Sociedad

Tribuna abierta

Cómo integrar la escuela a la lucha contra la discriminación

Un aporte para romper el entramado de abusos y explotación que sufren migrantes e inmigrantes.

Viernes 24 de julio | 17:01

Muchas veces escuchamos en la escuela a niños y niñas pelearse por cosas de su edad. Quien tiene contacto con ellos sabe que lo hacen con frecuencia y por cualquier motivo: que no me prestó, que no me convidó,que quiere ir a allá y yo no,etc. Luego los vemos jugando en el recreo o contándose secretos como si nunca hubieran tenido la mínima discrepancia. Niñez y punto.

Pero decir que solo así resuelven sus cuitas es negar que a veces no lo hacen como pibes sino como adultos. Y como adultos racistas. Y acá la cosa se pone triste y delicada. "Andá, bolita, rajá de acá, volvé a la quinta", no es cosa de niños. "Paragua, no sabés ni hablar, callate", no es cosa de niñas. Esas son cosas de adultos, que los pequeños escuchan y repiten porque perciben que así hieren.

Los pibes no saben que sus palabras van impregnadas de un rechazo insensato por la nacionalidad de su compañera ni que destilan desprecio por una condición que en sí misma no conlleva razón para minusvalorar. Pero, aún con ese desconocimiento el impacto es doloroso.

  •  Bolita agrandada, te hacés la que sabés todo... andá a juntar lechuga, manos sucias... le dijo Maxi a una compañera cuya opinión respecto de una lectura había sido muy rica y elaborada.

    Ester salió llorando del aula. La seguí, entre lágrimas de bronca sentenció:

  •  Él se cree que porque tiene el pelo amarillo puede decir cualquier cosa. (Ester quiso decir "rubio")

    Esta nena vivaz y de claro pensamiento describió lo que es el racismo, marcar una -supuesta- superioridad en pos de la anulación de los derechos del otro.

    No podemos juzgar a Maxi, es un niño. Y es un niño que crecerá aferrado a un sinsentido en un mundo que inventa, estimula y saca provecho de las falsas convicciones de supremacía de un ser sobre otro. Maxi necesita ayuda. Ester también. Hay que trabajar con las Esteres y los Maxis.

    ¿Qué puede hacer la escuela? Mucho, aunque no es fácil. Pensemos que al interpelar a nuestros chicos por sus prácticas discriminatorias también estamos tensionando su relación con la familia: la escuela dice que lo que aprendo en casa no está bien. ¡Y no lo está!

    Cada institución con sus propias características deberá encontrar la manera de dar batalla. Sabemos que es muy difícil contrarrestar los efectos de las enseñanzas hogareñas pero no se debe renunciar.

    Reconocer la presencia de los distintos orígenes culturales del alumnado, apreciar las diferencias entre ellas, acercar las distintas tradiciones al aula, reflexionar sobre las riquezas lingüísticas, compartir legados musicales, literarios, culinarios, arquitectónicos, acercarse a la historia de las naciones que pueblan la escuela, proponer literatura, películas, cortos, que tensan las cuerdas del prejuicio y despiertan un debate que bien coordinado puede al menos , y no es poco, abrir interrogantes sobre las creencias perjudiciales que los pibes aprenden en casa.

    Marcos es paraguayo, recién llegadito. Habla rapidito y cargado de leísmo. Durante un juego en el que debían decidir "cómo hablan los hipocampos", Evelyn dijo que estos animalitos "hablan como Marcos". ¿Por qué ?, le preguntó su seño, ¿cómo habla Marcos? Habla lindo, yo no lo entiendo mucho, pero habla gracioso, explicó la niña. La maestra no desperdició la oportunidad y propuso a Marcos que contara los motivos por los cuales era nuestro compañero, le otorgó la palabra y la escucha de sus compañeros, porque la palabra es un derecho.

    Conversar sobre las diferencias lingüísticas, señalar que "hablar distinto" no es incorrecto, simplemente es otra forma, apuntar vocablos nuevos, incorporar los juegos de los niños y las niñas inmigrantes. Y más... Mirar un mapa, leer leyendas, pedir canciones de tradición oral a las familias y cantarlas en el aula.

    Marcos o Maite, Alcides o Derlis, de Paraguay, del NOA, de Bolivia o de Chile, fortalecerlos como individuos y a través de ellos a todas las comunidades convivientes es misión indeclinable de la escuela.

    Mucho mejor si todo esto forma parte de un proyecto institucional, pero si no es posible, el aula, ese micromundo lleno de expectantes niños es un hermoso y pertinente espacio de combate. Porque ningún niño nace discriminador ...pero qué fácil es lograr que lo sea.







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