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NOVELA

¿Cómo hubiera leído Shakespeare a Cervantes?

Mientras se cumplen este año cuatro siglos de la muerte de dos figuras de la literatura, Carlos Gamerro publica una novela donde conjetura cómo el bardo inglés hubiera reversionado uno de los episodios de Quijote.

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Domingo 21 de agosto de 2016 | Edición del día

La última novela del autor de Las islas, Un yuppie en la columna del Che Guevara o ensayos como Facundo o Martín Fierro y Borges y los clásicos, entre otros libros de crítica y ficción, refiere a un hecho histórico particular: al parecer, Shakespeare habría escrito una comedia derivada de uno de los episodios de amor, amistad y desengaño que, con un tal Cardenio como protagonista, aparece incluido en el relato de las andanzas del caballero español y su escudero. La traducción al inglés de Quijote fue muy temprana, y pudo perfectamente haber pasado por las manos del dramaturgo inglés; sin embargo, la existencia de esta comedia se conoce por otras obras donde es referida, porque la obra como tal está perdida.

Esas coordenadas históricas, posibles pero no verificadas, son las que aprovecha Gamerro en su Cardenio para explorar el posible encuentro de los dos próceres de la literatura a través de la figura de John Fletcher, un joven dramaturgo contemporáneo con quien Shakespeare efectivamente escribiera algunas obras. En la novela, este personaje será abandonado por su habitual partenaire autoral (Francis Beaumont) y debe recurrir, para llegar a contar esa historia a tiempo, a un Shakespeare ya entonces consagrado que, según contaba el mito, era capaz de escribir una obra en una sola noche pero que, ya viejo, cuenta con un fuego que aún “no se ha apagado” pero que “quema con llama errática y vacilante”, según se comenta entre la generación de dramaturgos más jóvenes.

Será durante esa tarea que ambos en principio distantes colaboradores (con la destacada presencia de Joan, la mujer que compartía casa y cama con Fletcher y Beaumont en tiempos en que a las mujeres no se les permitía siquiera actuar), intercambiarán sobre las características de la literatura y la dramaturgia de la época, y en especial sobre la más famosa obra de Cervantes, que en un principio Shakespeare no habría leído pero que en Londres ya parece haber puesto a Quijote y Sancho en el camino de ser “más conocidos que Jesucristo”.

Con un dedicado trabajo con el lenguaje de la época (Gamerro es traductor entre otros del mismo Shakespeare, y según sus declaraciones, escribió primero en inglés y luego reescribió en el "español de Cervantes"), la novela no tiene una figura de narrador sino que se construye a través de cartas, diálogos y partes de obras y poemas insertados, todos materiales propios de un época donde el arte de la narración tal como hoy la conocemos, justamente con Cervantes, estaba pegando un giro histórico. El mismo Shakespeare ficcional, que no ahorra epítetos para evaluar al Quijote como “olla podrida en la que el autor puede embaular y encerrar todo lo que quiera”, reconoce que el libro del español es “una advertencia de lo por venir sin duda”.

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En los múltiples encuentros en que Fletcher y Shakespeare discutirán distintas posibles tramas para su versión de la historia de Cardenio irán forjando, en paralelo a la versión que finalmente llevarán a escena, una amistad que recuerda a aquella entre Quijote y Sancho. Y se irá trazando, también, un panorama de las condiciones de producción del teatro isabelino de mediados del siglo XVI, fundacional para la dramaturgia aún hoy.

Los dramaturgos de entonces debían ganarse la vida escribiendo, tarea que no resultaba sencilla. Podían algunos de ellos contar con la protección de uno u otro noble, pero vivían básicamente de lo que le pagaban por sus obras o de las magras ganancias obtenidas por la venta de entradas en aquellos casos en los que, como Shakespeare, eran asociados de la compañía de teatro (y corrían también con los riesgos de la empresa: la novela relata cómo, de hecho, Shakespeare perderá esta fuente de ingresos cuando representando una obra de esta llama vacilante, irónicamente se incendia el teatro Globe).

Corriendo para cumplir los plazos escasos que brindaba la necesidad de constante renovación de la cartelera, escribiendo a cuatro manos o vendiendo sus ideas inconclusas, las obras de entonces requerían abarcar a todos los públicos: “que puesto que las comedias se han hecho mercancía vendible y es el vulgo el que la compra, al poeta le está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos”, contesta Fletcher a un personaje que le exige al teatro argumentos edificantes y recursos estilizados. Pero no solo eran sectores populares los que acudían a las representaciones de entonces: miembros de la realeza inglesa e incluso “ilustres invitados” extranjeros exigían poder ver comedias como “las del consolador” que estaba en boca de todos.

A propósito del aniversario cervantino el escritor Javier Cercas, criticando a aquellos que entienden al Quijote como una obra para especialistas, manifestó que seguramente a Cervantes no le hubieran otorgado, de existir entonces, el Premio Cervantes. Es probable que al Shakespeare que retrata Gamerro tampoco lo hubiera ganado.

Una de las escenas culminantes de la novela (publicada como adelanto en Página/12), sirve de metáfora de ese momento particular en que comienzan a percibirse, en la cultura popular, los efectos de una producción cultural crecientemente comercializada que es paralela a una disciplina estética especializada que separa lo que se considera “alta” y “baja” cultura. Se trata de la reconstrucción de esa famosa noche en que Shakespeare escribiera su primera tragedia.

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Desafiado por uno de sus compinches en una taberna, el bardo acepta una apuesta e inicia una desesperada carrera contra el amanecer en la que, acompañado por los comentarios y el aliento del público presente, comienza a escribir “cual poseso” páginas que otros van leyendo en voz alta hasta que, entumecida la mano por el esfuerzo, pasa a dictar a un servicio de postas entre los presentes que apenas podían “cazar al vuelo” y “atar al papel” las palabras que corriendo de escena a escena y de escriba a escriba como “lanzadera de tejedor”, salían de sus labios. Puesto a tiro con los primeros rayos de sol, su último verso asoma dudoso de su boca exhausta mientras que es moldeada en el aire también por los labios de los presentes, excepto los de aquel retador a punto de perder su apuesta.

Gamerro procura que su Shakespeare desmienta casi inmediatamente ese mito que el tabernero cuenta cada vez más adornado. No por eso deja de ser una figura que, a pesar de las desconfianzas iniciales, demuestra tener las características del genio que forja sus propias leyes para romperlas y crear otras (“¿Hay que llevar siempre todo hasta el límite, y romperlo?” pregunta Fletcher frente a las innovaciones delirantes que le propone para su obra conjunta, a lo que Shakespeare responde: “¿Y cómo si no sabremos cómo está hecho?”). Pero es un genio que, a la vez, no deja de ser parte de una producción cultural que es colectiva.

Con esa misma idea cierra la novela una carta donde Fletcher, ya maduro como dramaturgo, le cuenta a su amigo que cuando ahora toma la pluma en soledad, siente a su lado la presencia de sus colegas y amigos: “Si la piedra de Sísifo hubiera sido rueda de molino, y su camino esparcido de grano, no hubiera sido en vano su incesante labor”.

Es que la obra de Shakespeare, que como la de Cervantes abrió nuevos caminos, no dejó de nutrirse de las fórmulas, los mitos y las discusiones que recorrían la cultura popular de la época, a la que a su vez transformó para siempre.







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