Cultura

ANTONIO DI BENEDETTO / 98 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Cataclismos privados y literatura

A 98 años de su nacimiento, recordamos a Antonio Di Benedetto, el primer escritor secuestrado por la última dictadura militar.

Domingo 1ro de noviembre | 23:41

CÓMO RESUCITAR PARCIALMENTE. Buena parte de los lectores actuales de Antonio Di Benedetto llegó a sus libros en el contexto del rescate de su obra que empezó a principios de los 2000 con la reedición póstuma de sus novelas, sus cuentos y sus crónicas para prensa, material que estaba desperdigado en editoriales de relevancia dispar. Este proceso fue el resultado de una lenta consagración que maduró al interior del propio campo literario. Bolaño lo homenajeó en un cuento imposible de olvidar, Saer dijo de Zama (1956) que era la mejor novela en español del siglo XX y, más acá en el tiempo, el Nobel sudafricano J. M. Coetzee lo instaló con entusiasmo en la prensa angloparlante. Nació hace 98 años, un Día de los muertos, como hoy, en la ciudad de Mendoza.

UNA ESTÉTICA DEL FUTURO. Cuando alguien dice que un narrador cultiva una prosa poética o, con más distinción, que hace del lirismo el principio constructivo de su escritura, nos queda en los labios como un regusto metálico a frase hecha para no abandonar el CBC de Letras. Expresiones así seguro nacieron para tratar de explicar anomalías como esta: “Pido una manguera y es larga como me conviene." . En apariencia mezquina, esta oración elegida al azar (?) de la novela El silenciero de Antonio Di Benedetto, contiene una solicitud, su satisfacción y el examen de ambas acciones. Su talento para proceder de esa manera lo aleja de toda idea de "narrativa poética" y lo acerca a quienes cada tanto actualizan profundamente una disciplina artística.

“Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires” , escribió en Autobiografía, un relato breve de tono confesional que la editorial Adriana Hidalgo rescató en sus Cuentos completos de 2006. Ahí la palabra clave es “pero” . Con esa conjunción adversativa marca distancia ante la posible normalización geográfica de un extranjero y muestra cómo es capaz de inyectar su prosa con el componente activo de la poesía: la plena conciencia de la sintaxis como instrumento formal y semántico.

Fue cronista, corresponsal y crítico de cine en medios nacionales e internacionales.
Fue cronista, corresponsal y crítico de cine en medios nacionales e internacionales.

Su estilo literario, incrustado de laconismo e ironía, pero bajado a tierra con un gentil pudor provinciano, parece una extensión lineal de su personalidad. En agosto de 1986, el periodista Jorge Urien Berri le preguntó qué pensaba que pasaría con su obra cuando él ya no estuviera. Di Benedetto respondió: “No le tengo tanta fe, eh. Lo que subsiste, o puede subsistir, son los rasgos de humanidad, o de humanidad averiada, que yo he tratado de pintar” . Hace un mes subieron a la web la entrevista (completa y remasterizada) que el conductor de TV española Joaquín Soler Serrano le hizo para su ciclo A fondo. Ahí podemos ver a una persona que mantiene una relación fenomenal con el lenguaje sin preocuparse por proyectar una figura de escritor ante la prensa internacional. Mirado con un poco de perspectiva, ese tesoro audiovisual de 92 minutos, bien podría ser un documental sobre cómo pensar y hablar en televisión abierta. El mejor que se haya hecho.

En sus novelas, Di Benedetto inventa una lengua privada para narrar los cataclismos personales de sus personajes. Ensaya una prosa antiperiodística en la que lo más valioso de cada frase es lo que no está en ella. Toda su obra de ficción exhibe una pareja astucia escritural que radica más en la escasez que en la adición. "Mientras espero, tomo un vermut. Dos." : con el monosílabo del final nos anticipa la borrachera que vendrá. En cada vacío sintáctico resplandecen la inteligencia constructiva y la pericia de alguien que usa la gramática claramente a favor de su proyecto estético. “Se diferenció porque alcanzó un conocimiento íntimo de sus materiales expresivos”, escribió Adorno sobre Beethoven.

La cineasta Lucrecia Martel dirigió Zama (2017), la adaptación de la novela de 1956. Fernando Spiner y Juan Villegas también llevaron sus textos al cine.
La cineasta Lucrecia Martel dirigió Zama (2017), la adaptación de la novela de 1956. Fernando Spiner y Juan Villegas también llevaron sus textos al cine.

MORIR EN CUOTAS. En más de un ensayo, Juan José Saer insistió en señalar la dirección que podría haber tomado la obra de Di Benedetto si “la Historia” -es decir, la dictadura- no se hubiera cruzado en su camino. Fue el primer escritor detenido por el gobierno genocida de Videla. Lo secuestraron el mismo 24 de marzo de 1976 en su despacho del diario mendocino Los Andes, del que era subdirector y cronista. En esa oficina escribió también la mayor parte de su obra literaria. Si bien estuvo ligado al Partido Socialista, por el que fue candidato a diputado en Mendoza, su condición de “marcado” le sobrevino por el tono de denuncia con que Los Andes publicó la violencia estatal y paraestatal durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Encarcelado sufrió simulacros de fusilamiento y otras vejaciones que solo podían anidar en la mente afiebrada de la milicia nacional. Sus allegados cuentan que -como queriendo extinguir la usina intelectual desde afuera- todos los días, a la misma hora, le pegaban en la cabeza.

Dado que en la cárcel le rompían todo lo que escribía, él se acostumbró a mandar cartas a una amiga con el siguiente encabezamiento: “Anoche tuve un sueño muy lindo; voy a contártelo” . Lo que seguía eran relatos escritos con letra microscópica que había que leer con lupa. En 1978 los recogió en el volumen Absurdos . Cuando en 1983 publicó el libro Cuentos del exilio , lo dedicó a Heinrich Böll y a Ernesto Sabato en agradecimiento por sus esfuerzos para lograr su liberación. Se fue a Europa ni bien estuvo en libertad. Dio clases en Francia y en España, vivió seis años en Madrid y regresó a la Argentina en 1984. Nunca hizo público su pesar, pero ese año indigno en la cárcel lo destruyó.

LA DEUDA INTERNA. Hoy sus libros se estudian en las universidades, se discuten en los bares, se roban de las bibliotecas públicas, se reeditan, se venden, se prestan y se leen. Aun así la cultura argentina no ha terminado de saldar su falta con él, quizás porque su obra, indemne al reconocimiento regional, lleva consigo el vigor de lo universal.

Antonio Di Benedetto se murió. Pero la vida sigue, por ejemplo, en El Silenciero. O en Aballay. O en Zama. O en El juicio de Dios.







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