Géneros y Sexualidades

PEPSICO

Chicas de su clase

El apoyo a la lucha de Pepsico habla de la solidaridad que despierta su pelea actual pero también de las pasadas que superaron el corporativismo sindical. El protagonismo de las mujeres.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Lunes 24 de julio | 00:05

Imagen: Enfoque Rojo

“La empresa tampoco veía con buenos ojos que las operarias realizaran medidas por Ni una menos”, así confirma iProfesional que la preocupación de Pepsico excedía un tema de costos laborales. Lo que la empresa “no veía bien” era que sus trabajadoras exijan igualdad de categorías, demanden licencias por enfermedad de sus hijos e hijas, y mucho menos que participen en movimientos políticos como Ni Una Menos.

Una de las marcas registradas de la lucha contra el cierre y los despidos en Pepsico es sin duda el amplio apoyo conquistado. Como parte de ese apoyo, se destaca la solidaridad e identificación del movimiento de mujeres con la resistencia de las Leonas. La consigna #NiUnaMenos asociada a una lucha obrera ejemplar en medio de despidos y ajuste vuelve a poner en el centro la vitalidad de una alianza estratégica.

ADN

En contraposición a la pasividad de la CGT y el sindicato de Alimentación, la comisión interna funcionó como organizadora de la acción obrera contra el ataque de los empresarios. Lejos de ser una respuesta espontánea, condensa la experiencia desde fines de los años 1990 y, particularmente, una “agenda” no corporativa que tomó e hizo suyos los problemas de los sectores más explotados (precarizadas/os) y los de un sector importante de la fábrica: las mujeres.

Las condiciones específicas de la participación de las mujeres en el trabajo no doméstico, (precariedad y desigualdad) son las “ventajas” exprimidas por las empresas, especialmente las alimenticias, que emplean mayoritariamente mujeres. Esto, que podía ser un “destino fatal” para las obreras de Pepsico, se transformó en cambio en ADN constitutivo, de ellas, su comisión interna y comisión de mujeres.

Obligadas a trabajar 12 horas para mostrar su “esfuerzo” para quedar efectivas o marginadas a una jaula (no metafórica, real) cuando se lastimaban trabajando, las operarias que no sabían que tenían ART, que soportaron el acoso de jefes y supervisores (como en cualquier lugar de trabajo) y escondieron sus embarazos, se transformaron en luchadoras de su clase, en voceras de su género.

Alianzas

Las comisiones de mujeres son terreno de alianzas por excelencia, funcionan como nexo entre el lugar de trabajo y la comunidad fuera de la fábrica o empresa. Pueden ser temporales durante luchas o huelgas y organizar a las mujeres de “afuera”, como la Comisión de Mujeres de Lear y la de Donnelley (plantas mayoritaria y exclusivamente masculinas, respectivamente). Pero a tono con la feminización de la clase trabajadora, cumplen un rol cada vez más importante en la organización de las mujeres en el lugar de trabajo, y no se reducen a “intereses sectoriales”; potencian la participación de las trabajadoras en las luchas y organizaciones de su clase.

Nacidas al calor de los días calientes de diciembre de 2001 y el proceso de reorganización sindical conocido como sindicalismo de base, las trabajadoras de Pepsico estuvieron en la avanzada de la pelea por unir la lucha de las mujeres y la de clase trabajadora. Acompañadas por la agrupación Pan y Rosas y el Partido de Trabajadores Socialistas (PTS), pusieron en pie su comisión de mujeres.

En una entrevista de 2002, Katy Balaguer contaba cómo impulsaron, junto a Leo Norniella (fallecido en 2015), ambos militantes del PTS, las primeras actividades, el primer 8 de marzo en Pepsico. No se trataba solamente de un tema de las mujeres, era esencial para fortalecer la organización combativa de la fábrica. “Yo pensaba qué se podía hacer y dije sería bueno hacer un boletín que explique por qué es el día de la mujer (...) Cuesta mucho organizar a las pibas en la fábrica, está muy encarnado eso de que tienen que soportar, que bancársela y todo eso. Lo que estuvo bueno, cuando hicimos el boletín es que no salía y no salía y después mi hija me lo acercó envuelto en un paquete como un regalo y yo pensaba: "-¡Mirá si los de la seguridad supiese que mi hija me está trayendo unos boletines!" (risas). En los otros turnos, a las chicas que estaban con nosotros les dejábamos cantidad para que se los repartieran entre ellas. Los repartíamos en el baño”.

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La agrupación de mujeres Pan y Rosas levanta como una de sus banderas principales, desde su nacimiento en 2003, la defensa de los derechos de las mujeres trabajadoras. Esta defensa no se limita a la difusión y apoyo de sus luchas, significa también la construcción junto a ellas de ámbitos de militancia común y el impulso de debates al interior de las organizaciones compartidas con los varones como los sindicatos y las comisiones internas. Katy participaba, junto a otras obreras de la Alimentación, de los Encuentros Nacionales de Mujeres, difundiendo las peleas que daban en las fábricas y contra la burocracia sindical. La experiencia se expandía a otras plantas.

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Ni Una Menos antes de Ni Una Menos

Como parte de esa experiencia común, la Comisión de Mujeres de Pepsico realizó campañas por temas sindicales como el acceso de las mujeres en la categoría de medio oficial (restringida a los varones) y también instaló en la fábrica el problema de la violencia que las trabajadoras conocían muy bien, incluso antes del movimiento masivo #NiUnaMenos.

Un ejemplo de esta política se vio en 2010, cuando junto a la Comisión de Mujeres de Kraft Foods (que venía del conflicto de 2009 alrededor de la gripe A) y Pan y Rosas, impulsaron un corte de la Panamericana con la consigna “Violencia es trabajo tercerizado y precarizado”.

En su llamado sumaban a los varones a la lucha que afectaba especialmente a las mujeres. En un acción simbólica el día contra la violencia hacia las mujeres, enlazaban la lucha contra la violencia machista con la pelea contra la precarización laboral que también castiga físicamente los cuerpos de las mujeres y condiciona sus vidas.

Por esa época, las trabajadoras de Kraft y su comisión de mujeres (que reunía obreras y familiares de trabajadores varones, uniendo adentro y afuera) mostraban a escala de su fábrica una respuesta colectiva a la violencia machista. En 2011, cuando una trabajadora denunció el acoso sexual de su supervisor, el turno noche completo paralizó la producción, con la exigencia de que la trabajadora no sufra represalias y se sancione al supervisor. “‘Los compañeros varones mostraron una enorme sensibilidad, siendo los impulsores, junto con la Comisión Interna, de esta medida de fuerza, con las compañeras que expresaban indignación y bronca, pero también la decisión de dejar sentado que esto acá no pasa más’. La acción no solo mostró rasgos clasistas (defender a los de nuestra clase), sino que mostró la potencia de la movilización unificada de varones y mujeres por la defensa de las mujeres”. (Comisiones de mujeres: laboratorios de emancipación).

De esos años en los que hacían jornadas cada 25 de noviembre, que se juntaban con las comisiones de mujeres de otras fábricas de la zona norte, que acompañaban conflictos como el de la gráfica Donnelley o la autopartista Lear, quedaron experiencias y conclusiones y un fruto insospechado entonces que recogerían en el futuro.

Cuando pase el temblor

Desde el 3J de 2015, las obreras de Pepsico dijeron ¡PRESENTE! en su lugar de trabajo, en las movilizaciones y Encuentros Nacionales de Mujeres. Luego del 19O de 2016 que instaló la idea del paro para visibilizar la violencia machista, las trabajadoras de Pepsico serían protagonistas del 8M junto a sus compañeros con la paralización de la fábrica desde el primer turno.

El impulso de la comisión interna de una agenda no corporativa-sindical confirmó el “mensaje” de que no se trata de un “problema de mujeres” sino del conjunto de la fábrica. Ese mensaje tenía y tiene dos interlocutores. Por un lado, a los varones que comparten el lugar de trabajo y son testigos de la discriminación y las humillaciones que sufren sus compañeras. Y por otro, es una respuesta práctica a las críticas (ciertas) del movimiento de mujeres y organizaciones feministas a la indiferencia de los sindicatos, incluso en ramas femeninas por excelencia como la docencia y la Salud.

Lo que la burocracia sindical murmura incómoda con secretarías de género apolilladas, pronunciamientos tibios sobre cupos (que difícilmente cumplan) o adhesiones simbólicas, para las comisiones internas combativas y relacionadas a partidos de izquierda es una política, a la vez, vital y potenciadora. Vital porque fortalece la organización de la clase obrera y potenciadora porque ensaya, en el lugar de trabajo, una respuesta colectiva de la clase trabajadora a problemas sociales (y no solo corporativo-sindicales).

A pequeña escala, el comienzo de la jornada del Paro Internacional de Mujeres el pasado 8 de marzo con el paro de las trabajadoras y los trabajadores de Pepsico fue un mensaje claro: “Mujeres, tomen nuestra palabra mirando nuestras acciones. Su lucha es nuestra lucha”. Ese mensaje, amplificado por la legitimidad que se ha ganado la lucha contra la violencia machista, se transforma hoy en apoyo, identificación y reconocimiento a la lucha de las trabajadoras y trabajadores.






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