HOMENAJE

Chiche Hernández: por siempre en la memoria militante

Demian Paredes

@demian_paredes

Martes 13 de septiembre de 2016 | 11:00

Me enteré –como cientos de trabajadores, jóvenes y militantes– del fallecimiento de Oscar “Chiche” Hernández. Tristeza, desazón, melancolía: lo primero que sobreviene ante la noticia de la muerte de alguien tan querido y apreciado como Chiche. Y, así como nos une y hermana el dolor, también nos convoca la rememoración, en una suerte de homenaje a su vida e historia militante.

Recuerdo –entre lo más saliente– aquella fórmula presidencial que integró con “el Negro” José Montes, allá por el año 1999, donde estos dos compañeros clasistas y dirigentes del PTS (de antigua experiencia fabril, sindical y política: ambos fueron militantes del MAS en la década del 80) recorrieron el país, en una activa campaña, difundiendo una política de clase y socialista –y con la “sorpresa” de la mayoría de los medios de comunicación que cubrían aquellas elecciones, “extrañados” porque dos tipos de overol, que iban a laburar todos los días y eran referentes en sus lugares de trabajo, asumían un rol político, eran candidatos, y discutían contra los políticos patronales–. Ellos habían luchado consecuentemente, en la década de 1990, contra los planes neoliberales de Menem y el imperialismo, en experiencias de dispar resultado –el Astillero Río Santiago, donde estaba Montes, integrando el cuerpo de delegados por sector, no fue privatizado, producto de la lucha; en cambio en SOMISA, donde estaba Chiche, se privatizó la planta de la mano de María Julia Alzogaray, se transformó en Siderar y se despidió y flexibilizó (ferozmente) la mano de obra: hasta el día de la fecha, en esa gran industria, más de la mitad de los trabajadores están “flexibilizados”–, y por ello tenían todo el conocimiento y la autoridad política para tratar estos temas pública y ampliamente. Yo, que apenas tenía 21 años, y algunos pocos de militancia, quedé impactado en aquel momento por la fuerza con la que se salió, y defendimos, en medio de esos años neoliberales (con su “fin de la historia”, “fin de la clase obrera”, “fin del socialismo” y demás “fines”), una política contra el régimen capitalista, encarnada en las figuras de estos dos grandes compañeros trabajadores.

Y si hay algo más –otra historia– que puedo recordar de Chiche es cuando viajó a Jujuy –provincia en la que viví y milité durante siete años: 2001-2008– en el 2004, cuando una larga y dura huelga de los trabajadores de Aceros Zapla (empresa ubicada en la ciudad de Palpalá), que duró dieciséis días, con piquetes en los tres puestos de acceso, lo hizo llegar al norte argentino. (Incluso, un par de años antes de aquellas presidenciales del 99, Chiche ya había estado en la provincia, colaborando en los inicios de la regional PTS-Jujuy.)

Junto a Chiche –y a Carlos Broun, también militante del PTS y cineasta, uno de los autores de Mineros, tragedia en Río Turbio, película que muestra el crimen del empresario Sergio Taselli, uno de los niños mimados de la “burguesía nacional” por parte del peronismo y del kirchnerismo; el mismo explotador de Aceros Zapla, ex Altos Hornos Zapla– el pequeño grupo de militantes que éramos entonces participábamos día a día de aquella dura huelga, que convocó a las familias de los trabajadores (se organizó, a sugerencia nuestra, una Comisión de mujeres, que fue clave en el apoyo y sostén de la lucha) y a las organizaciones de desocupados. Eran los años de una “bonanza kirchnerista” que en Jujuy no existía: en Zapla se protestaba por las pésimas condiciones de trabajo, los accidentes (graves) recurrentes, el deterioro del lugar, las condiciones salariales. Y de los paliativos: “planes trabajar”, “bolsones de mercadería” para los desocupados: un parche, una efímera “solución” (para los empresarios y sus políticos a sueldo). Trabajo y salarios dignos, no. La fábrica Aceros Zapla, que podía generar –como otrora– unos 5.000 puestos de trabajo, apenas empleaba a 500 trabajadores. Con esa cantidad, a Taselli le alcanzaba para exportar algunos aceros y aleaciones de alta calidad, además infringiendo medidas sanitarias –como el trabajo nocturno con “coladas con plomo”, supertóxicas para los trabajadores–, todo en pos de sus ganancias. Chiche llegó allí, y con su bonhomía y simpatía –¡las mujeres de la comisión se reían con él, y le decían que lo veían parecido al cantante Leo Mattioli!–, con su claridad política aportó su experiencia sindical y militante, para fortalecer la lucha, contribuyendo así en la experiencia clasista de los trabajadores y las trabajadoras (a diferencia del PCR-CCC, que “paranoiqueaba” al joven activismo en los piquetes, difundiendo rumores falsos de que se venía “una represión inminente”, en una especie de “ultraizquierdismo” para confundir e impedir pensar el desarrollo real del conflicto, además de la separación tajante que hacía con sus bases, separándola de los ocupados y de la izquierda). Y, como no podía ser de otra manera, en una Argentina todavía con las jornadas del 2001 frescas (y el torrente de conflictos, pequeños, medianos y grandes que se sucedieron), y con la gran experiencia neuquina de Zanon bajo control obrero, Chiche explicó una y mil veces, con su carisma y simpatía, con la firmeza y confianza en las ideas revolucionarias del trotskismo, cómo en el lejano sur, en una pequeña fábrica, una política correcta había conseguido una fuerza poderosa: ocupados y desocupados, con el apoyo de estatales, jóvenes, pueblos originarios, bandas de rock y hasta los presos (solidarios con la lucha), habían tomado la fábrica y la habían puesto a producir, desarrollando la economía y la política juntas. Ideas así, en Palpalá, ciudad de una de las provincias más pobres del país (junto a Chaco y Formosa), con una fuerza social impresionante, pero con direcciones políticas reformistas y burocráticas (peronistas y maoístas) en los movimientos de masas (estatales, desocupados), eran altamente revolucionarias. Chiche escuchaba, preguntaba, pensaba, y luego emitía sus opiniones: intercambiaba, al calor de la lucha, en un fino trabajo de “inteligencia obrera”.

De este modo compartimos día tras día: salíamos a la mañana muy temprano con Chiche (también con Carlos, y con otros compañeros y compañeras –como dos activistas de Zanon, “el Colo” y Miguel, que llegaron hacia el final de la lucha, mandatados, al igual que Chiche, por una asamblea que votó ir a solidarizarse con la lucha–), rumbo a Palpalá, tomándonos un colectivo, para ir a colaborar en sostener los tres piquetes que garantizaban esta huelga, una “escuela de guerra” –como la llamamos con Alejandro Vilca, retomando a Lenin, en un artículo que hicimos en La Verdad Obrera–. (Solidariamente, la mayoría de las veces, los choferes de las dos líneas de colectivo que unen San Salvador de Jujuy con Palpalá nos llevaban gratis, al comentarles el motivo de nuestro viaje.) Recuerdo que incluso el humildísimo ciclomotor Zanella de Alejandro, que lo dejaba atado con una cadena en la vereda de la casa para salir con nosotros para Palpalá, fue robado. (Claro: quedaba todo el día solo –volvíamos tarde, a la madrugara, para reponernos unas horas y salir nuevamente a la mañana siguiente a la lucha– y alguien aprovechó…)

Pero inevitablemente “me disperso”, “me abro”, en un escrito que pretendía, “simplemente”, aportar un recuerdo puntual de Chiche: no puedo dejar de describir el ambiente, la situación política, las distintas fuerzas puestas en juego, donde Chiche rápidamente se ubicaba e intervenía. Quiero decir: consciente de la alta misión política a la que dedicaba su vida –continuando de alguna manera las luchas de su padre, activista sindical en los 70–, participaba incesantemente de las batallas de su clase (no sólo las de su fábrica, defendiendo a los sectores más vulnerables, como las jóvenes generaciones “flexibilizadas” y “polifuncionales”), viajando a cada rincón del país donde fuera necesario: huelgas, marchas, encuentros, plenarios y toda clase de reuniones –como los encuentros nacionales de fábricas recuperadas–. Allí donde el activismo, la vanguardia obrera, la izquierda y las fuerzas clasistas estuvieran, Chiche se hacía presente.

Luego de aquel 2004 Chiche fue como un “habitué” en la provincia: se había ganado un lugar en el corazón y en la mente de los trabajadores metalúrgicos de Palpalá y sus familias, de los jóvenes estudiantes que lo escucharon en la Universidad o en algún terciario, en alguna mateada o asado en un local o casa. (Y además Miguel López, camarada y amigo afincado en el ramal jujeño, me recordó que no hacía mucho, Chiche había estado dando algunas charlas en el Sindicato de trabajadores del Ingenio Ledesma, presentando el libro Insurgencia obrera, discutiendo con los obreros las lecciones de la lucha de clases y la represión previa al golpe.)

Seguramente habrá decenas, cientos de anécdotas y recuerdos de todo lo que hizo y fue (y es: sigue siendo, en la historia y en la memoria militante) Oscar Chiche Hernández. Un compañero de aquellos que Bertolt Brecht denominaba “imprescindibles”.







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