Política

OPINIÓN

Carrió, la guardiana moral del encubrimiento

Elisa Carrió suele reivindicar a la filosofa alemana Hannah Arendt, pero como figura política no es más que una vulgar y despreciable representante de la "banalidad del mal" de la derecha republicana argentina.

Sábado 21 de octubre | Edición del día

"La terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes", sentenciaba Hannah Arendt sobre el criminal de guerra nazi, Adolf Eichmann. Para Arendt el genocida nazi era producto de circunstancias históricas concretas y contaba con el aval social de toda una clase dominante que acompañaba como la sombra al cuerpo el régimen de Hitler.

Elisa Carrió suele reivindicar a la filósofa alemana, pero como figura política no es más que una vulgar y despreciable representante de la "banalidad del mal" de la derecha republicana argentina.

Apenas horas antes de que apareciera el cuerpo de Santiago Maldonado en el río Chubut, la diputada dijo que "había un 20 % de posibilidades de que este chico (en relación a Santiago Maldonado) esté en Chile con el RIM” (sic). Y apenas minutos antes de conocerse el hallazgo afirmaba que le iban a pedir perdón, para terminar comparando el cuerpo de Santiago Maldonado con el del colaborador del macartismo Walt Disney. Sí, es la misma que no contenta con la repercusión de sus dichos, pide perdón hipócritamente y se queja de haber sido abandonada de manera oportunista por sus aliados políticos.

Carrió simboliza la filosofía clásica del gorilismo argentino dentro de la derecha empresarial caracterizada por su vulgaridad y falta completa de fundamentos ideológicos. Es heredera de un pensamiento radical que colaboró con las dictaduras militares desde 1955 en adelante: que aplaudió los bombardeos a Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, que fue parte de los comandos civiles que dieron el golpe de la llamada Revolución Libertadora en septiembre del mismo año. Y que aplaudió a Américo Ghioldi cuando éste proclamaba, en defensa de los fusiladores Aramburu y Rojas, que se había acabado la leche de la clemencia, en referencia a los crímenes de los basurales de José León Suárez, retratados por Rodolfo Walsh en Operación Masacre. El mismo pensamiento que llamaba a aniquilar la guerrilla fabril en boca de Ricardo Balbín y que colaboró activamente con la dictadura genocida.

Ella misma juró como funcionaria judicial por los estatutos del Proceso de Reorganización Nacional. Pero además Carrió es la guardaespaldas moral de un Gobierno lleno de empresarios que evaden, fugan capitales y han estafado reiteradamente al Estado argentino, empezando por el mismo grupo Macri. Instigadora de la defensa de un agente de la CIA y la Mossad como Alberto Nisman, defensora del 2x1 a los genocidas y ahora cómplice de un siniestro crimen político, precedido de una desaparición forzada.

Carrió interpreta ciertamente el clamor de una minoría intensa de privilegiados de la pequeña y alta burguesía de la Ciudad de Buenos Aires, que con el afán de gozar de las mieles del individualismo económico pide sangre y represión a boca de jarro.
La candidata capitalina de Cambiemos, su baluarte moral, no es más que la despreciable expresión de la banalidad del mal de una derecha republicana cuyos privilegios considera son la representación del interés nacional, tanto como las propiedades de Benetton y Lewis. Legitimidad puesta en cuestión por los mapuches a los cuales dio su apoyo Santiago Maldonado. Carrio, a tono con la historia del radicalismo, se ha erigido en guardiana moral de un régimen de encubrimiento.








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