Géneros y Sexualidades

DEBATE

Cómo tachar de machista al marxismo y fracasar en el intento

Una polémica a raíz del artículo aparecido en Público ‘El padre de la democracia es un misógino. “Juicio” a los grandes filósofos de la historia’, y la desvirtuación que hace del marxismo y la cuestión de la mujer.

Verónica Landa

Barcelona | @lierolaliero

Miércoles 29 de marzo | 07:09

La autora, Sara Calvo Tarancón, comienza exponiendo la misoginia latente en las obras de filósofos como Rousseau, que en el 1762 escribía ‘Emilio o De la educación’. En su trabajo, Rousseau relega a las mujeres al hogar, único espacio en el que pueden interactuar. «La educación de las mujeres debe estar en relación con la de los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que, desde su niñez, se les debe enseñar».

Del breve análisis al pensamiento de Rousseau respecto a las mujeres, pasamos a un más breve recorrido por el pensamiento marxista y aquello que Marx y Engels dijeron sobre la cuestión de la mujer, aunque el artículo no incluye ni una cita de los autores marxistas de los que habla; ni una para justificar por qué están en un artículo y en una portada que les relaciona con la misoginia. Esta es la parte que concierne a este artículo.

Tendenciosamente y brillando por la falta de citas textuales, el apartado se titula ‘Marx y sobre todo Engels, se salvan’. ¿De considerar que el único espacio para las mujeres es el hogar? Intuimos que de misóginos, porque lo deja tan en el aire que pueden salvarse de cualquier otra cosa.

Tras mencionar la Convención de Séneca Falls (1848) como una experiencia promovida por sufragistas de Estados Unidos, pasa a citar el trabajo de Friedrich Engels en ‘El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado’ (1884). Obra que destaca por lo de sus planteamientos innovadores, completamente avanzados a su tiempo, respecto a la familia como institución indispensable para el capitalismo, y de la situación de la mujer respecto a ella.

Alejandra Ciriza afirma que «El texto de Engels busca, a la luz de los conocimientos existentes en su época, explicaciones sobre la relación entre organización familiar y propiedad privada en un momento histórico, hacia fines del siglo XIX, en que la burguesía escribía la elegía de la mujer doméstica y el varón productivo. Un momento en el cual los efectos del avance de las fuerzas productivas se hacía sentir sobre la vida de las mujeres de la clase obrera, tal como Engels mismo lo había advertido en su conocido escrito sobre la situación de la clase obrera inglesa publicado en 1845; un momento, por añadidura, de ascenso de la moral llamada victoriana, que controlaba a ultranza la moral sexual de las mujeres a la vez que manifestaba abierta tolerancia hacia la doble moral masculina».

Tarancón, basándose en algunas frases de la filósofa Ana de Miguel, sugiere que la idea de Marx y Engels de la necesidad de acabar con la familia como institución y con la opresión a la que eran sometidas las mujeres no viene de su pensamiento como revolucionarios; más bien de que «tenían a una mujer al lado que les hacía ver que también eran seres humanos».

Señalar que Marx y Engels teorizaron sobre la opresión de las mujeres porque tuvieron a una mujer al lado, es casi hacerse eco de la frase “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. Es negar, por una parte, que como revolucionarios teorizaran sobre los grandes problemas que sufría la mayoría de la población mundial, es decir la clase trabajadora y el campesinado pobre, incluidas las mujeres; y al mismo tiempo pensaran la estrategia para acabar con ellos. Por otra parte, es relegar al papel de “influencia” a millones de mujeres a lo largo de la Historia que teorizaban, organizaban huelgas, dirigían levantamientos y procesos revolucionarios, desafiaban el orden establecido, etc. Mujeres a las que como Flora Tristán, a la que Marx y Engels le reconocerían un enorme legado en la lucha por la emancipación.

La siguiente frase merece ser analizada en su totalidad. La autora afirma sin ningún miramiento: «Lo cierto fue que, en los albores del marxismo, la lucha de las mujeres debía subordinarse a la lucha de clases. El problema, según algunas corrientes feministas, radica en que la segunda se comía a la primera. Es una obviedad que no todos los obreros eran feministas, ni todas las comunistas lo eran».

Así, en primer lugar, de una pincelada borra por una parte lainmensa elaboración de teóricas y teóricos marxista que han pensado la situación de las mujeres y la estrategia para conseguir su total emancipación.

A cien años de la Revolución rusa merece la pena rescatar la experiencia de las mujeres que fueron la chispa de la Revolución de 1917. De las miles de trabajadoras que salieron a las calles un 8 de marzo (23 de febrero en el calendario ortodoxo) por el pan, la paz y la libertad, así como la experiencia de las militantes bolcheviques que prepararon la revolución.

Como Aleksandra Rodionova, dirigente bolchevique que declaraba a través del periódico ‘Rabotnitsa’ (‘La mujer trabajadora’, publicado por militantes bolcheviques como Armand o Kruspkaia desde 1914): «Si una mujer es capaz de subirse a un andamio y luchar en las barricadas, entonces es capaz de ser una igual en la familia obrera y en las organizaciones obreras». Desde sus páginas, ‘Rabotnitsa’ denunciaba la opresión de las mujeres por el patriarcado y el capitalismo.

Mientras que por otra parte, invisibiliza la resistencia por parte de algunos grupos marxistas y de mujeres socialistas a que se relacione el estalinismo como condición sine qua non del marxismo.

Sin ir más lejos, fue el estalinismo el que prohibió el aborto en 1936, legalizado por primera vez en el mundo por el partido bolchevique en 1920. Fue el estalinismo el que resaltó el papel de la mujer como esposa, ama de casa y madre; un hecho totalmente contradictorio con el impulso de la socialización del trabajo doméstico, que ocupó un lugar central para las teóricas y teóricos marxistas, hombres y mujeres revolucionarias que luchaban por abolir las tareas domésticas para que de este modo las mujeres pudieran emanciparse totalmente, siendo parte de la producción pública y de la vida política.

Del mismo modo, bajo el régimen estalinista se volvió a penalizar la homosexualidad, despenalizada por el partido bolchevique después de la Revolución de 1917. Se volvió a perseguir la prostitución, considerada por revolucionarias, como Alejandra Kollontai, una institución que condenaba a las capas más pobres entre las mujeres trabajadoras.

Afirmar tan alegremente que «la Unión Soviética prohibió el feminismo», o que el marxismo no tenía/tiene en cuenta la lucha por la emancipación de la mujer o que la posterga a la revolución socialista, es pasar por encima de una larga tradición de revolucionarias y revolucionarios que elaboraron al respecto. Hoy, frente al movimiento feminista, se presenta el reto de recuperar estas enormes aportaciones. Una tradición que nosotras, como Pan y Rosas, por su enorme vigencia reivindicamos. Que da muestras de la capacidad que tiene el marxismo de intervenir en los debates actuales de los problemas que ahogan a la mayoría de las mujeres. En la perspectiva de luchar contra el capitalismo que en alianza con el patriarcado oprime y explota a millones bajo su yugo.

Otra frase que merece atención aparece inmediatamente después del párrafo citado arriba y señala la misoginia de Pierre-Joseph Proudhon, filósofo anarquista enormemente criticado por Marx y Engels. La autora rescata una frase que deja de manifiesto la concepción machista de Proudhon, planteando que «No hay otra alternativa para las mujeres que la de ser amas de casa o prostitutas». Sin embargo hablar de Proudhon cuando se está hablando de marxismo, sin señalar que es un referente anarquista, lo único que invita es a la confusión.

El artículo continúa con un, «menos mal que mujeres como Clara Zetkin expandirían la semilla del feminismo durante la Segunda Internacional». Sí, y menos mal de mujeres como Inessa Armand, de Alexandra Kollontai, Rosa Luxemburgo...y de un sinfín más de revolucionarias y revolucionarios, como Lenin y Trotsky, y que desde el marxismo continuaron teorizando y desarrollando enormes conquistas hacia la emancipación de la mujer.

Para concluir, “robo” una de las citas de Ana de Miguel que hace Tarancón en referencia a Rousseau: «La mayor parte de la gente no sabe esto y parece que no se tenga intención de saberlo». Lo podemos aplicar al marxismo que ha viso sus bandera marcadas por la experiencia estalinista. A esto contribuyen este tipo de artículos que pasan por encima de la rica tradición del marxismo al elaborar sobre los problemas de las mujeres, y del resto de sectores oprimidos.






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