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RUSIA - ANÁLISIS

Causas y consecuencias del atentado en San Petersburgo

Cuáles son las posibles fuentes del atentado en el metro de San Petersburgo. La relación con la política exterior de Putin y las consecuencias en el plano interno y externo.

Martes 4 de abril | 07:53

Mientras sigue en aumento el número de víctimas fatales por el atentado contra el metro en el centro de San Petersburgo, la vieja capital del imperio zarista, la investigación oficial apunta a que se trata de un ataque terrorista perpetrado por un joven ruso nacido en Kirguistán.

Los medios han hecho todo tipo de especulaciones relacionadas con los múltiples frentes de conflicto abiertos por Moscú. Para algunos podía tratarse de una respuesta de las fuerzas especiales ucranianas, derivada de la guerra civil de baja intensidad contra milicias rusas en la región de Donbass (autoproclamada República de Donetsk). Otros lo atribuían al Estado Islámico en represalia por la intervención rusa en Siria. Y no faltó la teoría conspirativa de un autoatentado del Kremlin para consolidar base social frente al resurgimiento de las protestas antigubernamentales, que aunque de menor intensidad, recuerdan que hay una fuerte oposición, sobre todo de sectores medios, al bonapartismo de Putin.

Hasta el momento ningún grupo islamista fundamentalista se atribuyó la autoría del atentado. Pero es plausible que la combinación de condiciones de vida muy duras en la región de Asia Central, de la cual forma parte Kirguistán, y el accionar militar de Moscú hayan creado un terreno fértil para la radicalización, ya sea orgánica o individual, que encuentra eco en organizaciones completamente reaccionarias como el Estado Islámico.

La oleada de atentados terroristas que vivió Rusia entre la década de 1990 y comienzo de los 2000 provenía fundamentalmente del Cáucaso, relacionada con la guerra independentista en Chechenia y de Daguestán. El movimiento separatista checheno fue aplastado por Putin que cimentó en parte su bonapartismo en esta victoria militar. La persecución rusa contra los separatistas fue brutal, incluyendo torturas, quemas de casas y otras delicias del terrorismo de estado. Grozny quedó como tierra arrasada.

Las milicias islamistas que quedaron en pie se radicalizaron, se renombraron Emirato del Cáucaso y muchos fueron a combatir a Siria y otros países con el Estado Islámico (EI). Sin ir más lejos, quien abrió fuego en una disco en Estambul a principios de este año y mató a 39 personas era oriundo de Kirguizistán. Para 2015 se estimaba que al menos 4000 inmigrantes provenientes de Asia Central habían viajado a combatir a Siria después de haber sido reclutados por milicias chechenas en Moscú. Quizás por esta realidad, una de las justificaciones de Putin para intervenir militarmente en Siria a favor del régimen de Assad, además de sus intereses geopolíticos, es evitar que estos combatientes de milicias islamistas fundamentalistas retornen a Rusia.

Desde que el Kremlin decidió jugar en la guerra civil siria en el bando de Assad en septiembre de 2015, en varios videos el Estado Islámico declaró a Putin y a Rusia como un objetivo. En octubre de 2015, el EI reclamó responsabilidad por el atentado contra un avión ruso que volaba de Sharm el-Sheikh a San Petersburgo en el que murieron más de 200 personas. Sin embargo, hasta ahora no había logrado golpear en el corazón de Rusia, como sí lo había hecho en París, Bruselas y otras capitales europeas.

Pero esta vez, el ataque no viene del conflicto del Cáucaso, sino de otro frente de batalla para Putin, potencialmente más peligroso.

Aunque para muchos sigue siendo una región ignota, quizás la referencia más cercana es la sátira del reportero Borat, el Asia Central tuvo y tiene una importancia estratégica. En el siglo 19 fue terreno de disputa entre el imperio británico y el imperio zarista, conocido como el “gran juego”.

En parte, la “guerra contra el terrorismo” luego de los atentados del 11S, con la intervención de Estados Unidos en Afganistán y la extensión de bases militares norteamericanas en Asia Central, fue interpretada como una reedición en el siglo XXI de ese “gran juego”, con Estados Unidos, Rusia y China como protagonistas.

La importancia estratégica contrasta con la dura realidad de estas exrepúblicas soviéticas, gobernadas por regímenes autocráticos, corruptos y represivos, heredados de la debacle del estalinismo, donde gran parte de la población vive en la pobreza y arrecian conflictos étnicos y nacionales.

Es una zona de convulsiones políticas. En Kirguistán cayeron dos gobiernos por movilizaciones en 2005 y 2010, aunque no ha cambiado nada estructural.

Muchos no tienen otra opción que ir a Rusia a trabajar en empleos mal pagos, principalmente en la construcción. Se calcula que son unos 200.000 trabajadores legales y otros 200.000 ilegales. Con un discurso nacionalista reaccionario, el régimen de Putin alienta el racismo y el resentimiento en la población rusa contra los inmigrantes. No casualmente se los compara con los hispanos en Estados Unidos.

Aunque no hay certezas y probablemente la versión que se acepte como verdadera tenga una cuota importante de manipulación por parte del gobierno ruso y agencias estatales para sus propios intereses, no sería extraño entonces, que en este caldo de cultivo, el EI aparezca como una inspiración.

Estos atentados tienen un carácter abiertamente reaccionario. Están dirigidos contra la población civil, con el objetivo de causar la mayor cantidad de muertes posibles. Y como suele suceder, son la justificación para escalar políticas represivas.

Putin recibió el respaldo de Donald Trump y ambos reafirmaron su decisión de “combatir al terrorismo”. El presidente norteamericano, en sus dos primeros meses de gobierno, ha multiplicado los bombardeos y las víctimas civiles, en Mosul, Siria y Yemen.

En el plano interno, sin dudas será usado para redoblar políticas represivas. El clima “anti Trump” le ha dado nuevo aire a la oposición que enfrentan Putin-Medvedev. Un movimiento aún tímido, que no tiene la masividad de años anteriores y se basa fundamentalmente en las clases medias, pero que molesta, y por eso fue duramente reprimido. Los números hablan por sí solos: 800 detenidos solo en Moscú.

El atentado le servirá a Putin para reforzar la unidad nacional reaccionaria en torno a su gobierno, en momentos de dificultades económicas y pérdida de apoyo popular para sus aventuras militares.

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