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Continúa el noveno juicio por delitos de lesa humanidad en Mendoza

Este viernes de manera virtual y sin público, se realizó la audiencia número 30 en el Noveno Juicio de Delito de Lesa Humanidad en Mendoza y se oyeron tres nuevos testimonios. La próxima audiencia todavía no tiene fecha confirmada

Sábado 29 de agosto | 14:53

El noveno juicio continuó con la reconstrucción del Operativo Antijesuita. Se oyeron tres nuevos testimonios vinculados a los secuestros ocurridos entre junio y septiembre de 1976.

En esta oportunidad declaró como testigo de contexto el investigador Luis Donatello para aportar información sobre el vínculo entre catolicismo y militancia política en los años sesenta y setenta. También Susana Negrette rememoró a su compañera de carrera y militancia barrial, María Leonor Mércuri, y reconoció al exagente de inteligencia Oscar Simone, infiltrado en el ámbito de la Asociación de Trabajadores de Estado (ATE). Por último, el tribunal citó a María Soledad Puente Olivera, hija del matrimonio Olivera-Rodríguez Jurado, secuestrado en Mendoza en julio del 76.

Panorama de las causas

Se juzga por primera vez al Destacamento 144 de Inteligencia del Ejército y a la Fuerza Aérea como parte del aparato organizado de poder. Entre las causas nuevas, se abordan las desapariciones ocurridas en el marco del “operativo antijesuita” contra militantes que trabajaban con el cura “Macuca” Llorens en el barrio San Martín y múltiples detenciones en la IV Brigada Aérea.

Además, hay nuevos procesados por el D2 y la Comisaría Séptima. Son ocho causas que investigan lo sucedido con un centenar de víctimas, 60 de las cuales están desaparecidas o fueron asesinadas.

Catolicismo renovador y experiencias políticas

El abogado querellante Pablo Salinas convocó al doctor en Ciencias Sociales e investigador Luis Miguel Donatello como testigo de contexto en el marco de la causa por el Operativo Antijesuita. Donatello, quien ha investigado el nexo entre política y religión en América Latina y la experiencia de Montoneros a partir de la renovación del mundo católico durante la segunda mitad del siglo XX, realizó una minuciosa exposición sobre las transformaciones ocurridas a partir del Concilio Vaticano II.

En esa dirección, habló sobre su libro Catolicismo y Montoneros y contó que se refería particularmente al periodo entre 1955 y 1976. Explicó que desde los 30, en Argentina se desarrolló una matriz de experiencias e ideas religiosas con fuerte anclaje social. En el mundo católico, muchas personas desarrollaron activismo social para ayudar a mejorar las condiciones de vida de personas en situación de vulnerabilidad. Luego se refirió al derrotero del catolicismo postconciliar en nuestro país, su relación con el peronismo, las izquierdas, las organizaciones político-militares y diversas militancias sociales que emergieron en la Argentina de los 60 y 70.

Luis Miguel Donatello

El investigador del CONICET repasó los principales rasgos de la orden jesuita tanto en Europa como en América Latina, destacando su estructura militar. Ubicó su surgimiento en el siglo XVI, como parte de la reacción frente al rigor de la Reforma Protestante que denunciaba la corrupción y liberalidad de las costumbres en el catolicismo. Los jesuitas, señaló el testigo, surgieron como expresión de la Contrarreforma, y esto se expresó en el ascetismo y rigor extremo que caracterizó a la orden. En América Latina, su presencia fue fundamental, por un lado, debido a su intensa labor como brazo espiritual de la Conquista, y por otro, a raíz de su enfrentamiento con las autoridades españolas por el maltrato hacia los pueblos originarios.

Sobre la relación entre peronismo y catolicismo, el investigador destacó que, para entender ese complejo vínculo, había que tener en cuenta tanto los momentos de tensión -el enfrentamiento de Perón con la Iglesia en su segundo gobierno-, como los momentos de acercamiento. En relación a esto último trajo a colación a las corrientes renovadoras católicas, que durante los 60, adquirieron fuerza y reestablecieron el vínculo con el peronismo. En este punto Donatello hizo hincapié en las características diferenciales que adquirió el socialismo cristiano en Argentina debido a su vínculo con el peronismo. En otros países, en cambio, ese socialismo cristiano encontró eco dentro de la cultura política de izquierda.

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A su vez, para explicar la relación entre marxismo y catolicismo se remontó a las encíclicas papales que condenaron al socialismo y que llevaron al combate de dicha corriente en el plano intelectual y en la vida social. Donatello señaló que ese combate comenzó a disolverse en los campos de concentración nazis donde convivieron personas de distintas procedencias (sacerdotes católicos, judíos, comunistas, dirigentes sindicales) y donde se desarrollaron debates entre sacerdotes católicos y comunistas que adquirieron un carácter teórico. Este dialogo, según el investigador, fue propiciado por el Concilio Vaticano II y se trasladó luego a las universidades de América Latina donde comenzó a discutirse la compatibilidad -o no- del materialismo histórico con la visión cristiana del mundo. En esas discusiones según Donatello, algunos entendieron que el peronismo era la versión local del marxismo.

Al abordar la situación mendocina de los 60 y 70, y en particular la militancia barrial de jóvenes alrededor de la figura de “Macuca” Llorens, hizo referencia a los Campamentos Universitarios de Trabajo (CUT) como un “ámbito de sensibilización” ya que, a partir de esa experiencia, algunas personas se volcaron a diversas militancias en organizaciones de izquierda, peronistas, sindicales y político militares.

“Los CUT abrían un abanico de posibilidades e intensificaban el compromiso social, de ahí algunos optan por las armas con Montoneros, el Partido Revolucionario de los Trabajadores o el Peronismo de Base. También el pacifismo y Guardia de Hierro”. El heterogéneo universo de personas que provenía de diversas procedencias políticas ejemplificaba, para Donatello, el compromiso cristiano de “vivir con, junto y como los pobres”. En este contexto que se produjo un redescubrimiento del peronismo por parte de muchas personas jóvenes.

Por último, cuando se le preguntó si conocía acciones de persecución e inteligencia sobre jóvenes cristianos señaló que en informes de la Dirección de Inteligencia de la Policía de Buenos Aires (DIPBA) se registran estas acciones, sin embargo declaró desconocer si existían informes sobre Mendoza.

Nuevos testimonios sobre María Leonor Mércuri

Susana Negrette es una de las estudiantes de Servicio Social que integró el grupo de compañeras y amigas de Leonor Mércuri. Ya declararon en este juicio Teresa Muñoz y Nora Mazzolo. El relato de las tres permite reconstruir el itinerario de Leonor y los eventos que rodearon a su desaparición en septiembre de 1976.

Susana Negrette

Mércuri había llegado a Mendoza en 1975 para incorporarse a la carrera de Servicio Social. Aunque la provincia y la escuela estaban intervenidas, el plan de estudios todavía no se había modificado y era muy progresista. Armaron juntas un grupo de estudios en el que vinculaban lo que aprendían con la realidad nacional y local.

Como las prácticas profesionales no comenzaban, Leonor las invitó a participar de un proyecto de apoyo escolar en el barrio San Martín, parte del trabajo social que había iniciado “Macuca” Llorens. Comenzaron en el local de una cooperativa. En el barrio había gran cantidad de estudiantes desarrollando militancia política y social.

La misión del grupo era dar apoyo escolar: “Teníamos objetivos políticos, aunque no pertenecíamos a ninguna agrupación (…): justicia social, igualdad de derechos, independencia económica”. Llorens les contó la historia del barrio, una historia de lucha impulsada por sus propios habitantes: “Nos enamoró el proyecto”, sostuvo la testigo. Recordó a “Macuca” como un militante social: “Yo no soy religiosa, entiendo que él eligió esa vía para expresar su militancia. Era un ser que dedicó su vida a la militancia social”. Y explicó que le impactó mucho, como trabajadora social, lo que había logrado en la comunidad: que la gente se organizara en cooperativas, que fuera protagonista. La principal preocupación de Llorens era la vivienda de las familias, la iglesia se construyó tiempo después. Inicialmente fue un “ranchito”. Allí vivía él, en las mismas condiciones que el resto de la población.

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Leonor se instaló primero en el barrio Santa Ana con una compañera. Negrette supo después que era Correa Llano, enfermera y también militante barrial. La testigo creyó recordar que fue el propio Llorens quien mencionó a Inés Correa Llano entre las personas detenidas que participaban en el San Martín. Dijo, además, que la joven estaba embarazada.

Mércuri se mudó luego a la casa familiar de Nora Mazzolo, donde estuvo varios meses. Poco antes de su desaparición, había alquilado una habitación en el barrio Cementista, en la casa otra enfermera.

Con el golpe de Estado la Escuela Superior de Servicio Social cerró, despidieron docentes y detuvieron estudiantes, pero el grupo siguió yendo al barrio aunque conocían la situación de represión y las detenciones que ejecutaban el Ejército y la Policía (que dependía del primero, aclaró la testigo). En agosto del 76 se reabrió la carrera, con otro cuerpo profesional y cambios en los planes de estudio. En la entrada pedían documentos y revisaban los bolsos: “Estaban los milicos en la calle y te hacían sentir que tenías que obedecer”, los retenes eran cotidianos. Ellas sufrieron los controles de los soldados caminando por el centro: “Buscaban panfletos partidarios, que podían señalar que tuvieras actividad política”.

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Recordó que vio a Leonor por última vez un jueves de septiembre. El viernes faltó a la facultad y el sábado se ausentó de la reunión que tenían en el barrio. Mércuri le había dicho a Nora que se sentía perseguida. La buscaron en el banco y también en su casa. Luego pidieron ayuda a Jorge Contreras, exprofesor. El cura les aconsejó que avisaran a la familia.

Por su parte, Llorens les recomendó que no volvieran al barrio y Mazzolo, Muñoz y Negrette se reunieron con él varias veces en la iglesia de la orden jesuita, en Colón y San Martín. El sacerdote era parte de esta congregación. Allí les contó que en la entrada del San Martín habían colocado un retén que revisaba autos y documentos y que habían detenido a gran cantidad de militantes. “Un día nos dijo que se había enterado que a Leonor la habían arrojado al dique Carrizal. Fue muy terrible, hasta ese momento la buscábamos. Leíamos el diario, donde salían personas que pasaban a estar a disposición del PEN, que era una forma de blanquearlas”. La testigo supone que Llorens dio con esta información por su vínculo con otros sacerdotes, ya que algunos se hicieron presentes en el D2.

Susana explicó que no tuvo contacto con la familia, pero supo que la madre de Leonor había viajado inmediatamente después de enterarse. La mujer realizó gestiones en el Arzobispado y presentó un habeas corpus. También relató que ella y sus compañeras se reunieron hace algunos años con dos hermanas de Mércuri, quienes contaron las acciones que la familia había hecho desde Buenos Aires. Agregó que desconocían muchos aspectos de la historia de Leonor, incluida su militancia. Negrette describió a su compañera como alguien que tenía “muchos sueños de un mundo mejor, tenía mucha empatía con los más necesitados, era de esas personas necesarias”. Su pérdida las marcó de por vida. Sabía que Leonor integraba alguna organización, pero en ese momento no se preguntaba cuál.

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Después confirmó que era el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
En relación a la actividad de inteligencia, la testigo indicó que era de público conocimiento que el barrio era vigilado. En consecuencia, habían adoptado ciertas costumbres, como no conversar con gente desconocida: “En todos lados había gente que te vigilaba cuando tenías alguna participación social o política. Suponíamos que eran servicios de inteligencia, pero estaban de civil, no sabíamos de qué fuerza. Por eso decíamos ‘servicios’”, explicó.

Infiltración en ATE

Por último, Negrette dio algunas precisiones sobre uno de los acusados de este juicio, investigado por la desaparición del trabajador estatal Roberto Blanco: Oscar Simone, del Destacamento de Inteligencia 144. La testigo reconoció su nombre entre la lista de imputados que leyó el tribunal al tomarle juramento.

Explicó entonces que desde 1984, como trabajadora de la Dirección de Asuntos Penales, militó en ATE, sindicato del que llegó a ser secretaria de Acción Social. Ocupó luego distintos puestos hasta 1998. Recordó que Simone era delegado de ATE por la Dirección de Transporte: “Espiaba mientras militábamos y pasaba información a servicios de inteligencia”, aseguró. Fue duro enterarse porque lo consideraban un compañero, aunque reconoció que ya en ese momento era “raro” que no conocieran nada de su vida. Simone iba al sindicato, participaba de los plenarios de delegados y delegadas y también de algunas reuniones más chicas de la agrupación.

Una historia de silencios

La segunda hija de Nora Rodríguez Jurado y Rafael Olivera, María Soledad Puente Olivera, ya declaró como testigo de contexto en juicios anteriores. En esta ocasión, respondió preguntas sobre el caso de su padre y su madre.

Explicó que el tema no se discutió en ninguna de las familias: en ambas, la materna y la paterna, había tradición militar. Su abuelo, el general retirado Jorge Olivera, era muy reservado. Ni ella ni su hermana Ximena hablaron con él sobre las desapariciones. Sí lo hizo su tía Monserrat, hermana de su padre, quien le reclamó que no hubiera exigido la aparición de Rafael. “A mi hermana le cuesta contarle a sus hijos”, explicó en relación a la mayor. “Años antes de encontrarme con el MEDH (Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos) tenía pocos datos”.

María Soledad Puente Olivera

Cuando vino a Mendoza, como sabía que Rafael y Nora tenían relación con los jesuitas, se acercó a la “iglesia del centro” y habló con José Luis Moyano. El hombre le contó que era el nexo entre Rafael y sus familiares. Las cartas llegaban a través suyo o de la iglesia. Años después, en 2006, se presentó en el juzgado. Allí le entregaron copia de dos expedientes fechados en 1976. La fiscalía solicitó corroborar que ambos documentos estuvieran incorporados a la causa.

Con la dirección que figuraba, Soledad visitó la casa ubicada en España 7217 de Guaymallén: “Yo me acordaba de la casa, jugábamos en la vereda”. Tocó el timbre de una vecina y le mostró la foto familiar. La mujer señaló que en la casa vivía también “un señor morocho”. Después averiguaron que se llamaba Britos y que está desaparecido, al igual que la pareja.

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Nélida, la vecina, le relató lo sucedido el día del cumpleaños de Rosario. Esa tarde, Olivera salió en bicicleta. En la esquina lo esperaba un señor que había estado vigilando la casa. Al acercarse, le disparó varias veces. Rafael llegó a doblar y la mujer pudo ver que lo subían a un auto porque era un descampado. Al día siguiente se llevaron a Nora con Ximena y Guadalupe, que era una bebé. Después llegó un camión grande de mudanza con gente de boina azul y retiraron las cosas.

Soledad aseguró que tienen muy poca información sobre las actividades del matrimonio en Mendoza. Solo escucharon que trabajaban en alfabetización. En San Juan, por su parte, Nora daba alfabetización en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe y participaba de la organización Evita. También explicó que conserva algunas cartas enviadas por su mamá a sus abuelas entre 1972 y 1973. En una de ellas, Nora rechazaba una oferta y explicaba que “tenían vecinos que podían ayudarlos”, que “había gente que vivía con menos y entonces ellos también podían vivir con menos”. También mencionaba que en San Juan “se estaba poniendo difícil la situación”.







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