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Centenario de Ingmar Bergman

Este 14 de julio se cumplen 100 años del nacimiento del director sueco. Resulta difícil escribir sobre uno de los cineastas más complejos, señeros y personales del siglo XX, un director cuyo legado es incalculable.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Viernes 13 de julio | 18:14

Marcado por el protestantismo, la duda de Dios, el anti-belicismo, la psicología de sus personajes y la mirada sobre su propia trayectoria vital, sobre las mujeres de su país y su generación, el realizador sueco es uno de los pilares del paso del cine clásico a las hechuras del cine moderno.

Junto a sus primeras películas más vitalistas como “Sonrisas de una noche de verano”, Bergman se va adentrando en sus obsesiones personales, en universos personales y poéticos más oscuros y en la innovación formal llegando a realizar algunos de los filmes más perturbadores de los años 60 y 70 como “Persona”, un filme enigmático sobre el desequilibrio y el silencio, protagonizado por dos mujeres y en el que la censura española vio, sin matices, un lesbianismo a censurar.

Bergman estaba obsesionado por los demonios interiores y familiares de una educación marcada por la rigidez religiosa y la intolerancia, las contradicciones vitales y el choque entre el pasado y el presente. Esto no le impidió ver su tiempo y como este influía en sus criaturas realizando filmes anti-bélicos como “La vergüenza” o anti-nazis como “El huevo de la serpiente” cuya radicalidad estética y falta de tabúes supera a su compromiso.

Pocos universos tan herméticos y a la vez tan universales por la profundidad con la que analiza el amor, la muerte, la crueldad, la empatía, la enfermedad mental vista desde un enfoque personal marcado por la educación protestante, los fantasmas privados y públicos y la incomunicación aparecen en muchas de sus obras, casi todas perturbadoras y adelantadas a su tiempo, uniendo el cine nórdico a los nuevos cines del resto del mundo.

Casi todas sus obras influyeron en cineastas posteriores como Woody Allen o Michael Haneke, entre otros muchos. Su obra está hecha de gritos y susurros y de una inusitada belleza plástica, con actrices y actores fetiches como Liv Ulman o Max Von Sydov y está abierta a mil interpretaciones, pero resulta todo menos cómoda, tanto por su estilo depurado como por las tormentas que sacuden sus personajes y sus encuentros.

Ha dejado su testamento escrito en libros como “La linterna mágica” y ha reflexionado sin tapujos sobre la vida y las tormentas en el seno de la familia como institución. Un realizador sin el que es imposible entender la historia del cine moderno.







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