Sociedad

ECOLOGÍA POLÍTICA

Contaminación y salud pública: cuando sus ganancias valen más que nuestras vidas

El 23% de muertes en el mundo son causadas por la degradación del ambiente. Cuando la lucha de clases representa no solo el porvenir de la clase obrera sino la defensa de la vida misma

Andrés Arnone

Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (UBA)

Viernes 6 de octubre | 15:49

El 23 % de muertes en el mundo son causadas por la depredación del ambiente. Además del calentamiento global y la amenaza que representa hoy para millones de desplazados climáticos, la quema de combustibles fósiles trajo aparejadas enfermedades ligadas al sistema respiratorio y cardíaco, causando 7 millones de muertes anuales en todo el mundo, mientras que si le sumamos las generadas por la contaminación del agua, suelo y alimentos, y los basurales, etcétera, serían 12,6 millones de personas las que mueren anualmente, según muestran los relevamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Tenemos frente a nuestros ojos una cantidad de vidas sesgadas que duplica la cantidad anual que tuvo la Segunda Guerra Mundial.

Nuestras vidas valen más que sus ganancias

De la consigna “Nuestras vidas valen más que sus ganancias” que propone el PTS en el Frente de Izquierda se desprenden un montón de aspectos de la vida cotidiana: desde la necesidad de la reducción de la jornada laboral y distribución del trabajo entre ocupados y desocupados, pasando por un ingreso acorde a la canasta familiar, mejora de las condiciones laborales y de vida en general, de los medios de transporte, salud, educación etc., hasta la defensa de las condiciones ambientales que hacen posible la reproducción de la vida misma tal como la conocemos.

En Argentina solo la contaminación del aire causa cada año en nuestro país 9.756 muertes (OMS). Según la Red de médicos de pueblos fumigados, en las ciudades pequeñas y medianas más expuestas a las fumigaciones con agrotóxicos, donde vive casi un tercio de Argentina, se registran tasas del 30 % hasta más del 40 % de mortalidad por cáncer, el triple que en las ciudades no expuestas. Asimismo los químicos derramados por el fracking, la megaminería e industrias varias, afectan los cursos de agua que cruzan regiones enteras.

Por otra parte en el Gran Buenos Aires el río Matanza-Riachuelo y el Reconquista están entre los ríos más contaminados del mundo, en cuyos márgenes habitan familias trabajadoras, afectando con metales pesados en la sangre y generando graves enfermedades. La contaminación de la cuenca Matanza-Riachuelo afecta a más de 7.000.000 de habitantes y son 14 los municipios afectados. Según datos oficiales, cerca de un millón de esos habitantes habitan en villas miseria, en pésimas condiciones de vida.

Mientras que el PRO, las múltiples variantes del PJ y otros, avalan las actividades contaminantes como el agromodelo, la megaminería, el fracking petrolero, las centrales nucleares, etc, y apoyan integralmente este sistema económico insostenible en lo social, económico y ambiental, el marxismo plantea un cambio radical de las relaciones sociales de la humanidad y de esta hacia la naturaleza.

Socavando el sostén vital

Algo que cada vez es más fácilmente de notar, además de la contradicción entre el capital y el trabajo, es la contradicción entre el capital y la naturaleza. El crecimiento continuo ad infinitum que necesita el capital para revalorizarse va en contramano de la capacidad de regeneración de la naturaleza. Esto, sumado a la destrucción de bosques, océanos, ríos, etc., tiene como resultado que en la actualidad se consuma 1,7 veces la capacidad de reproducción de la biósfera (absorción de dióxido de carbono CO2, pesca, alimentos varios, entre otros). En 2017 lo generado por la biósfera fue consumido aproximadamente el 2 de agosto. El resto del año consume “capital natural”, lo que disminuye la tasa de regeneración para el año siguiente.

Incluso los intentos del “capitalismo verde”, cuyo bastión es Europa, donde existe transporte masivo interconectado, tecnologías más eficientes, etc, no baja de una huella ecológica que supera en 150 % la capacidad de regeneración de la naturaleza, obteniendo de las semicolonias los recursos para suplir ese déficit.

Si relevamos el efecto del avance del capital en la población de distintas especies, desde 1970 la población de seres vertebrados fue exterminada en un 52 %, y se calcula que en cien años solo sobrevivirían la mitad de las especies, una destrucción comparable a las extinciones masivas prehistóricas, aunque con la diferencia de que aquellas fueron causadas por glaciaciones, meteoritos, mega erupciones volcánicas, etc. Esta seria la 6° extinción masiva, según las cifras recolectadas por Gerardo Ceballos y otros científicos.

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Además de la destrucción de la capacidad de bioregeneración de la naturaleza, también existe en lo energético la misma tendencia de dilapidar en pocas décadas el “capital” que representan los stocks fósiles, formados a partir de la acumulación durante millones de siglos de flujos de energía solar.

A raíz de estos hechos y muchos más, desde los últimos años ha ido avanzando la caracterización de una nueva era geológica, la del Antropoceno, que reemplazaría al Holoceno, el periodo geológico correspondiente a los últimos 10 mil años aproximados, en el que gracias al retroceso de la última glaciación y el aumento de la temperatura promedio global de la Tierra en 6° grados se crearon las condiciones climáticas que permitieron el desarrollo de la agricultura y la civilización humana. El término fue acuñado por el premio Nobel de química Paul Crustzer en el año 2000 y durante el último tiempo se ha constituido el Grupo de Trabajo del Antropoceno que le ha presentado a la Comisión Estratigráfica Internacional su propuesta para oficializar la nueva era geológica.

Otras corrientes prefieren afinar la definición hacia el Capitaloneco, para no presentar al capitalismo como algo inherente a la especie humana, ya que es la clase capitalista, al ser la clase dominante dueña de los medios de producción y del Estado, la realmente responsable del salto en la depredación del ambiente a causa de su necesidad de crecimiento constante e infinito, arrasando todo a su paso, para no entrar en crisis.

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Alienación del trabajo y de la naturaleza

La relación del hombre con la naturaleza fue históricamente una relación de intercambio metabólico, pero a medida que se fue acrecentando la acumulación de capital, se fue produciendo un quiebre cada vez más profundo en este metabolismo. Esto empieza cuando el producto del trabajo del hombre, en lugar de satisfacer sus necesidades, se vuelve algo ajeno, se convierte en trabajo alienado, que se vuelve contra sí, en beneficio de una minoría parasitaria, la clase capitalista.

Cuanto mayor es la apropiación del capitalismo de la naturaleza, menos naturaleza queda, tanto como fuente de víveres como fuente de objetos de trabajo, tal como decía Marx en sus Manuscritos de 1844: “Hasta tal punto aparece la realización del trabajo como desrealización del trabajador, que éste es desrealizado hasta llegar a la muerte por inanición. La objetivación aparece hasta tal punto como pérdida del objeto, que el trabajador se ve privado de los objetos más necesarios no sólo para la vida, sino incluso para el trabajo […] El trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo exterior sensible. Cuanto más se apropia el trabajador del mundo exterior, tanto más se priva de víveres porque el mundo exterior sensible cesa de ser, en creciente medida, un medio de vida de su trabajo; en segundo término, porque este mismo mundo deja de representar, cada vez más pronunciadamente, víveres en sentido inmediato, medios para la subsistencia física del trabajador”.

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La lucha de clases como lucha por la vida

Cada día la burguesía dilapida medios de subsistencia y de trabajo claves para la transición hacia otro modelo civilizatorio, sin explotados ni explotadores, que sea sostenible social y ambientalmente, medios de subsistencia y de trabajo claves para un restablecimiento del intercambio metabólico entre humanidad y naturaleza que nos brinde real abundancia y plenitud, como describieron Marx y muchos especialistas más.

A medida que la burguesía destruya en su beneficio estas bases naturales pone en peligro la misma existencia de las especies de la Tierra, incluida la humana, siendo de necesidad vital cambiar de raíz la organización social y acabar con la amenaza que representa la burguesía como clase dominante. Es por esto que ante la crisis social y ambiental decimos: ¡Nuestras vida valen más que sus ganancias!






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