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REINO UNIDO - ANÁLISIS

Causas y consecuencias del atentado en Manchester

Cuáles son las posibles fuentes del atentado en Manchester. La relación con la llamada "guerra contra el terrorismo" y sus consecuencias en el plano interno y externo.

Miércoles 24 de mayo | 09:46

A medida que transcurren las horas se van conociendo los detalles del horroroso atentado en el Manchester Arena que dejó 22 muertos y 60 heridos, en su mayoría adolescentes y niños. Según el informe policial, el atentado fue perpetrado por Salman Abedi, un joven ciudadano británico hijo de refugiados libios.

La elección de un concierto como objetivo, un “blanco blando” con valor simbólico y alto impacto por la cantidad potencial de víctimas, inevitablemente trae el recuerdo de la masacre del teatro Bataclan en París, en noviembre de 2015.

El Estado Islámico se atribuyó la autoría, aunque aún está por verse si realmente Abedi era un “soldado del califato” o si, como ha sucedido anteriormente, se trata de una apropiación oportunista por parte del ISIS del accionar de un “lobo solitario”, es decir, un individuo “autorradicalizado”, inspirado pero no dirigido por esta organización fundamentalista.

Más allá de que se constante o no una relación orgánica entre el atacante de Manchester y el ISIS, es indudable que las claves para comprender la serie de acciones terroristas que sacuden a Occidente –París, Niza, Bruselas, Berlín, Londres- hay que buscarlas en las guerras civiles reaccionarias como las de Siria, Irak y Yemen, alentadas por las grandes potencias y sus socios locales, en las que los muertos civiles, incluyendo niños, se cuentan por decenas de miles.

La catástrofe humana creada por estas intervenciones no tiene precendetes. Por ejemplo, la batalla dirigida por Estados Unidos por recuperar la ciudad de Mosul, que hasta hace poco tiempo era la capital irakí del califato del Estado Islámico, ya produjo unos 700.000 civiles desplazados. Para no hablar de los seis años que ya lleva la guerra civil reaccionaria en Siria, donde las bombas vienen tanto del bando reaccionario del régimen de Assad, apoyado por Rusia e Irán, como de las operaciones de las potencias imperialistas, como Francia y más recientemente Estados Unidos que bajo Trump se decidió a intervenir.

El creciente guerrerismo imperialista que pregona Trump no hará más que profundizar las condiciones en las que se recrean fuerzas reaccionarias como el ISIS y Al Qaeda. En esta escalada militarista se inscriben los bombardeos en Siria y Yemen y el lanzamiento de la “madre de todas las bombas” en Afganistán, una demostración de la disposición de Estados Unidos de utilizar todo su poderío.

La primera gira presidencial de Trump dejó en claro que su política hacia el Medio Oriente es fortalecer las alianzas tradicionales de Estados Unidos, en particular con la reaccionaria monarquía saudita y el estado de Israel. Pero Trump fue más allá: proclamó de hecho la constitución de una alianza contra Irán a solo dos días del triunfo en las elecciones presidenciales de ese país de Hasan Rohani, el clérigo moderado partidario del acuerdo nuclear y de una política más conciliadora con occidente.

Este bloque regional, integrado por Arabia Saudita, Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, probablemente Kuwait e Israel, no sería una alianza tradicional de defensa, al estilo OTAN, pero sin dudas estará bajo tutela de Estados Unidos, que le dará apoyo financiero, militar y diplomático. Para empezar, Washington ya firmó un acuerdo con Arabia Saudita de venta de armas por 110.000 millones de dólares en lo inmediato, más otros 350.000 millones en los próximos 10 años.

Esta política norteamericana, sin dudas, profundizará la guerra intra islámica entre sunitas y chiitas, es decir, entre Arabia Saudita e Irán, que tiene sus expresiones concretas en las guerras civiles de Irak, Siria, Libia y Yemen. Además de fortalecer las fuerzas más recalcitrantes de la reacción como la monarquía saudita, que ha financiado organizaciones fundamentalistas, como Al Qaeda y el propio ISIS, y no tiene nada que envidiarle en cuanto a sus métodos brutales, como las decapitaciones.

En el plano interno, no solo la extrema derecha racista sino también la primera ministra conservadora, Theresa May, buscará sacar ventaja del atentado de Manchestar para ganar las próximas elecciones anticipadas del 8 de junio. Desde el gobierno ya se está agitando un discurso securitario, del que se hacen eco los grandes medios de la derecha, profundizando la campaña xenófoba, contra los inmigrantes en general y contra los refugiados musulmanes en particular, que le dio el tono al referendum donde terminó imponiéndose el Brexit hace casi un año.

Los conservadores buscarán utilizar el atentado para atacar a Jeremy Corbyn, el líder del Partido Laborista, al que acusan de cómplice de “terroristas” simplemente por haber participado de movimientos contra guerras imperialistas como la de Irak. Si bien May tiene el triunfo prácticamente asegurado, en las últimas semanas el laborismo había recuperado gran parte del dinamismo electoral, sobre todo en los franjas juveniles, tras conocerse la propuesta del partido tory de May de que los jubilados que tengan una propiedad deberían pagar para ser atendidos por la seguridad social, lo que graciosamente se conoció como el “impuesto a la demencia”.

El atentado en Manchester, en lo inmediato, profundizará la polarización y le dará argumentos a la derecha para agitar su programa reaccionario. Pero también puede abrir la posibilidad de que emerja un movimiento contra las guerras y el creciente militarismo imperialista que alimenta fuerzas reaccionarias como el Estado Islámico o Al Qaeda y tiene como contrapartida interna el ataque a las conquistas y libertades democráticas.

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