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Córdoba: “Trabajar en la papa es como ser un esclavo”

La verdura más consumida por el pueblo argentino esconde un trasfondo cruel, violento e ignorado por muchos. Habla un trabajador de la cosecha de papas en Traslasierras.

Jueves 8 de septiembre de 2016 | Edición del día

Un trabajador de la cosecha de papas cuenta cómo son las condiciones laborales en el campo y pone nuevamente sobre el tapete la estructura de la explotación agraria en Argentina.

¿Cómo son las condiciones de trabajo en la cosecha de papa?

Trabajar en la papa es como ser un esclavo. Son 14 horas de trabajo al día. Para que te des una idea, para ir al baño tenés que ir al campo. Para comer y parar un rato te dan una hora y media aproximadamente, pero tenés que llevar tus propios alimentos y agua. Hay casos de personas que se han muerto por falta de agua, sobre todo en verano por deshidratación.

El tema del frío también es un sufrimiento, no podés abrigarte demasiado porque es incómodo para laburar. No sabés lo que es el frío a las cinco de la mañana.

Los colectivos que te llevan son un desastre, no tienen calefacción, los asientos y las ventanas están rotas. Hay gente que ha muerto al caerse de la chata mientras los llevaban, y nadie se entera de esto. Al pasaje tiene que pagarlo cada uno.

En el laburo, llevás una cincha a la cintura y arrastras una bolsa de 50 kg. Eso es lo que tenés que hacer para ganarte la vida, porque si no, no comés. Vas agachado con la bolsa colgando de la cintura por un surco que tiene 500 metros, hasta que la llenás y las dejás al costado para seguir. Así las 14 horas, juntando papa y metiendo en la bolsa. Hay que hacerlo rápido porque el tractor va atrás y si te alcanza te tapa de tierra. Las piernas no te dan más.

¿Desde qué edad trabajaste en la cosecha?

Yo empecé a laburar a los once años, una máquina me golpeó y ahora tengo problemas de columna, si hace mucho frío no puedo caminar del dolor de piernas. Si te enfermabas y faltabas un día, te suspendían una semana. Eso quiere decir que por una semana no tenías para darle de comer a tus hijos.

Como si fuera poco, al final del día tenés que cargar el camión con las bolsas que produjo todo el equipo. Llegas a tu casa muerto, no servís para otra cosa que no sea dormir, para al otro día levantarte a las cinco e ir a laburar de nuevo. Terminás de cosechar en la zona y tenés que buscar otros campos. Una persona que labura en la papa a los cuarenta años parece de setenta.

¿Quién es el encargado de contratarte? ¿Tenés trato con tus jefes?

El único que tiene contacto con los jefes, los paperos, es el cabecilla o cuadrillero. Su trabajo es juntar empleados, no hace nada más, y gana el 40 % de lo que produce cada trabajador. Cuando yo laburaba ahí me quedaban $ 200 pesos por día, el resto de lo que ganaba se iba en transporte y comida, y el cabecilla ganaba $ 2000 por día. Si vos le pedías agua no te daba porque decía que eso era tu responsabilidad.

Para los paperos somos un número. Te identifican con tu número de documento, ese es el único dato que tienen de vos. Hay mujeres laburando, van con sus niños porque no tienen a donde dejarlos. En invierno los tapan y los dejan durmiendo ahí en el medio del campo.

A veces venía una camioneta de control, y entre los jefes se avisaban para cuidarse. Cuando vienen los controles a los empleados los esconden en el campo.

Uno cuando tiene necesidad de plata se somete, no podes decir nada porque te quedas sin laburo. Los que tienen alto poder adquisitivo te manejan como quieren. Viven de la necesidad de la gente. Me acuerdo un año donde la cosecha fue buena, un papero hizo 25 millones, tenían gente laburando en todos lados, mujeres, niños, ancianos. Necesitaban sacar la papa en ese tiempo porque estaba a buen precio. Largaban 7.000 bolsas por día, una cuadrilla de 25 personas más o menos. Llegaba el fin de la cosecha y no tenías nada, porque no te dan calzado, ni ropa. Nada. Es preferible no tener trato con ellos, porque para los jefes somos animales, no valemos nada.

El trabajo esclavo en el campo es la norma

En estos últimos tiempos se han conocido numerosas denuncias sobre trabajo esclavo en muchas ramas de la industria, sobretodo en la textil, donde proliferan los talleres clandestinos que producen para las grandes marcas de ropa.

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En el año 2011, impulsado por el kirchnerismo se sancionó el Estatuto de Peón Rural, que había sido derogado por la última dictadura militar. Al mismo tiempo se creó el Renatea (Registro Nacional de Trabajadores y Empleadores Agrarios), con el fin de mejorar los mecanismos de registración de los trabajadores rurales y garantizar derechos sociales y laborales. Pero en realidad poco se avanzó en revertir las condiciones de vida y de trabajo de miles de obreros que siguen sometidos a la súper explotación en el campo.

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Más allá de la propaganda o de acciones cosméticas, la realidad de los trabajadores rurales sigue intacta desde hace 100 años. Y esto es posible gracias a la cadena de complicidades que unen a las empresas, el Estado y las direcciones sindicales que permiten, mediante la flexibilización y precariedad laboral, que la explotación agraria recaiga implacablemente sobre las espaldas de los trabajadores que se llevan la peor parte.

Un caso emblemático que desnuda toda esta red de complicidades en la explotación agraria es la desaparición de Daniel Solano, en Río Negro.

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