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Cien años de la Semana Trágica: un grito contra la explotación capitalista

A continuación, transcribimos extractos de un manuscrito que el poeta y escritor revolucionario, Martín Ruta 8, hizo llegar a nuestra redacción con motivo de cumplirse el centenario de una de las luchas obreras más importantes del Siglo XX en la Argentina.

Lunes 7 de enero | 10:00

Ilustración: Agustina Lali

Vamos a tomar los hilos desde el comienzo. Corrían los primeros días del año 1919 y una ola de calor insoportable se abatía sobre la capital de la República Argentina.
Poco antes la ciudad había festejado ruidosamente el final de la Primera Guerra Mundial, en esos momentos el país había permanecido neutral, no se inclinaba sobre ninguna potencia en ese conflicto bélico.

En 1917 un hecho conmovió la opinión mundial. Aquí en el país, la noticia corría de boca en boca y traía un asombro generalizado: había caído el Zar Nicolás de Rusia y los bolcheviques habían tomado el poder, surgía un gobierno dirigido por los trabajadores. Lenin y Trotsky eran los más nombres más repetidos. Este hecho, aunque sucedió en tierras lejanas, marcaba una pequeña luz de esperanza alumbrando la mente de los esclavos asalariados en el país; en las barriadas más humildes eran muchos los que gambeteaban la pobreza y el ruido de tripas era popular.

Durante 1919 el gobierno de Hipólito Yrigoyen se debatía entre grandes dificultades, no sólo políticas, sino económicas, provocadas por la guerra. Los sectores populares atravesaban momentos muy duros, la falta de trabajo y los bajos salarios eran moneda corriente (...)

En el mes de diciembre de 1918 ya habían entrado en huelga los trabajadores del gran establecimiento de los talleres de Pedro Vasena, la fábrica la habían ocupado 2000 obreros.

(...) Los dueños de ese poderoso establecimiento metalúrgico contaban con el apoyo incondicional del senador radical por la provincia de Entre Ríos, Leopoldo Melo, quien a la vez era abogado de la firma Pedro Vasena e hijos. (...) El Dr. Melo dio rienda libre a la empresa para que los bomberos que custodiaba las chatas que acarreaban el material de los depósitos a la fábrica (hombres armados, elementos reclutados por la empresa en los bajos fondos) dispararan sin piedad sobre los huelguistas.

La noche del 3 de enero de 1919 hubo un tiroteo con más de 300 disparos sobre los piquetes de los huelguistas, 3 vecinos fueron heridos de bala y falleció un cabo de la policía. Los huelguistas enardecidos de rabia comenzaron a cortar los cables eléctricos que alimentaban a la fábrica y rompían las tuberías de agua afectando el suministro (...).

El ministro del Interior, el señor Ramón Gómez, pidió de urgencia información al jefe de policía mientras se desarrollaba estas gestiones oficiales. Mientras tanto, la esquina de Pipirí y Av. Alcorta volvió a ser escenario de incidentes y tragedias colectivas, los ánimos estaban caldeados y no era para menos.
Al día siguiente, los huelguistas intentaban impedir el avance de 6 chatas que traían materiales de los talleres de Cochabamba y Rioja. Fueron agredidos a piedrazos, sonó un disparó y se generó un nutrido tiroteo.

Apremiado por la gravedad de los hechos ocurridos, Alfredo Vasena se reunió de apuro con los delegados gremiales en el departamento de la policía. Allí ofreció jornada laboral de 9 hs y un 12 por ciento de aumento por jornal. La reunión se prolongó pasada la noche, de común acuerdo levantaron la reunión prometiendo seguir en la fábrica al día siguiente.
La delegación obrera se presentó al otro día a las 10 de la mañana, pero el señor Vasena, al estar en su propio terreno y bien protegido por sus guardias personales, los rechazó, alegando que esos hombres no trabajaban en su fábrica.
Más tarde llegó otra delegación que fue atendida, le presentaron un pliego de condiciones donde pedían jornada de 8 hs aumento del jornal al 20 y el 40 por ciento y la firme insistencia de que entraran a trabajar todos los despedidos.
La patronal los escuchó prometiendo contestarle al día siguiente, y les pidió a los dirigentes gremiales que dejaran circular las chatas del transporte, cosa que se cumplió rigurosamente por parte de los obreros.

Mientras tanto se preparaban los funerales de las víctimas de la represión. El sindicato decretó un paro general en homenaje a las víctimas, durante el día jueves. Está comprobado que los hechos más graves, y la tremenda represión, ocurrieron el día 9. Para prevenir incidentes y a pedido de la delegación obrera el jefe interino de la policía ordenó esa madrugada el retiro inmediato de todas las fuerzas represivas, pero del lado de los obreros los ánimos estaban demasiado alterados, los nervios crispados y la mayoría quería vengarse por la sangre derramada de sus seres queridos.

Desde las primeras horas del día 10 por la mañana comenzaron a agruparse familiares y dolientes en la calle Loria, el cortejo fúnebre estaba previsto que partiera desde el local socialista donde habían sido velados los obreros caídos. A las 7.30 hs ya había 5 mil personas presentes. Cuando se anunció que el sepelio comenzaría a las 14 hs esa multitud comenzó a disgregarse, formaban grupos con banderas rojas y negras de los anarquistas y también socialistas. Varios grupos se dirigieron al centro de la ciudad, a su paso, hacían cerrar los negocios y fábricas para que se plegaran al paro, al mediodía el paro en la ciudad era total.

En otros lugares, grupos desprendidos de la calle Loria, comenzaron a concentrarse frente a los talleres de Vasena en cuyas oficinas tenían una reunión de urgencia. El directorio de la empresa estaba en una acalorada discusión, se encontraban presentes, también estaban presentes delegaciones empresariales, Pedro Christophersen, J.P. Macadam, Atilio Dell’Oro y T.L. Mogay, integrantes de la patronal Asociación Nacional del Trabajo, todos estaban prisioneros y muy nerviosos sin poder salir hasta entrada la noche.

La fábrica estaba rodeada por personas que no entendían razones, unos mil seres humanos muy exaltados comenzaron a atacar el edificio intentando quemarlo con todos los que estaban en el interior, iban a la acción directa, allí no había diálogo. Como a las 14 hs de esa tarde, viendo el color que tomaban los acontecimientos, se hizo presente el Elpidio González, (este personaje sería más adelante vicepresidente en la fórmula presidencial con Marcelo T. De Alvear) quien acababa de ser nombrado jefe de la policía de la capital, lo acompañaba un oficial de la repartición.

González le pidió cordura y tranquilidad, su pedido se perdió en el aire, realmente nadie lo escuchó. El oficial que lo acompañaba recibió una puñalada, mientras un grupo de hombres les quemaba su coche. La muchedumbre enardecida entró a quemar los portones de esa maldita fábrica trituradora de seres humanos que tantas injusticias producía.

El comisario a cargo de la fábrica, temiendo él mismo perder su vida, pidió de urgencia refuerzos. Rápido llegaron 150 hombres armados y comenzó un tiroteo infernal. Entrada la noche había frente a la fábrica 28 muertos, entre ellos varias criaturas que acompañaban a sus padres. Había también 36 heridos graves, todos de bala. El foco principal de esa represión había sido frente a los talleres de Vasena, pero varios lugares de la ciudad fueron escenarios de violencia.

El cortejo fúnebre que avanzaba hacia Chacarita, formado por un acompañamiento de 3 cuadras encabezada por los ataúdes que eran llevados a pulso, lo rodeaban un nutrido grupo de mujeres de un movimiento feminista caminando frente a los obreros caídos, bajo las balas de la burguesía. Algunos de los presentes llevaban algunas armas largas, en su mayoría eran escopeta de caza.

La FORA del IX congreso resolvió asumir la dirección del movimiento, declaró la huelga general, de ese modo paralizó toda la capital, las barriadas obreras y varios puertos. La patronal y el gobierno estaban desbordados, cuando más reprimían, más obreros se unían a la huelga ¡era como apagar fuego con nafta! Los días 8 y 9 de enero fueron traumáticos para la población, se vivían un estado de nervios generalizados, la burguesía denunciaba un supuesto plan contra el gobierno porque los obreros en huelga levantaban barricadas y se habla de armar soviets, de esta manera querían justificar la represión de miles de detenidos y torturados.
Finalmente, el día 11 de enero la FORA llegó a un acuerdo con los representantes del gobierno, se comprometieron a levantar la huelga a cambio de que se liberen a todos los presos políticos y la reapertura inmediata de todos los sindicatos que estaban clausurados.

La represión se fue adueñando de las calles. Yrigoyen declaró el estado de sitio. El 13 de enero la mayoría de los trabajadores vuelve a sus puestos. Algunos sostienen que en el transcurso del movimiento fueron asesinadas entre 700 y dos mil personas, heridas más de cuatro mil y detenidas unas 55 mil en todo el país.

La isla Martín García fue la antesala de la deportación para de los extranjeros, mientras que a los argentinos los reclutaron en el penal de Ushuaia. Nunca pudo saberse con certeza el número de trabajadores muertos, ya que la bancada radical en el Congreso -aliada a los conservadores- obstaculizó toda la investigación sobre la represión. Culminaba así lo que luego se llamó “La Semana Trágica”, hechos que quedaron marcados en la combatividad y la tradición de la clase obrera en nuestro país.

Estamos cumpliendo un siglo de aquellos hechos conocidos como La Semana Trágica. Hasta nuestros días la represión a la clase productora ha sido constante y permanente. Tal como en aquellos años, la lucha contra la burguesía se vuelve cotidiana: cuando los explotadores piensan por los explotados, no hay libertad.
La clase obrera argentina nació practicando el internacionalismo proletario dando prueba de su capacidad combativa, enfrentó cantidad de golpes de Estado, mostrando que es capaz de organizarse en momentos difíciles.

Yo mantengo muy firme mi confianza en esos obreros avanzados que rompen esquemas votando a los partidos de izquierda, a esos intelectuales rebeldes que llegan a ocupar un puesto en la lucha y a esa juventud sin prejuicios y sin temores, con ellos estamos construyendo este ejército de esclavos insurrectos, que no le prestan el oído cuando con palabras suaves y dulces les quieren inculcar la conciliación de clases, y hay que tener presente que la Iglesia Católica en este terreno es experta, hace mucho tiempo que los obreros pagamos caro esos engaños.

La Semana Trágica está escrita con la sangre de miles de mártires de la clase obrera del país, a 100 años de aquellos hechos no podemos más que reactualizar la conclusión por ella arrojada, que es la necesidad de poner en pie un partido revolucionario de la clase obrera para vencer.







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