hay contratos, no hay protección de ningún tipo.

Sus espaldas y huesos doloridos, sus manos agrietadas y sus caras envejecidas empiezan a pasar factura aun teniendo 35 años.

En esas viñas, delante de la imponente montaña; allí mismo donde después los dueños de las fincas y bodegas harán grandes banquetes para empresarios y políticos amigos y presentaran esos exclusivos vinos.

Allí en esa viñas, con 50 o con 14 grados bajo cero, con 9 o con 70 años, dejan la salud y la vida los trabajadores de viña. A ellos, a quienes les escriben numerosas canciones por su loable trabajo. A ellos, en cuyo nombre hacen la gran “Fiesta de la vendimia”. La fiesta a la que nunca fueron, la que habla en nombre de los que nunca fueron invitados.

Ellos, que no podrían comprar una copa de ese vino que ayudan a producir. Muchos llamados “golondrinas” que emigran de un lugar a otro abandonados a su suerte. Ellos, que después de ser echados de las fincas pasaron días durmiendo con sus niños en una terminal para tratar de volver a sus casas. Que no cobraran ni la mitad de una IFE, para los que nunca hubo cuarentena. Los que creen inmunes al COVID.

Los que no salen en las postales turísticas y de los que poco se habla cuando se honra la vitivinicultura de Mendoza.

Los abuelos siempre repiten que la tierra es ingrata, a veces te da y a veces no.

Ingrato es un sistema que condena a la miseria a la gran mayoría, que somete a trabajos inhumanos y feudales a escasos kilómetros de la ciudad mendocina. Ingratos los patrones y el arco político que obligan a miles a trabajar bajo estas condiciones.







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