Política

DOSSIER ANIVERSARIO

Christian Castillo: “En cada crisis reemergen elementos del proceso de 2001”

Pasados 13 años del 19 y 20 de diciembre y la caída de De la Rúa: ¿cuál es su interpretación de los acontecimientos?, ¿qué expresó en aquel momento la consigna "¡Que se vayan todos!"?

Sábado 20 de diciembre de 2014 | Edición del día

  •  Los hechos de aquellos días no cayeron del cielo. En cierto sentido condensaron gran parte de los repertorios de lucha que se gestaron durante toda la resistencia al neoliberalismo en los 90, con los grandes levantamientos de desocupados, las asambleas populares y los paros generales.

    El 19 y 20 de diciembre de 2001 se produjo un salto en un proceso de movilizaciones populares que se fueron generando a partir de que Domingo Cavallo, entonces ministro de Economía del gobierno de la Alianza encabezado por Fernando De la Rúa, lanzó una serie de medidas económicas que exacerbaron la irritación de amplios sectores de la población. Estas medidas, la más conocida de las cuales fue el “corralito”, que impedía retirar los ahorros de los bancos, profundizaron la caída de la actividad económica, especialmente en el sector informal y no bancarizado de la economía, que se quedó literalmente sin pesos. El Estado argentino ya manifestaba una situación de quebranto virtual, expresado en la existencia de numerosas cuasimonedas (Lecop, patacones, etc.), con las cuales el Estado nacional y los Estados provinciales pretendían resolver la falta de pesos. Mientras los bancos se quedaban con los ahorros de la población los grandes capitalistas e inversores habían sido advertidos previamente de las medidas y fugado el dinero al exterior. Lo cierto es que las protestas comienzan casi de inmediato, primero los pequeños comerciantes que vieron caer meteóricamente las ventas. Enseguida el paro general del 13 de diciembre, acatado masivamente.

    Al mismo tiempo, las organizaciones de desocupados comienzan las protestas exigiendo comida a los supermercados. Los hechos se precipitan con el comienzo de los saqueos, que se dan en un contexto de altísima desocupación y, ante la ausencia de pesos, la caída de los recursos provenientes de las “changas” y los empleos informales, que golpearon especialmente a los sectores más humildes. El gobierno de De la Rúa intenta frenar la situación favoreciendo un clima de histeria colectiva por los saqueos, buscando justificar la imposición del estado de sitio. Cuando el 19 de diciembre al caer la tarde anuncia esta medida la reacción fue la contraria a la que esperaba. Cientos de miles en las principales ciudades del país ganaron las calles golpeando cacerolas e incluso alzando barricadas en los barrios, al grito de “¡Qué se vayan todos!”. En la Ciudad de Buenos Aires cientos de miles ganaron las calles y colmaron el Congreso y Plaza de Mayo hasta altas horas de la madrugada, cuando se anunció la renuncia de Cavallo. Al día siguiente, desde temprano manifestantes intentan llenar la Plaza de Mayo, hasta que son brutalmente reprimidos, incluyendo un contingente de Madres de Plaza de Mayo, corridas por la policía montada. La represión genera indignación y miles se dirigen hacia la Plaza.

    Empiezan los combates con la policía, que tiene orden de despejarla. Los enfrentamientos tienen lugar por Avenida de Mayo, por Diagonal Sur y por Diagonal Norte, donde entre los manifestantes están columnas de los partidos de izquierda, entre ellos nuestro partido, el PTS. Hacia las 16 horas llegan las noticias de que la policía está tirando con balas de plomo. Las protestas siguen hasta alrededor de las 19 cuando se anuncia la renuncia de De la Rúa, que huye en helicóptero de la Casa Rosada. En los días siguientes se suceden los presidentes, hasta consolidarse un gobierno encabezado por Eduardo Duhalde, que jura en el Congreso con el apoyo no solo del Partido Justicialista sino también del radicalismo alfonsinista y parte del Frepaso. Casi con la misma caída de De la Rúa surgen las asambleas populares, se amplía la ocupación de fábricas abandonadas por sus patrones o que producen despidos masivos (con Zanon y Brukman como emblemas) y, especialmente después de que Duhalde implementa la generalización de los planes “jefas y jefes de hogar”, se multiplican las organizaciones piqueteras.

    Pese a la intensa movilización social y política de los primeros meses de 2002, con una devaluación descargada brutalmente sobre el salario obrero, cuyo poder de compra cayó un 40%, y la mejora de los precios de las materias primas, la burguesía logró contener las protestas y llevar la situación hacia la salida electoral de 2003, una vez que Duhalde, tras los asesinatos de Kostecki y Santillán el 26 de junio de 2002, renunció a permanecer en el poder. La gran debilidad de este proceso fue que en los momentos decisivos la clase obrera no intervino con sus propias organizaciones al frente, y luego la debilidad de la izquierda en las fábricas y empresas impidió superar la tregua que la CGT de Moyano dio al gobierno de Duhalde, ya que ambos militaban junto al campo “devaluacionista” de la burguesía, enfrentado con los que querían dolarizar la economía como salida a la crisis del régimen de la convertibilidad. La división de los de arriba favoreció la irrupción del movimiento de masas en la crisis, pero la falta de centralidad obrera y la debilidad con la que la izquierda llegó al proceso de alza permitieron que las clases dominantes impusieran una salida de desvío que se expresó en el kirchnerismo. Si vemos estos acontecimientos en perspectiva histórica, con todo lo importante que fueron por el hecho que un gobierno antiobrero y antipopular cayó producto de las acciones en las calles tuvo una profundidad menor que aquellos hechos con centralidad obrera como la saga del Cordobazo y los Rosariazos.

    La demanda “¡Que se vayan todos!” expresaba la bronca contra la casta política que gobernó el país de la dictadura a esta parte, pero a la vez mostraba la falta de una perspectiva por la positiva. Esto llevó a una rápida fragmentación de la heterogénea coalición social que estuvo en las calles el 19 y 20 de diciembre. De alguna forma, estos hechos mostraron la debilidad de los planteos autonomistas que sostenían que alcanzaba con la irrupción de la “multitud” para lograr las demandas de las masas, y no había que tener una estrategia centrada en la clase obrera para luchar por la conquista del poder político.

    ¿Cuál fue el rol de los partidos, los sindicatos y las organizaciones sociales?

  •  Depende de qué partidos hablemos. El radicalismo se puso como víctima de un supuesto golpe dado por los gobernadores e intendentes peronistas. Nadie puede negar que estos complotaban contra el gobierno de la Alianza pero la movilización popular se dio a pesar del peronismo, que actuó como “partido de la contención”, en particular el de la provincia de Buenos Aires, salvando al orden burgués en crisis. La CGT de Moyano enfrentó la política del gobierno de la Alianza, movilizando contra la reforma laboral de la “Banelco” y convocando a siete paros generales, aunque en la crisis del 19 y 20 brilló por su ausencia. Se ubicó en una alianza con el sector devaluador de la burguesía, lo que lo llevó a una “tregua” durante todo el período del gobierno de Duhalde. El 19 y 20 la CTA, que venía de impulsar el plebiscito por el Frenapo, llamó a no movilizar. Las organizaciones sociales tuvieron distintas políticas al igual que la izquierda. La FTV (Federación de Tierra y Vivienda) de Luis D’Elía junto con la CTA desconvocaron la marcha que para el 20 había convocado la Asamblea Piquetera. En el caso de nuestro partido estuvimos en las calles, junto a otros partidos de izquierda, tanto el 19 participando de las movilizaciones espontáneas como el 20 combatiendo junto a los manifestantes reclamando contra el gobierno de De la Rúa-Cavallo y su política de hambre y miseria.

    ¿Qué cambios políticos generó el 2001 a corto y mediano plazo?

  •  Generaron un cambio en la relación de fuerzas, legitimando diferentes formas de lucha del movimiento de masas, con la generalización de las tendencias a la acción directa, que reaparecen en cada crisis importante. Al no dar una salida propia el movimiento de masas, generaron una redistribución del poder al interior de la clase dominante, con la victoria de la fracción devaluadora. La coalición kirchnerista no se explica sin los hechos de diciembre de 2001. Estos acontecimientos obligaron a que políticos pragmáticos que habían apoyado las políticas noventistas del menemismo, tuvieran que cambiar su discurso y hacer concesiones a las demandas de las masas para poder legitimarse, con el objetivo de lograr la “pasivización” de quienes protagonizaron las jornadas de diciembre y los meses posteriores.

    ¿Qué aspectos de aquellas jornadas se mantuvieron e influenciaron las experiencias de lucha y de organización posteriores?

  •  Creo que de conjunto, al haber sido desviado, contenido, pero no derrotado en forma directa ese proceso, en cada crisis importante reemergen elementos del 2001. Perdura la legitimidad de la ocupación de fábricas ante los vaciamientos o cierres patronales, como hemos visto recientemente en Donnelley y estoy seguro de que de aumentar dramáticamente la desocupación renacerán también los movimientos de desocupados. Las demandas democráticas de los trabajadores en las fábricas apoyando a los delegados de izquierda contra la burocracia sindical también traen elementos de aquellos días de diciembre. Dicho esto sin negar que la década kirchnerista recreó ilusiones en la política burguesa, aunque limitadas, y en una evolución reformista de las condiciones de vida. Hoy estamos al final de este ciclo, donde las clases dominantes están forjando un nuevo consenso derechista, que deje incluso atrás las concesiones que se vieron obligados a realizar producto de los levantamientos de aquel diciembre.






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