REVISTA

Con los ojos de las mujeres

Paula Varela

debates
Ilustración: Anahí Rivera

Con los ojos de las mujeres

Paula Varela

Apuntes para repensar la clase obrera.

Que el movimiento de mujeres está en ascenso ya es un hecho insoslayable. La marea verde, la existencia de Las Pibas, la salida del sarcófago de lo más rancio de las iglesias Católica y Evangélica para oponerse a la libertad de decidir sobre el propio cuerpo, son muestra de eso en Argentina. Pero está Irlanda, Polonia, las marchas en EE. UU., el Paro Internacional de Mujeres. ¿Cuál es el componente común? Aquí van unos apuntes sobre la relación entre la crisis del neoliberalismo, una clase trabajadora que está en apuros, y la posibilidad de que las mujeres vengan a su rescate y le inyecten nuevas fuerzas.

Apunte #1: La metamorfosis del trabajo (más allá del mameluco)

Decir que la versión neoliberal del capitalismo que entró en crisis en 2008, trajo para quedarse una profunda metamorfosis del trabajo, no es ninguna novedad. Establecer la relación entre esto y lo que algunas llaman una “nueva ola feminista”, seguramente tampoco, pero ayuda a pensar. Veamos.

Habitualmente la metamorfosis del trabajo se ha analizado desde el punto de vista del ámbito de la producción, y la referencia nostálgica ha sido el “mundo del trabajo de la posguerra”. Desindustrialización, predomino de los servicios, fin de la estabilidad laboral, caída del salario real, tercerización, flexibilización, desocupación masiva, han sido los vocablos asociados a este análisis. Las respuestas teóricas, esquematizando un poco, fueron dos: a) la que, ante estos cambios, supuso más/menos que la clase trabajadora ya no podía pensarse como sujeto central del “capitalismo postindustrial” y mucho menos como sujeto potencialmente revolucionario [1]; b) la que, en minoría, siguió pensando que esa profunda metamorfosis no negaba la centralidad del trabajo ni tampoco la de la clase trabajadora como sujeto con potencia revolucionaria e intentó, con más o menos creatividad, explicar los cambios y las alternativas que ellos abrían. Como parte de este punto de vista marxista, quiero reparar en tres características específicas por considerar que, de ese modo, se puede establecer una relación entre ese proceso y el nuevo protagonismo de las mujeres.

La primera y más obvia es la feminización de la fuerza de trabajo. Como señalan Guadalupe Bravo y Victoria Sánchez en este mismo dossier, desde la década del ‘90 a la actualidad se observa el mayor porcentaje histórico de participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Esta incorporación masiva presenta particularidades según país, pero tiene un denominador común a nivel internacional: la mayor participación de mujeres se da en “nichos” de tareas de reproducción social asalarizada: escuelas, hospitales, geriátricos, guarderías, limpieza, etc.

Esto se articula con la segunda característica que quiero destacar: la precarización laboral entendida como mecanismos de progresiva reducción del “salario familiar” y, por ende, como crisis de la capacidad de reproducción de la fuerza de trabajo que tiene el salario obrero.

Por último, hay un elemento que parece externo al mundo del trabajo, pero no lo es: la reducción presupuestaria y la tendencia a la privatización de los servicios públicos, particularmente la Educación y la Salud. ¿Por qué considerar este elemento como parte de la discusión? Doy aquí los motivos empíricos (en el Apunte#2 van los teóricos): porque es un ataque directo al nivel de vida de la clase trabajadora en el ámbito de su reproducción social, y, por ende, un ataque directo a las mujeres trabajadoras por una doble vía: para aquellas que son las que sostienen esos servicios con su trabajo asalariado, porque las somete a condiciones laborales cada vez más imposibles (muchos usuarios, pocos recursos); para todas, porque las somete a alargar su jornada de trabajo doméstico en la medida en que disponen de cada vez menos y peores escuelas, guarderías, hospitales, instituciones para el cuidado de adultos mayores. Es decir, todos esos “servicios” que el Estado presta cada vez menos y peor, implica más trabajo para las mujeres de la clase obrera que son (muy mayoritariamente) quienes se ocupan de las llamadas “tareas del cuidado”.

Para resumir, la metamorfosis del trabajo de la que estamos hablando, implica la combinación entre cada vez más mujeres en el mercado de trabajo, cada vez peores salarios para atender las necesidades de la familia obrera a través del mercado, y cada vez menos presupuesto estatal para atender dichas necesidades a través de los servicios públicos. Implica, en síntesis, una tremenda crisis de la reproducción social de la fuerza de trabajo. Y esta crisis tiene un género específico: las mujeres trabajadoras. Las mujeres son la mayoría de los cuerpos precarizados del trabajo asalariado, los cuerpos que soportan los recortes de los servicios públicos y los cuerpos agotados de las tareas domésticas que se realizan cada vez con menor capacidad de consumo.

Apunte #2: La Teoría de Reproducción Social como entrada analítica

En este mismo dossier hablamos largamente con Tithi Bhattacharya sobre la Teoría de la Reproducción Social (TRS), en tanto desarrollo de la teoría marxista [2]. Y, por ende, en tanto posibilidad de analizar y entender la especificidad de las mujeres y sus demandas, desde un punto de vista teórico que, como ella misma propone, reafirme a la clase trabajadora como sujeto revolucionario. Invito a las y los lectores a mirar esa entrevista.

Lo que aquí quiero plantear son algunos aspectos de esta teoría que, según mi opinión, permiten la operación que propongo arriba: la comprensión del ascenso del movimiento de mujeres en el marco de las profundas modificaciones del mundo del trabajo (productivo y reproductivo) del capitalismo neoliberal. O, dicho de otro modo, permiten pensar la articulación entre un proceso y el otro, en un momento en que esa articulación no es evidente, sino que hay que construirla. Discúlpenme si abuso del esquema dentro del esquema.

No estamos hablando de una teoría sobre el trabajo doméstico [3] sino sobre la reproducción social bajo el capitalismo. Esa diferencia es sustancial, porque lo primero te lleva a una teoría de las amas de casa (y a una estrategia de la “revolución de los hogares”) y lo segundo te lleva a una teoría que piensa a la clase trabajadora en los ámbitos de la producción y la reproducción social en su conjunto (y a una estrategia de revolución socialista). La TRS tiene la fortaleza de mirar el trabajo no solo en el ámbito de la producción de mercancías sino también en el de la reproducción de la fuerza de trabajo, y considerar a este último como un trabajo indispensable para la reproducción social en su conjunto. Como puede percibirse, esta mirada “relacional” ya está en Marx [4]. Lo que no está es un desarrollo sistemático del trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo y una conceptualización de su importancia para la reproducción de la sociedad capitalista. La TRS pone el foco allí, tira de esa cuerda y la despliega, estableciendo la relación entre el circuito del trabajo de producción de mercancías, y el circuito (subordinado [5]) de reproducción de la fuerza de trabajo. Eso le permite historizar las modificaciones en esta segunda dimensión del trabajo, ya sea que esté asalarizado (escuelas, hospitales, geriátricos, guarderías, limpieza, etc.) o no (trabajo de reproducción no pago en el hogar); e historizar también a su sujeto protagónico: las mujeres trabajadoras. Permite, en síntesis, preguntarse por su especificidad y por el rol que pueden cumplir en la lucha de clases en momentos de profunda crisis de la reproducción social a la que llevó el capitalismo neoliberal.

De la doble opresión a sujeto peligroso. Es un sentido común marxista considerar que las mujeres trabajadoras estamos sometidas a una doble opresión: de género y de clase. Esa definición tiene un aspecto de verdad inobjetable: somos explotadas en tanto trabajadoras (cosa que compartimos con nuestros compañeros varones) y somos oprimidas en tanto mujeres (cosa que no compartimos con ellos). Pero también tiene el peligro de dos interpretaciones erróneas: una teórica y otra política. La teórica, es la que considera esta doble opresión bajo la idea de dos sistemas independientes, el patriarcal y el capitalista. Y, de ese modo, le es imposible responder a los problemas de lo que, en el debate feminista de la segunda ola, se llamó las “teorías del sistema dual” y que podrían resumirse de este modo: si el patriarcado y el capitalismo son dos sistemas independientes, ¿cuál es el que determina las relaciones sociales: el género o la clase? ¿Cuál constituye el “enemigo principal”? ¿Cómo luchar contra ellos: de forma también independiente o subsumiendo uno en el otro a riesgo de negar la especificidad del subsumido? [6]. Como dice Iris Young, en su ácida crítica al artículo de Heidi Hartmann “El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo: hacia una unión más progresista” [7]:

Yo plantearé, sin embargo, que la teoría del sistema dual no puede reparar el infeliz matrimonio del marxismo y el feminismo. Hay buenas razones para creer que la situación de la mujer no está condicionada por dos sistemas distintos de relaciones sociales que tienen estructuras, dinámicas e historias distintas. Es más, el marxismo feminista no puede contentarse con un mero “matrimonio” de dos teorías –marxismo y feminismo– que reflejan dos sistemas: el capitalismo y el patriarcado. Por el contrario, el proyecto del feminismo socialista debe ser el desarrollar una teoría única, aprovechando lo mejor del marxismo y del feminismo radical, para comprender el patriarcado capitalista como un sistema en el cual la opresión de la mujer es un atributo central [8].

Un intento de teoría unitaria es el que desarrolla Lise Vogel, en Marxismo y Opresión de la Mujer [9], sentando las bases de un desarrollo marxista de la Teoría de la Reproducción Social. No está demás decir, que los esfuerzos por pensar la especificidad de la opresión de las mujeres en el capitalismo, no implica negar el carácter previo (históricamente hablando) de la opresión de género, sino comprender las modificaciones sustanciales que ésta sufre bajo el capitalismo a los fines de no combatir contra una dominación que, por “ancestral”, se vuelva abstracta (el patriarcado sin más) y construya un enemigo también abstracto y escurridizo. Pero además, sin el análisis de esta especificidad, la idea que sostenemos las marxistas de que no hay liberación de las mujeres sin destrucción del capitalismo, también se vuelve abstracta y por ende, arbitraria. En síntesis, dada la importancia del asunto, la importancia de mirar con atención a quienes intentan desarrollar esta teoría unitaria desde el campo del marxismo.

Pero hay una segunda cuestión que es de carácter político: la idea de doble opresión puede malinterpretarse y colocar a las mujeres de la clase obrera en lugar de víctimas. Hay dos respuestas que suelen darse a esta ubicación. La primera y más de derecha, llamando a los hombres de la clase obrera a que las “rescaten” e invitando a las mujeres a que se sumen a la lucha contra el capitalismo como si esa invitación sin más fuera la llave para su liberación. No hace falta ahondar en el carácter machista de esta respuesta y en el lugar de partener, de acompañante, en que coloca a las mujeres de la clase trabajadora. La segunda y más de izquierda, llamando a las mujeres a que sean (junto a sus compañeros de clase varones) sujetos de su propia liberación combatiendo al capital y al patriarcado, lo que, sin mayores precisiones, aparece como una tarea no imposible, pero sí titánica (porque la opresión es tiempo que no se tiene, es experiencia que no se acumuló, es cuerpo que está agotado y es materia de violencia). La pregunta, entonces, es: ¿dónde residen las bases objetivas de la potencia de las mujeres trabajadoras bajo el capitalismo para pensarlas no solo como víctimas (que lo son) sino también como sepultureras?

Apunte #3: Las mujeres como puente entre producción y reproducción

“Cuanto peor, mejor”, no funciona. Pero el hecho de sufrir una doble opresión no implica en sí mismo disponer de las fuerzas para enfrentarla. Lo que sí puede pensarse como una posición de fuerza privilegiada es la ubicación que ocupan en relación a una separación fundamental del modo de producción capitalista: la separación entre el ámbito de la producción y el de la reproducción. Esa frontera no es contingente en el capitalismo, es su “alma permanente” porque de allí se derivan las disociaciones entre la esfera de lo económico y lo político, lo privado y lo público, del trabajador y del ciudadano. Por ende, el análisis de los modos en que esa frontera se perfora es central. Y las mujeres trabajadoras juegan allí un rol que no juegan los varones de su clase, ellas son sujetos protagónicos de ambos espacios: de la fábrica (como metáfora del ámbito de la producción) y del barrio (como metáfora de la reproducción). Esa ubicación anfibia puede pensarse como potencial fuerza en la medida en que sea usada para establecer lazos entre la fábrica y el barrio, entre las demandas laborales de la clase obrera y aquellas que exceden lo “laboral” pero son parte central de su condición obrera. En ese sentido, es una posición potencialmente revulsiva si se la traduce en política. A eso me refiero con la idea de las mujeres como puente.

La base objetiva e histórica de la idea de puente reside en dos elementos que señalamos más arriba y que constituyen las características del trabajo en la actualidad [10]: la masiva participación de las mujeres en el mercado de trabajo y su absoluto protagonismo en el trabajo reproductivo (asalariado y no asalariado), ámbito que las reformas neoliberales llevaron a una crisis profunda. Esa doble participación y el protagonismo histórico en que esta dinámica las coloca, no es compartida con los trabajadores varones. Es una posición específica de las mujeres trabajadoras que puede transformarse en fuerza social. Un ejemplo reciente en el que esta posición específica se transformó en fuerza social, es la llamada “Teacher’s Spring” en EE. UU. en la que, en el cielo sereno de la lucha de clases norteamericana, las maestras desayunaron a propios y ajenos con una oleada de huelgas que obligó a la izquierda norteamericana a volver a hablar de clase obrera, de sindicatos y de paros. ¿Cuál es la especificidad de las huelgas docentes norteamericanas? Que fueron medidas de lucha dirigidas por las mujeres (abrumadora mayoría en ese sector de la reproducción social) pero que involucraron a un sector de comunidad trabajadora local: fueron lo más parecido a “huelgas de la comunidad obrera” en defensa de su calidad de vida, una calidad de vida que no se mide solo en salario sino, también, en elementos centrales para la reproducción de la fuerza de trabajo: servicio educativo, servicio de pensiones, servicio de salud (todos tópicos que estuvieron sobre la mesa en las huelgas docentes).

Por supuesto, que la construcción de la “Teacher’s Spring” no puede explicarse únicamente por esta ubicación objetiva de las mujeres trabajadoras. Existieron orientaciones políticas que hicieron posible la constitución de dichas alianzas al interior de la comunidad de clase. Pero sería un error leer esas orientaciones en el vacío, en lugar de inscribirlas en sus condiciones objetivas específicas: la posición anfibia de las mujeres como protagonistas de la producción y la reproducción social. Esto permite pensar mejor las potencialidades que esa particularidad presenta a la dinámica de la lucha de clases, y para pensar a las mujeres trabajadoras, ya no como víctimas, sino como sujetas peligrosas.

Apunte #4: La reproducción de la fuerza de trabajo como una preocupación central en el programa y en las luchas de la clase trabajadora

Por último, quiero plantear que esta luz echada sobre el ámbito de la reproducción social como ámbito central de la clase trabajadora, implica discutir los programas de las organizaciones obreras y, particularmente, de los marxistas que intervenimos en ellas. Pero también implica discutir los programas de los movimientos sociales que aparecen como ajenos a los reclamos y dolencias de la clase trabajadora, pero que no lo son, como el movimiento feminista. La nueva ola del feminismo internacional presenta una singular oportunidad para ambas discusiones. En el terreno de las organizaciones obreras, la reducción de las demandas a lo estrictamente salarial (o, en el mejor de los casos, a las condiciones de trabajo en las paritarias) no solo ha sido un modo de naturalizar la profunda fragmentación, sino un modo de invisibilizar el trabajo reproductivo (asalariado y no) y el protagonismo de las mujeres de la clase obrera en él. Nancy Fraser, no sin cierto humor en relación a las críticas de diversos sectores feministas a Engels, dice:

Habiendo dictado recientemente un seminario de posgrado en los Estados Unidos sobre Los Orígenes de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, tengo que decir que, más allá de las objeciones que pueden hacerse, mucho de lo que Engels dice es brillante. Él insiste, y sospecho que Marx hubiera estado de acuerdo, en que el socialismo no puede significar únicamente la socialización de los medios de producción sino que también significa la colectivización del trabajo doméstico y de la reproducción social. Engels sale a decir eso: que se trata de una definición doble que reconoce la centralidad de lo que llamamos el trabajo reproductivo junto con el productivo y la importancia de desarrollar una comprensión integral de cómo se cruzan y se determinan mutuamente [11].

Efectivamente, la socialización del trabajo reproductivo es una demanda que “adelanta” rasgos centrales del programa de los socialistas y reconoce la indisociabilidad entre un ámbito y el otro. Si eso era cierto hace 150 años, hoy es parte urgente de la agenda de las luchas sociales. Y es así, porque la metamorfosis del trabajo bajo el neoliberalismo produjo una profunda crisis de la reproducción social, poniendo este problema en su centro y a las mujeres (sus hacedoras) en su dirección. ¿Cómo no reclamar jardines materno-parentales en todos los lugares de trabajo, estudio y en los barrios, si de eso dependen los cuerpos de la mitad de la clase obrera? ¿Cómo no incorporar la demanda por la legalización del aborto si el aborto es una decisión de las mujeres y de los cuerpos gestantes, pero su clandestinidad es un problema del conjunto de la clase trabajadora? En definitiva: ¿Cómo no exigir lugares de dirección en las organizaciones obreras para las mujeres si son ellas las que pueden transformar la crisis de la reproducción social en motivo de lucha y en programa para su superación? Ese programa es, por definición, ni corporativo ni sindicalista. Y eso, en el actual estado conservador de los sindicatos, en el clima de garantes de la fragmentación que asumieron las direcciones burocráticas, implicaría una conmoción. Implicaría obligar a las organizaciones obreras a que miren la realidad con los ojos de las mujeres.

Pero la crisis de la reproducción social implica también un cimbronazo para el movimiento de mujeres porque pone sobre la mesa el problema de clase. Ni la educación y la salud, ni el trabajo doméstico, ni las tareas del cuidado son problemas equivalentes para una burguesa que para una trabajadora. Unas pueden tercerizarlo en los cuerpos de otras mujeres, las otras los soportan en sus propios cuerpos. La precarización del trabajo, la falta de fondos públicos para la salud y la educación (que hace tan poco se llevó la vida de una maestra y un auxiliar), la extensión de la jornada laboral (que hace que la doble jornada sea imposible de llevar adelante), todas esas demandas tienen que ser luchas del feminismo: ¿Cómo no van a serlo si las primeras afectadas por esos ataques del capitalismo son las mujeres? ¿Cómo podría pensarse un feminismo que no se proponga, a su vez, destruir esa explotación que nos destruye a nosotras?

Mirá acá todas las notas de este número

VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
NOTAS AL PIE

[1De aquí derivan distintas teorías que también pueden dividirse en dos: los que sostienen que el cambio social aún es posible pero que hay que buscar otros sujetos –movimientos sociales, multitudes, sujetos contingentes–; los que sostienen que el cambio social ya no es posible ni deseable y proponen “fortalecer la democracia” o “llevarla hasta el final” –políticas identitarias, social-liberalismo, capitalismo humano–.

[2Véase Bhattacharya, T., Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Opression, Pluto Press, 250 pp. 2017.

[3Para una discusión sobre el trabajo doméstico en Silvia Federici, véase “Nosotras, el proletariado” de Andrea D’Atri y Celeste Murillo, Ideas de Izquierda Semanario 22/07/18.

[4Sobre la visión relacional de Marx respecto de las clases sociales, véase “Marx, las clases sociales y la necesidad de volver a la teoría”, IdZ 43, junio 2018.

[5Para una explicación de la subordinación del circuito reproductivo al productivo, véase la entrevista a Bhattacharya en este dossier. Esta definición es sustancial para diferenciar a la Teoría de la Reproducción Social marxista de las teorías que otorgan primacía al ámbito doméstico y, por ende, lo configuran como territorio principal de lucha social.

[6Como señala Cinzia Arruzza, el estalinismo jugó un papel central en el “divorcio” entre movimiento obrero y movimiento de mujeres, entre marxismo y feminismo, a diferencia del trotskismo que configuró, como parte de su tradición, los intentos por establecer puentes entre ambos. Véase en este dossier “Para tirar el patriarcado. Leyendo desde la coyuntura Las sin parte. Matrimonios y divorcios entre feminismo y marxismo de Cinzia Arruzza”.

[7El artículo fue publicado en inglés en 1979 y en español en 1983 en la revista Teoría y Práctica, N°12-13.

[8Véase, “Marxismo y Feminismo: más allá del ‘matrimonio infeliz’ (una crítica al sistema dual)”, en El Cielo por Asalto, Año II, N°4, Ot/Inv. 1992. Otro elemento interesante es la diferenciación que Young realiza entre teorías del sistema dual materialistas e idealistas: “Todas las versiones de la teoría del sistema dual empiezan con la premisa de que las relaciones patriarcales designan un sistema de relaciones distinto e independiente de las relaciones de producción descritas por el marxismo tradicional. La descripción de cómo el patriarcado existe separado del sistema económico de las relaciones de producción, puede tomar dos orientaciones posibles. Por un lado, se puede retener el concepto feminista radical del patriarcado como una estructura psicológica e ideológica. En este caso, la teoría del sistema dual se esforzará por dar una explicación de la interacción de estas estructuras ideológicas y psicológicas con las relaciones materiales de la sociedad. Por otro lado, se puede desarrollar una explicación del patriarcado mismo como un sistema de relaciones sociales materiales que existen independiente e interrelacionándose con las relaciones materiales de producción”.

[9Originalmente publicado en 1983, fue reeditado por Haymarkets en 2013, con un prólogo de Susan Ferguson y David McNally en el que realizan un muy buen recorrido sobre este debate en la década del ‘60 y ‘70. Los autores critican también el tipo de teoría unificada que propone Iris Young, posicionándose a favor de la propuesta de Vogel.

[10Este papel de las mujeres como puente no es nuevo. Si una recorre la historia de la lucha de clases a nivel internacional, encuentra que siempre que las condiciones de vida de la clase obrera fueron atacadas al hueso, provocando procesos huelguísticos e incluso revolucionarios, las mujeres tuvieron un rol protagónico, justamente porque son las garantes de la reproducción de la fuerza de trabajo. La diferencia con la actualidad consiste en que la mayor feminización de la fuerza de trabajo en el marco de una crisis de reproducción social no solo fortalece el “puente” sino que coloca a las mujeres en un papel protagónico.

[11“Marxismo y feminismo” Entrevista audiovisual, agosto de 2018, disponible en rosaluxspba.org.
CATEGORÍAS

[Tithi Bhattacharya]   /   [Feminismo y lucha del movimiento de mujeres]   /   [Movimiento de mujeres]   /   [Mujeres en lucha]   /   [Mujeres]   /   [Ideas de Izquierda]

Paula Varela

Politóloga, docente UBA. Autora del libro La disputa por la dignidad obrera. Miembro del comité editorial de revista Ideas de Izquierda.
COMENTARIOS