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Chernobyl y Fukushima: una visión marxista del problema de la energía nuclear

A propósito de la posible construcción de nuevas plantas nucleares en Río Negro y Buenos Aires, publicamos uno de los capítulos del libro Naturaleza atormentada, marxismo y clase trabajadora, del trotskista brasilero Gilson Dantas, médico, sociólogo y militante del MRT, partido hermano del PTS en el vecino país.

Sábado 5 de agosto | 15:50

La esfera de la producción nuclear, la de las plantas y las armas nucleares, es un capítulo especial de ese horror productivo capitalista de la acumulación de fuerzas destructivas y tecnología de la muerte, de la devastación ambiental y de los residuos tóxicos que crecen en escala meteórica y en poder de destrucción casi sin límites.

Con la operación de las centrales nucleares y la construcción de las bombas atómicas se llegó al paroxismo donde la burguesía ya cuenta con poder para destruir la vida de la especie humana sobre la Tierra y crea un tonelaje creciente de basura nuclear portadora de una inmensa capacidad de contaminación y devastación biológica de larguísima duración.

De la forma en que el capitalismo desarrolló la investigación y el uso de la fisión del átomo, se llegó al riesgo de comprometer profundamente el presente y el futuro del planeta: el plutonio de las centrales nucleares, sólo para dar un ejemplo y sin hablar de la bomba de plutonio, pierde la mitad de su radiactividad en 25.000 años: no hay nada más sucio ni más peligroso creado por la sociedad.

Por otro lado, este punto merece un comentario aparte, especialmente recordando que vivimos, a partir de marzo de 2011, una terrible crisis social y ambiental desde la central nuclear japonesa de Fukushima, que sufrió un accidente inicialmente de proporciones comparables a las de Three Mile Island (EE.UU.) en 1979, que ya ha superado las dimensiones de Chernobil, y que aún no se ha resuelto ni se tiene idea precisa de sus desdoblamientos y alcance.

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Ciertamente cualquier científico más arrojado y cualquier revolucionario consecuente del período anterior a Hiroshima y Nagasaki, el de la era del carbón y del petróleo (ambos combustibles no renovables), soñaba y anhelaba liberar la inagotable energía del interior del cuerpo del átomo. Nada más lógico y deseable.

Sueño legítimo y además anclado en la creencia del progreso de la ciencia como herramienta que puede ser usada a favor de la sociedad humana. Este potencial energético era entonces una loable posibilidad teórica en una época en que no se tenía la menor noción práctica del problema de la basura atómica, de la contaminación nuclear y de los accidentes nucleares catastróficos. Tal vez algunos ni siquiera imaginaban que, si el capitalismo continuaba existiendo, trataría de darle al átomo un uso militar.

El resto de la historia es bien conocida por todos nosotros. Los científicos del capitalismo (y de la burocracia soviética) liberaron la energía del átomo. En manos de los oligopolios capitalistas, las centrales nucleares han dejado de ser una hipótesis y hoy países minúsculos como Francia ya tienen más de 70 centrales nucleares, más de 70 posibles Fukushima o Chernóbil.

Un accidente así tiene el potencial para hundir Europa (sin hablar de otras consecuencias) y, por lo tanto, de inmediato convertirse en una catástrofe de larguísima duración, multiplicando el cáncer y generando malformaciones en bebés durante generaciones y generaciones. Por supuesto que no se puede tratar este riesgo como si se tratara solo de un accidente en una central hidroeléctrica.

Y evidentemente esto cambia de figura toda la cuestión del uso de la tecnología nuclear para la producción de energía (producción sucia de energía, quedaría mejor). Ante este problema, la contaminación química que tanto preocupaba a nuestra bióloga Rachel Carson parece un ensayo y muestra que sólo vivió un primer paso en el horror capitalista de la contaminación ambiental.

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La energía nuclear “realmente existente”

La tecnología nuclear surge de la industria armamentista, de las inversiones públicas mancomunadas con los oligopolios del sector bélico que, primero, lograron llegar a la acumulación de miles de ojivas nucleares de todo tipo por todas partes (sólo el Estado terrorista de Israel posee, él solo, cientos de bombas atómicas), y segundo, llegaron a las casi quinientas centrales nucleares a nivel planetario.

Alemania consiguió venderle tres centrales a la dictadura militar brasileña, operación cuyos gobiernos sucesores siguieron llevando adelante religiosamente (y eso en un país lleno de sol, hidroeléctricas, viento y biomasa), con peligro de recurrentes fugas radiactivas.

Las conveniencias de la acumulación capitalista (empezando por la conveniencia del sector bélico) dictaron la "elección" de ese "modelo" energético, pese a la negativa masiva de la opinión pública (europea, norteamericana, por ejemplo) a ese "modelo", que se agudizaba ante el horror de cada nuevo accidente nuclear. Chernóbil se movió con la crítica internacional sobre las centrales nucleares como opción.

Y si profundizamos la discusión -que ofrece tema para otro artículo- veremos que no hay elección energética neutra, y que la tecnología es sociomorfa, pues tiene la cara del capitalismo y, por lo tanto, que es necesario abrir un debate claramente crítico sobre qué hacer con las centrales nucleares que ya existen. En principio, si el asunto es pensado seriamente, por su control inmediato por la clase trabajadora, técnicos, usuarios populares y ambientalistas.

Para estudiosos como Bandera (1977, p.48), la energía nuclear, en las actuales condiciones de la ciencia en el capitalismo, más que un “progreso productivo”, es un peligro. Una central nuclear, estrictamente hablando, llega a ser poco menos que una bomba atómica controlada, si partimos del principio de que es permanentemente mantenida en estado próximo a la explosión (algo que sólo no ocurre porque no se deja que se caliente demasiado).

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La ciencia no es neutral

Más que el uso de la ciencia en favor de la sociedad, el uso actual del átomo como combustible está en relación directa con la degradación de la ciencia y el uso de la ciencia por el capitalismo, con el capitalismo imperialista en su fase de decadencia y en su condición de sistema absolutamente reaccionario. El crecimiento espectacular de la ciencia y la tecnología nuclear, en su mayor parte, fue absorbido por el sector militar: pasó a producir armas más letales, tanto de destrucción masiva y como “convencionales” (el polvo radiactivo esparcido por la munición con punta de uranio empobrecido usadas por Clinton en Yugoslavia a finales de los años 90, siguen hoy destruyendo vidas civiles en esa región).

Este proceso representa la creciente destrucción de fuerzas productivas sociales. Debe entenderse en estos marcos. Por más que la ciencia nos encante, por más que la mecánica cuántica sea fascinante y prometedora para la humanidad (y lo es), actualmente no deja de ser planificada, producida (y degradada) por un sistema social decadente y está en manos de poderosos oligopolios que operan imperiosamente contra la humanidad y no a su favor.

La crisis de Fukushima es la crisis del capital, pero es una crisis también de la ciencia y de la tecnología en el capitalismo. Ciencia y tecnología alienadas. Y no podría ser de otra forma. Dicho esto, la respuesta a la pregunta, si las condiciones de contaminación ambiental, de la producción de alimentos, productos industriales nocivos se ha profundizado o si hubo una mejora, sólo puede tener una respuesta: negativa.

Y no hubo manera que las buenas intenciones, sólo las buenas intenciones, de los miles y miles de miles de los seguidores de Carson pudieran cambiar el curso esencial de las cosas. Por otra parte, está fuera de duda que hay alternativas a la contaminación ambiental, a las tecnologías sucias. Pero ni el "progreso de la ciencia" por sí solo (en los marcos del capitalismo) ni "nuestro ingenio y nuestras aptitudes" (de los hombres y mujeres de bien, como Rachel Carson) jamás encontraron el camino de la producción ecológicamente armonizada con la naturaleza.

El camino seguido es, irrefrenablemente, el de la contaminación de las chimeneas, de las fugas, producción agrícola y energética sucia, de todo el espacio donde el capital pone su inversión y su búsqueda de lucro. Incluso en áreas sensibles como la medicina viene siendo creciente, mucho más fuerte y determinante que toda la conciencia ambiental acumulada en las generaciones iluminadas por ideas como las de Rachel Carson.

Justamente porque no se trata de un problema de biología o de ciencia, que nunca es neutra ni ella vive de buenas intenciones. Sobre este punto volveremos más delante. Por ahora vale destacar que no es de la naturaleza del capitalismo desarrollar las tecnologías más humanas ni ecológicamente más correctas, sino las más lucrativas, y justamente éste es y seguirá siendo, mientras exista el capital, el fondo de la cuestión ecológica.

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