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ANALISIS INTERNACIONAL

Con el apoyo de la OTAN Turquía entra en Siria

Miércoles 29 de julio de 2015 | Edición del día

En menos de una semana el gobierno turco ha dado un giro copernicano que puede cambiar el curso del conflicto en Siria. Erdogan se sumó activamente a la coalición norteamericana contra el Estado Islámico, y le abrió a Estados Unidos su base aérea de Incirlik. Negoció con Obama un acuerdo para establecer una zona “libre del Estado Islámico” en territorio sirio y, además, consiguió el apoyo de la OTAN en su “lucha contra el terrorismo”, lo que aprovechó inmediatamente por dar por concluida la tregua que mantenía con el PKK. El telón de fondo de estos movimientos son los cambios geopolíticos regionales y el interés de Turquía de aplastar a los sectores radicales del movimiento kurdo.

Turquía ha abierto varios frentes de batalla. Bombardea al Estado Islámico en Siria, bombardea a milicias kurdas en Irak y ataca políticamente al Partido Democrático Popular (HDP), ligado al movimiento kurdo. El HDP entró por primera vez al parlamento en las elecciones del 7 de junio y privó al gobernante AKP (el islamista moderado Partido de la Justicia y el Desarrollo) de la mayoría que buscaba para dar un giro bonapartista hacia un régimen de fuerte contenido presidencialista.

La colaboración, hasta ahora retaceada, con la coalición anti Estado Islámico que dirige Estados Unidos es el pasaporte que necesitaba el gobierno de Erdogan para legitimar el combate que vedaderamente le interesa: evitar que en su frontera con Siria surja una nueva zona autónoma kurda ligada al PKK, liquidar la débil tregua que mantenía con esa organización desde 2013 y, de paso, perseguir a diputados del HDP con lazos con el PKK, acusándolos de promover el terrorismo.
En ambos frentes el resultado es incierto.

En el plano doméstico, la estrategia de Erdogan es restaurar la gobernabilidad del AKP ya sea por la vía de una alianza con el nacionalismo turco, representado por el Partido Republicano Popular, ya sea por la convocatoria a nuevas elecciones, en las que espera que su campaña antikurda haga retroceder al HDP. Pero el fin de la tregua con el PKK y la demonización del movimiento nacional kurdo puede llevar a una nueva oleada de radicalización de sectores significativos de los 14 millones de kurdos que viven en Turquía.

Desde el punto de vista geopolítico, Erdogan buscó restaurar una política más agresiva, que algunos llamaron “neo otomanismo”. Pretendió exportar el llamado “modelo turco” como desvío para los procesos de la primavera árabe, por la vía de apoyar a la Hermandad Musulmana, pero quedó del lado equivocado del mostrador.
El gobierno turco intervino activamente en Siria a favor de una política de “cambio de régimen”. Fue el artífice del Ejército Libre Sirio como principal fuerza de oposición al régimen de Assad y buscó durante mucho tiempo que Estados Unidos se involucrara directamente en la guerra civil para lograr este resultado.

Sin embargo, el surgimiento del Estado Islámico y la extensión de su califato a un territorio del tamaño de Gran Bretaña, desdibujando las fronteras entre Siria e Irak, cambiaron las prioridades regionales de Obama, que puso todo el peso de su política exterior en cerrar las negociaciones nucleares con Irán.

Para Estados Unidos, el derrocamiento del régimen de Assad pasó a un segundo plano con respecto al combate contra el EI y a tratar de restablecer alguna semblanza de estabilidad en Irak, para lo cual necesita de la colaboración de Teherán.

Con este giro, Turquía busca reposicionarse frente al acuerdo de Estados Unidos con Irán para no perder influencia regional y, sobre todo, evitar que la guerra civil en Siria fortalezca a sus enemigos, ya sea al propio régimen de Bashar al Assad, aliado de Irán, o a las Unidades de Protección Popular, las milicias kurdas ligadas al PKK que combatieron duramente y expulsaron al Estado Islámico de la ciudad de Kobane.

Erdogan puede mostrar como un triunfo de su política el acuerdo con Estados Unidos (y la OTAN) para establecer una zona tapón en su frontera con Siria, una franja de 90 kilómetros de largo por 48 de profundidad que llega hasta los suburbios de Aleppo e incluye el corazón de Rojava –la zona kurda de Siria-. Esta zona “libre de militantes del EI” estaría bajo control del Ejército Libre Sirio, es decir, le permitiría matar dos pájaros de un tiro: limitar el avance kurdo y quitar al régimen de Assad un territorio que de todos modos ya no controla.

Pero no todo es tan sencillo. Estamos asistiendo al reestreno de la política de “equilibrio” entre potencias regionales que adoptó Obama para aliviar la decandencia norteamericana, luego de la quimera neoconservadora de buscar rediseñar el mapa del Medio Oriente.

Estados Unidos está evitando tomar partido abiertamente tanto por la caída del régimen sirio como contra las milicias kurdas –a las que les dio apoyo aéreo en su combate contra el EI en las etapas finales de la conquista de Kobane. Es lógico. El acuerdo con Irán incluye encontrar una salida política para Siria que contemple al régimen de Assad, aliado de Teherán y de Rusia. Por otra parte, aunque pertenecen a fracciones políticas distintas y el gobierno norteamericano aún mantiene al PKK en la lista de organizaciones terroristas, los kurdos en Irak son un puntal importante para la política imperialista.

La entrada de Turquía en Siria abre una nueva etapa en la guerra civil y deja planteada la posibilidad de que Estados Unidos termine involucrándose más allá de lo previsto. También indica que las direcciones de movimientos con causas justas y progresivas, como el movimiento nacional kurdo, llevan al desastre cuando actúan como peones en el juego de intereses de las potencias.







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