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Contornos de un nuevo relato de la resistencia kirchnerista

Tras la debacle del Frente Ciudadano y al calor del malestar social contra el ajuste, se delinean las formas de un nuevo discurso. Aquí un contrapunto con algunas de esas ideas.

Juana Galarraga

@Juana_Galarraga

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 24 de julio de 2016 | 00:00

La aparición de José López con sus valijas llenas de millones de dólares implicó un duro golpe para el espacio político kirchnerista. Golpe que vino a potenciar las tendencias centrífugas que lo recorren hace meses.

El verdadero dilema que atraviesa a esa fuerza no reside en el hecho en sí, sino en la incapacidad de construir una explicación que permita salvaguardar los tópicos centrales del discurso construido por más de una década.

En este marco, luego de los recientes cacerolazos contra el tarifazo, periodistas referenciados en ese espacio, empezaron a darle forma a un nuevo momento del discurso de la resistencia.

Trataremos aquí de analizar sus contornos y también sus límites. Hagamos antes un repaso por los momentos previos de esa construcción discursiva, que buscó afirmar un lugar de oposición sin lograr detener la crisis del “proyecto”.

De las Plazas “del aguante” a Comodoro Py

En diciembre pasado, el kirchnerismo ensayó un discurso opositor genérico que revistió la nominación de “resistencia con aguante”. El complemento de esa definición fue el “empoderamiento”, una suerte de significante vacío donde la fuerza política que abandonaba el Estado llamaba a cada quien a resistir por su propia cuenta.

La definición sirvió como base para el desarrollo de las llamadas “plazas del aguante” y de las (pocas) movilizaciones en defensa de la Ley de medios.

Sin embargo, la dinámica de ese movimiento fue decreciente. En eso influyó, en gran medida, el ascenso de las tendencias centrífugas dentro de la vieja coalición oficialista. Gobernadores, intendentes, dirigentes sindicales y legisladores de todo nivel corrieron a garantizar sus propios intereses en abierta negociación con el macrismo u otros oficialismos locales.

Junto a ello, la ausencia de conducción política expresada en el silencio de CFK ante el ajuste en curso, aportó su cuota al crecimiento de la desorientación.

El silencio de la ex presidenta sería roto el 13 de abril en la puerta de los tribunales de Comodoro Py. En ese momento ya las plazas de la resistencia y la defensa de la Ley de Medios eran un recuerdo borroso.

Auge y caída del Frente Ciudadano

El Frente Ciudadano – lanzado en una lluviosa mañana- fue una suerte de contragolpe del kirchnerismo que, siguiendo los métodos discursivos de Cambiemos, apeló a la “unidad de los argentinos” por sobre la diferencias. Intentando construir una suerte de hegemonía en la oposición, se convocó a todos aquellos que “estuvieran peor” después del 10 de diciembre.

Cristina Fernández apeló a un estilo menos confrontativo y se dio el lujo de retar a quienes silbaron a “los traidores”. “Así no van a convencer a nadie” sacudió a la militancia enojada con quienes habían roto los bloques del FpV.

Si ese proceso no terminó de cuajar, mucho tuvo que ver la temprana aparición en escena de José López con sus bolsos cargados de millones. El golpe moral sobre el kirchnerismo fue durísimo.

Si bien lo ético y la pelea contra la corrupción no habían estado en el centro del relato oficial en la “década ganada”, una parte no menor de su discurso había sido la tajante separación con el ciclo menemista. López, los bolsos y las monjas, vinieron a inocular una dosis de menemismo explícito.

Contornos de un nuevo relato

El caso López permitió al macrismo una fortaleza coyuntural. Pero el creciente descontento ante los tarifazos y los fallos de la Cámara Federal de La Plata abrieron, en pocos días, otro escenario donde el gobierno quedó a la defensiva. En este marco se produjeron los cacerolazos contra las subas de tarifas.

Para el sector del kirchnerismo que aún sostiene un discurso de resistencia, estas acciones permitieron empezar a tejer los contornos de un nuevo momento del relato de la resistencia que deje atrás -o congele- el Frente Ciudadano.

A pocas horas de que terminaran de sonar las cacerolas, Washington Uranga escribía en Página/12 que “las ’multisectoriales’ comienzan a ser un ámbito apetecido por niveles dirigenciales que desde la asunción del macrismo han deambulado sin rumbo entre la inacción, la complicidad y el desconcierto (...) lo que hoy se reúne bajo el paraguas ’multisectorial’ es, sin duda, un germen de organización ciudadana del que pueden surgir alternativas para el futuro político del país”. Las multisectoriales, valga la aclaración, estuvieron en el centro de la convocatoria a los cacerolazos.

Casi en el mismo tono, el domingo pasado Mario Wainfeld escribía que “las movilizaciones y actos del movimiento obrero, de la comunidad universitaria, de docentes (…) comprueban que el macrismo no gobierna sin resistencias y que éstas tienen eficacia cuando se organizan bien y con constancia. Todos esos movimientos son transversales, minorías intensas que se agrupan en defensa de intereses propios, específicos. Son el pilar más sólido de la oposición real, en un contorno de crisis de los partidos opositores y de las cúpulas gremiales”.

Hasta el pasado 10 de diciembre, el kirchnerismo construyó su relato político alrededor de la posesión del poder estatal. Desde ahí se decía combatir a las “corporaciones”. Ahora, en el llano y ante la defección de los aparatos políticos que fueron parte esencial de su coalición de gobierno, sus esperanzas se centran en las posibilidades de construir poder “por abajo” a partir de esas resistencias difusas y diferenciadas.

Este nuevo discurso estaba ya inscripto en el “empoderamiento” que Cristina planteara en su último acto como presidenta. Hasta cierto punto, rememora la etapa abierta por el 2001 en Argentina, etapa que fue clausurada por la política estatal del kirchnerismo en el marco del crecimiento económico.

Un silencio y una incomodidad

“No es el 2001. Porque se maduró en experiencias organizativas y porque el escenario es diferente” observa Uranga. Lo que el periodista no menciona es que una de las fuerzas sociales que más se desarrolló y maduró desde el 2001 a esta parte, fue la clase obrera.

Clase social que hoy cuenta con mayores niveles de sindicalización y donde han proliferado las experiencias -minoritarias pero significativas- de organización independiente y antiburocrática en los sindicatos, con comisiones internas y cuerpos de delegados combativos, influenciados y dirigidos por la izquierda trotskista, hoy agrupada en el Frente de Izquierda en el terreno político-electoral.

Precisamente esa diferencia en la constitución de lo social plantea que cualquier plan de ajuste debe necesariamente pasar por encima de las aspiraciones de esa reconstituida clase trabajadora. Esa fuerza social asomó apenas la punta de la nariz en la masiva movilización del pasado 29 de abril, convocatoria que fue discontinuada por las conducciones burocráticas que entraron en una tregua irrevocable por el momento.

De allí también que cualquier proceso de organización de la resistencia “por abajo” sino se propone fortalecer las tendencias antiburocráticas y combativas entre la clase trabajadora, esté condenada a la impotencia.

Que el nuevo relato no tome en cuenta a la poderosa clase obrera argentina tiene un trasfondo doble. Por un lado, el silencio obedece a que la burocracia sindical que garantiza la tregua al Gobierno es parte de las “herencias” del kirchnerismo. No hay, como sostiene Wainfeld, una “crisis” de esas organizaciones, sino la confirmación de que fueron un aparato de control y coerción sobre la clase trabajadora. Esta cuestión, ampliamente criticada por la izquierda en el ciclo político anterior, fue resistida por la intelectualidad kirchnerista bajo el apotegma del (una vez más) “empoderamiento”.

La realidad golpea ahora como el frío invierno en los rostros de cierto progresismo y evidencia que el único poder que fomentó el kirchnerismo desde el Estado fue el de los eternizados caciques sindicales. El único “empoderamiento” en este terreno fue el de la casta burocrática de los Caló, Pignanelli, Gerardo Martínez y Pedraza, entre otros.

Liberar la energía de la clase trabajadora supone la tarea de luchar y proponerse derrotar a esa burocracia, como lo hace cotidianamente la izquierda trotskista. Esa fuerza social liberada de esas ataduras puede ser el componente estratégico que permita derrotar efectivamente el ajuste.

Pero el segundo límite de los ideólogos del kirchnerismo radica en el futuro. La burocracia sindical es parte del dispositivo político del peronismo en su conjunto, lugar de partida y de llegada del avatar de centroizquierda que encabezaron Néstor y Cristina.

Táctica y estrategia

A pesar de haber votado tanto el acuerdo con los fondos buitres como la ley de blanqueo de capitales, los senadores del Frente para la Victoria nunca fueron “expulsados” de esa fuerza.

Ni la dupla “renovadora” de José Luis Gioja y Daniel Scioli, ni tampoco Cristina Fernández, pugnaron por una separación definitiva. Por el contrario, se aunaron esfuerzos para evitar que los “traidores” abandonar el espacio del FpV.

Es que la “estrategia” de la ex presidenta, según lo definió el periodista Horacio Verbitsky hace siete días, consiste en “proyectar su liderazgo hacia el horizonte”, aunque la misma hoy carezca de formas tácticas.

Dicho en lenguaje más llano, Cristina Fernández apunta a la auto-preservación para un eventual retorno en 2019. Y eso requiere al peronismo y sus aparatos de poder territorial y sindical. El kirchnerismo puro requiere del peronismo impuro para su verdadera estrategia.

Esta definición global es la que impone los límites a la intelectualidad kirchnerista a la hora de pensar las articulaciones posibles de las múltiples luchas de resistencia al ajuste.

En ese marco, la perspectiva de pelear por la recuperación de las organizaciones sindicales de manos de la burocracia sindical –planteada abiertamente por el PTS y el Frente de Izquierda- aparece como plenamente necesaria y urgente.







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