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GENOCIDIO DE CLASE

Causa Ford: “Cárcel para quienes torturaron a nuestros padres y a los demás obreros”

Stella Gareis y Roxana Ávalos, hijas de dos exobreros de la automotriz cómplice del genocidio, declararon en el juicio contra dos gerentes y un militar.

Andrea López

CeProDH Zona Norte del Gran Buenos Aires

Sábado 30 de junio | Edición del día

Foto Twitter

Este miércoles se desarrolló la audiencia número 14 en el juicio contra dos exgerentes de la multinacional automotriz Ford por el secuestro y tortura de 24 trabajadores durante los años de la dictadura cívico-militar.

En esta nueva audiencia dieron su testimonio Stella Gareis y Roxana Avalos. Sus padres, exobreros de Ford, fueron secuestrados en sus puestos de trabajo, torturados dentro y fuera de la planta de General Pacheco y recuperaron su libertad recién después de un año.

Para esta instancia judicial también estaba pautada la declaración testimonial de Marcelo Troiani, hijo del sobreviviente Pedro Troiana. No pudo hacerlo por problemas de salud.

La sala se mantuvo en silencio mientras Stella Gareis y Roxana Ávalos relataron cómo vivieron en carne propia y a muy corta edad la barbarie desplegada por los genocidas. Más de cuarenta años esperando este momento, tanto tiempo pasó gracias a la impunidad que les fue garantizada a los responsables de estos crímenes.

Hijas de obreros, se atrevieron a relatar el horror

Stella es hija de Carlos Rosendo Gareis, quien fue detenido el 12 de abril de 1976 en el interior de la fábrica Ford de Pacheco. Su padre llevado en un primer momento al comedor del personal de seguridad de la empresa y luego de un breve lapso fue trasladado a la Comisaría Primera de Tigre, donde lo alojaron en un calabozo permaneciendo allí entre 45 y 50 días.

Gareis relató cómo, además del dolor inmenso por la ausencia de su papá siendo tan pequeña, sufrieron junto a su familia penurias económicas de todo tipo. Ante una Sala que escuchaba con máxima atención relató como fue creciendo en un mundo lleno de dolor junto a su madre, con quien cada vez que iban a visitar a su padre sufrían todo tipo de abusos y vejaciones por parte del personal del Servicio Penitenciario.

Contó que su madre decidió no llevarla más a visitarlo, para que no tenga que pasar al menos ella por todo eso.

Durante la declaración de Stella nadie pudo emitir palabra. Ni los abogados defensores de los genocidas se atrevieron a emitir sonido y mucho menos hacerle alguna pregunta.

Roxana es hija de Ricardo Ávalos, detenido el 21 de abril de 1976 en el interior de la fábrica por personal militar fuertemente armado y llevado al quincho por unas horas. Luego fue encapuchado y esposado, torturado y después de unas horas trasladado a la Comisaría de Primera de Tigre.

En su declaración detalló cómo sufrió junto a su familia la falta de su papá y lo difícil que les resultó sostenerse desde todo punto de vista, incluso económicamente.

Al igual que Stella, ya como adultas que han vivido una larga historia de impunidad, Roxana pidió ante el Tribunal tras dar su testimonio la cárcel para los acusados.

Ricardo Ávalos durante el juicio

Juicio de clase

En la causa están imputados dos exdirectivos de Ford. Se trata de Pedro Müller (85), gerente de Manufactura, y Héctor Francisco Sibilla (90), jefe de Seguridad de la planta.

Junto a ellos se sienta en el banquillo de los acusados Santiago Omar Riveros (94), que en aquel entonces era director de Institutos Militares y dependía la guarnición Campo de Mayo. Actualmente está condenado a cadena perpetua por otros delitos de lesa humanidad.

A los tres se los acusa del secuestro y tortura de 24 obreros dentro del centro clandestino que la multinacional automotriz tuvo dentro de sus instalaciones. Otros dos procesados en la causa, que murieron impunes gracias al dilate y maniobras judiciales para comenzar el juicio, fueron el exgerente de Relaciones Institucionales de Ford, Guillermo Gallarraga y Nicolás Enrique Julián Courard, que en aquel entonces presidente de Ford Motors Argentina.

Pero falta en el banquillo de los acusados otro de los responsables: el sindicato Smata, que aún hoy sigue impune a pesar de haber tenido un rol fundamental entregando trabajadores no sólo en el caso de Ford, si no también en muchos otros como en Mercedes Benz.

Empresa genocida

La responsabilidad de Ford en el genocidio está más que comprobada. En el auto de elevación a juicio se dio por probado que “la empresa aportaba recursos y apoyaba al gobierno de facto a cambio de la ’limpieza de los elementos’ que le impedían sojuzgar al personal y avasallar sus derechos laborales obtenidos”. Además el mismo documento sostiene que los aportes de los gerentes “fueron esenciales” para materializar los secuestros.

El texto judicial agrega que “la automotriz quería generar más productividad a bajo costo. Por otro lado, los militares necesitaban un ’enemigo’ interno para justificar la estabilidad del régimen ilegal.

De esa conjunción emergió la llamada ’subversión industrial’, que no era otra cosa que un puñado de delegados de base que pujaban por los derechos laborales de sus compañeros, obviamente impidiendo así los atropellos de la patronal y minando la posibilidad de que la productividad creciera a cuesta de su salud física y mental”.

Como si esto no bastara, el presidente de Ford (fallecido impune) Juan María Courad, en un discurso por la inauguración de las obras de la nueva planta de camiones el 13 de mayo de 1980, manifestó: “a partir de marzo de 1976 estábamos enfrentados a un desafío. En la República Argentina se había iniciado un proceso, un cambio de sistemas, un cambio de filosofía integral, que abarcaba los comportamientos individuales y colectivos de toda la sociedad. En nuestro caso había que tomar una decisión empresaria y, con nuestros actos y procedimientos, demostramos cuál era esa decisión. Ford Motor Argentina creyó en el Proceso de Reorganización Nacional porque vió en él el vehículo para que el país se reencuentre con su verdadero camino”.







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