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Cargill: elementos de un balance para enfrentar los despidos en Bunge

Mientras publicamos estas líneas, el ataque de las patronales inicia un nuevo capítulo. La patronal de Bunge dejó a 84 familias en la calle en su planta de Ramallo; otro golpe contra los trabajadores aceiteros agremiados en la Federación.

Miércoles 25 de julio | 13:58

Fotografía: Cooperativa de Comunicación La Brujula

Este nuevo conflicto, al que las organizaciones combativas debemos rodear de solidaridad, pone sobre la mesa la necesidad de sacar las conclusiones de la pelea en Cargill en la que los compañeros finalmente quedaron afuera. Contribuir al debate y al balance de este conflicto testigo, pensar junto al activismo los aciertos y los errores es más que nunca necesario para sacar conclusiones y preparar a la vanguardia obrera de la región para las nuevas batallas que ya están empezando. El PTS puso desde el inicio sus fuerzas a disposición y el ataque en Bunge nos encontrará nuevamente junto a los aceiteros.

¿Era posible revertir los despidos? Y en caso de no lograrse este objetivo, ¿era posible ponerle un freno al plan de las patronales de mayores despidos en el sector?

La elección del ataque a los trabajadores de Cargill no es casual y no se explica por un problema económico. Los trabajadores aceiteros vienen de protagonizar enormes peleas. En el 2015 fueron quienes rompieron el techo salarial del gobierno de Cristina Kirchner apelando a métodos combativos que combinaron 35 días de paros y bloqueos de las plantas en la región de San Lorenzo. Frente a gremios que pactan salarios a la baja, mantienen la conquista de un salario inicial igual al Mínimo, Vital y Móvil.

A fines del año pasado y frente a la explosión en la planta de COFCO Puerto San Martín que se cobró la vida de dos trabajadores, el activismo aceitero que responde a la Federación realizó una importante movilización solidaria en momentos en que las patronales pusieron sobre la mesa sus intenciones de avanzar en atacar los convenios colectivos sector por sector.

Frente a este activismo obrero, el gobierno venía manteniendo un constante apriete al no reconocer las autoridades de la Federación elegidas libremente por sus trabajadores. La razón del ataque a los obreros de Cargill y al sindicato aceitero era enviar un mensaje disciplinador al conjunto de los trabajadores de la región. El acampe, los paros sorpresivos, la solidaridad de otras plantas y la persistencia en los meses mostraron la voluntad de lucha de los trabajadores.

Desde el PTS nos pusimos a disposición desde el inicio porque entendimos al conflicto como una lucha testigo: el gobierno y la patronal, en complicidad con la burocracia de Reguera, buscaban asestar una derrota a un sector combativo del movimiento obrero con el objetivo de disciplinarlo para que agachemos la cabeza y pueda pasar el plan de ajuste con la menor resistencia posible. La definición de que si en Cargill ganábamos estaríamos más fuertes para enfrentar la reforma laboral y el ajuste acordado con el FMI era compartida por la conducción de aceiteros y la de los gremios que participaron en el acto del Primero de Mayo como AMSAFE y ATE, ya que correctamente definían a el conflicto no como uno sindical, sino como uno político con alcances y repercusiones para, de mínima, el movimiento obrero regional.

Analizaremos cómo en los hechos esta definición fue dejando lugar a un tipo de conflicto donde los recursos desplegados no se correspondieron con la magnitud del ataque en curso ni con el "frente único de enemigos" que tuvo que enfrentar.

Comienza la pelea

Desde la conducción definieron que el terreno de la batalla se daba exclusivamente en el interior de la fábrica y que el método de lucha sería el de una especie de “guerra de guerrillas” con paros sorpresivos e intermitentes adentro. A estas medidas las sostuvieron los trabajadores con mucha firmeza, produciéndole a la patronal enormes pérdidas en sus ganancias.

Pero si el conflicto no tenía motivos económicos sino más bien políticos, era lógico prever que Cargill iba a estar dispuesta a aguantar lo que hiciera falta y a perder parte de sus ganancias de hoy con el objetivo de aplicar una derrota de mayor alcance y disciplinar a los trabajadores. Y en los hechos fue así: trasladó parte de la producción y el despacho a otras plantas y puertos más alejados y no solo soportó los constantes paros internos sino que contraatacó con dos lockouts, cerrando durante 15 días la planta, paralizando la producción y descontando los días a los trabajadores.

En este marco, limitar el campo de batalla exclusivamente al interior de las plantas acarrea una serie de consecuencias prácticas que van desde desaprovechar el gran capital político que significa el activismo y la militancia aceitera hasta no practicar la unidad en la acción con otros sindicatos y organizaciones para defenderse en mejores condiciones, buscando también disputar la opinión pública contra la patronal.

Por el contrario creemos que es muy necesario en peleas tan difíciles, tener iniciativas para ganar fuerza también fuera de las plantas, apelando a la solidaridad de sectores de trabajadores, la juventud y del impresionante movimiento de mujeres que se desarrollaba y sigue desarrollándose estos días para transformarlo en una gran causa popular de toda la región contra los planes patronales y de los gobiernos.

La estrategia de responder con medidas que sólo afectaran económicamente a una sola empresa resultó insuficiente. Solo en el mes de junio, las cerealeras liquidaron 3225 millones de dólares; el mayor monto de los últimos 10 años. Este poderío económico (y político) de la cerealeras y su relación con la lucha por el salario mínimo, vital y móvil en el año 2015 dejaba planteada según el sindicato la siguiente conclusión: no basta con afectar económicamente a las empresas para ganar. Uno de sus abogados, Carlos Zamboni, lo expresaba de la siguiente manera en el vídeo "Paritaria 2015: La Gran Huelga Aceitera": "no se trata, en la lucha económica y en el capitalismo si solamente pueden pagar o no. El capital, y esta es una enseñanza o mejor dicho una de las conclusiones que demuestra esta huelga, es que son capaces de tener 160 barcos parados durante un mes, perdiendo 40 o 50 mil dólares de multa por día, cayéndoseles contratos internacionales de comercio exterior donde hay multas muchísimo más grandes; asumir todos estos costos. El capital es capaz de asumir todas estas pérdidas para derrotar políticamente al movimiento obrero."

Si esta conclusión fue válida para una pelea donde cortando el acceso a las cerealeras de San Lorenzo en el 2015 se afectó económicamente al conjunto de las patronales (lo que relativiza la no eficacia de golpear las ganancias empresariales) resulta evidente el contraste con esta lucha, donde no se utilizaron algunos de los recursos desplegados en el 2015. Y lo mas importante quizás: en la histórica pelea del 2015, después de 35 días de paros y piquetes que logran torcerle el brazo al conjunto de las patronales conquistando un aumento que alcanzaba el 36 %, es el gobierno de CFK con Kicillof en Economía y Tomada en Trabajo quienes se niegan a homologar este aumento porque volaba por los aires el techo paritario fijado por el gobierno.

En este momento crucial, es decir cuando el conflicto pasa a ser eminentemente político, la decisión es mantener la ofensiva y al cabo de mantener la paralización de los puertos por cinco días más es que logran torcerle también el brazo al gobierno de CFK. Por supuesto que también podría haber terminado con un resultado más modesto al obtenido (no se trata de hacer balances triunfalistas, ni derrotistas), pero la moral con la que salieron los combatientes obreros no se define solo por el resultado, sino por la audacia, las convicciones y los recursos desplegados en la lucha. En términos populares se dejó todo y eso, aunque sea en las malas, siempre deja otro sabor. Era necesario que esta vez los métodos de lucha partieran del piso de la pelea del 2015, buscando radicalizar las medidas para derrotar el plan. Queda flotando la pregunta de por qué en una situación mas difícil se hizo menos que aquella vez.

Las asambleas y la democracia obrera

En toda huelga los contrincantes tratan de no mostrar todas las cartas al enemigo para guardarse algunas según la conveniencia de la lucha. Y es absolutamente lícito buscar las formas para que el enemigo no se entere. Pero esos recaudos necesarios no pueden contrariarse con la posibilidad plena de debatir, mocionar, reflexionar y decidir en las asambleas. A falta de un nombre mejor, llamaremos "secretismo" a este argumento que, transformado en un método permanente, degrada la democracia obrera transformándola en una "democracia plebiscitaria", ya que aunque la forma es asamblearia y se levanta la mano, lo que se vota permanentemente es mandatar a la directiva para que decida cual es el mejor camino. En la lucha de clases, manejarse como un ejército regular donde los soldados obedecen las órdenes que reflexionan, debaten y planifican los generales no es un buen consejo, justamente porque entre otras cosas se necesita del mayor grado de reflexión y argumentación que hacen a la conciencia colectiva y flexibilidad para balancear y cambiar de rumbo si fuera necesario.

Entendemos que la única forma de que cada vez mayores sectores de trabajadores tomen la defensa de sus compañeros en sus manos, empieza por sentirse parte en la reflexión y la toma de decisiones. Sin debate, sin una fraternal lucha de ideas, no solo no se puede contrarrestar a los sectores más escépticos e individualistas que fueron surgiendo al calor de los lockouts y los descuentos que aplicaba la patronal para dividir, sino que se desvalorizan a sus sectores más combativos.

Momentos bisagras

Compartiendo los meses en el acampe se podía ver como con el primer lockout la patronal empezó a sembrar el miedo y a dividir a los trabajadores. Así fue que en la asamblea en Punta Alvear hubo que discutir qué política tener con quienes empezaron a plantear hacer otro tipo de medidas frente a los descuentos; un sector con miedo empezaba a dudar de las perspectivas de lucha. No solo no se les dió respuesta sino que no se impulsó ninguna medida contundente frente a los primeros descuentos. Es así que la patronal se envalentonó e impuso un nuevo lockout de 10 días más. Ese fue un momento bisagra en el que se empezó a dividir la base y no hubo medidas que fortalecieran al activismo y convencieran a los dudosos de que había un plan de lucha preparado.

Así se llegó a otro momento clave: la firma del acuerdo salarial sin incluir en el acta el problema de los despedidos. Al no problematizarse esta cuestión en la asamblea, se dio otro paso voluntario o involuntario en separar la lucha del conjunto de la base aceitera del activismo de Cargill. O dicho de otra forma: se separó la lucha económica de la lucha política cuando era más necesario que nunca rescatar de su propia historia el momento bisagra de la gran huelga del 2015.

Transitamos este momento también con una sensación contradictoria ya que si bien se habían conseguido (con 12 horas de huelga de la Federación) además del aumento salarial, la homologación de acuerdos anteriores y sobre todo la certificación de autoridades con la que chantajeaba el gobierno al sindicato, todas esas conquistas no estaban puestas en función de discutir y resolver cómo ir por más, redoblando fuertemente la lucha. Tampoco se intentó de mínima dar cuenta de los resultados obtenidos en relación a los despidos y considerar algún cambio en la estrategia en el marco de que habían pasado 3 meses.

Y finalmente se continuó en esa misma sintonía cuando pese a que cientos de obreros de distintas plantas se concentraron en Cargill el 18 de Mayo -el día del paro aceitero contra los despidos- la conducción acató la conciliación obligatoria sin tener un plan alternativo. Los centenares de obreros que se dieron cita esa mañana en VGG y con firmeza querían parar para frenar los despidos en Cargill nuevamente se quedaron sin un claro norte hacia donde volcar su experiencia. Ésta fue la última medida de lucha hasta que se levantó el acampe el domingo 15 de julio.

En resumen: la estrategia de medidas sindicales, con eje exclusivo en el “adentro” llevó a que en 6 meses de lucha el sindicato realizara un solo día de paro aceitero y una sola movilización en la ciudad de Rosario reclamando contra los despidos. La promesa de llevar el conflicto a Puerto San Martín, donde la patronal posee otra planta a la que desvió la producción, nunca se concretó.

La estrategia de paros sorpresivos también significó que el activismo aceitero, que es amplio y extendido a varias plantas, no tuviese tareas: la forma de las asambleas, donde las propuestas de resoluciones eran mandatar que resuelva la directiva y la convocatoria a las medidas siempre manejada con secretismo, dejaba a la base a la espera y, en vez de construir más activismo, con el paso del tiempo produjo -se quiera o no- más incertidumbre y pasividad.

Nuestras propuestas

Desde el inicio del conflicto pusimos nuestras fuerzas a disposición de la lucha por la reincorporación de los despedidos planteando a su vez nuestras propuestas para ganar, empezando por poner de pie un fondo de lucha. Nuestro diputado Nicolás del Caño se acercó el 5 de abril junto a Octavio Crivaro para poner su banca a disposición y entregar un aporte para el fondo de lucha.

Desde el PTS reunimos alrededor de 60 mil pesos y realizamos dos torneos solidarios de fútbol junto a centenares de trabajadores y activistas, pero el fondo de lucha prácticamente no fue impulsado cuando muchas organizaciones sindicales con miles de afiliados declaraban su solidaridad. Desarrollarlo era una tarea central, no solo por las razones obvias de no quebrar la lucha por hambre, sino porque podía ser el puntapié para buscar el frente único obrero. Una táctica más que necesaria para romper el aislamiento y defenderse de los ataques del capital.

¿Acaso no estaba planteado por ejemplo una acción solidaria, política, cultural, pero también económica por parte de un sector sustancial los 18.000 docentes del departamento Rosario, esos mismos que educan a nuestros hijos y que durante gran parte del conflicto aceitero estuvieron peleando en las calles? Podría haber sido una política central y activa del Sindicato para contrarrestar las presiones económicas de la empresa, para desarrollar la solidaridad de miles y miles en todo el sur santafesino, para visibilizar el conflicto y comprometer en términos efectivos a quienes enunciaron su solidaridad. Una política así, incluso independientemente del resultado de la lucha, hubiera sido un gran aporte a la tradición de lucha de la clase obrera, dejando una enseñanza imborrable para el conjunto de los y las trabajadoras de la región.

Al ser un conflicto donde la patronal y el Estado (y la burocracia de Reguera) buscaban disciplinar a los trabajadores para avanzar con el ajuste, se imponía la necesidad de desarrollar un Frente Único Obrero, uniendo fuerzas para defenderse en las mejores condiciones posibles y organizar la fuerza obrera necesaria para derrotar el plan de ajuste del gobierno. El desarrollo de medidas audaces, buscando la simpatía de la población denunciando el rol patronal, el ajuste curso, al gobierno nacional y reclamando al provincial un pronunciamiento y medidas contra la empresa (o que de lo contrario también pague los costos políticos de los despidos discriminatorios y antisindicales) podía permitir acumular la suficiente fuerza para pasar a la ofensiva y obligar a tomar medidas concretas sectores sindicales que fortalecieran la lucha.

Se trataba de plantear la necesidad de una pelea común frente a los ataques en curso a todos los sindicatos aliados con medidas concretas que unifiquen los reclamos de trabajadores aceiteros junto a los de los docentes, estatales, bancarios, etc. Desarrollar una fuerza obrera poderosa que atraiga incluso a los trabajadores de otros gremios donde las conducciones mantienen una tregua cómplice con el ajuste. Por eso, a una semana del acto del 1ro de mayo en VGG levantamos "Una propuesta para la unidad en la acción, por el triunfo de Cargill y de todas las luchas, para anular los tarifazos, frenar la reforma laboral y defender el salario". Este material fue distribuido junto a otros entre los trabajadores de distintas plantas a lo largo del conflicto con la convicción de aportar al triunfo del mismo.

Siguiendo el ejemplo de los trabajadores del Posadas y de Río Turbio -que lograron la reincorporación de los 171 despedidos-, siempre planteamos la necesidad de dar convocar a un gran plenario abierto en apoyo a la lucha de Cargill para organizar una coordinación efectiva que reagrupe a los sectores de base mas activos y solidarios. Tampoco fueron convocados para unificar la pelea los sectores gremiales como Camioneros de Pablo Moyano y Bancarios de Palazzo, sectores que participaron del Congreso Aceitero de marzo y que, si impulsaban medidas de apoyo concretas, podían fortalecer la pelea.

Era necesario desarrollar una política de acciones contundentes y de denuncia constante del rol de estas multinacionales cerealeras, que amasan fortunas hundiendo a millones de trabajadores argentinos en la miseria con la remarcación de precios, las corridas cambiarias y la fuga de capitales. La bronca contra el ajuste y los tarifazos ponía sobre la mesa de la necesidad de una política hacia la comunidad, señalando a Cargill como una devaluadora serial contra el conjunto de la población. Durante el desarrollo del conflicto, barrios rosarinos protestaron por la contaminación producida por las cerealeras. Llevar la lucha a estos sectores y tomar sus reclamos podía permitir aglutinar a los miles de jóvenes, mujeres y trabajadores que rechazamos el plan de ajuste de Macri, Lifschitz y el FMI.

También durante el desarrollo del conflicto, la pelea de las organizaciones de mujeres por sus derechos y por terminar con las 300 muertes por año por abortos clandestinos cobró un enorme peso y logró imponer en la cámara de diputados la media sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Las compañeras obreras expresaron estas demandas impulsando asambleas de mujeres y marcharon en una destacada columna el 8 de marzo. Buscar confluir con este fenómeno ascendente, poniendo en pie una Comisión de Mujeres permanente que impulsara sus propias actividades hubiera potenciando las fuerzas propias, ligando la lucha a un reclamo de masas.

Frente a los lockouts y al desvío de la producción planteamos la necesidad de profundizar las medidas. La patronal buscó dividir a la base obrera y la ausencia de una respuesta contundente no fortaleció al activismo ni ofreció una perspectiva convincente de lucha para minimizar a los dudosos. Era necesario llevar el conflicto a Puerto San Martín, impidiendo la descarga de cereales a la planta de Cargill y demás Aceiteras. Las fuerzas de los trabajadores y las organizaciones solidarias estaban a disposición de sostener los piquetes, pero este método, clave en el triunfo del 2015, no se aplicó.

La pelea en Cargill fue un primer ataque ofensivo contra este sector estratégico de la clase obrera argentina. Mientras escribimos estas líneas con la intención de contribuir al necesario rearme de las fuerzas obreras, las patronales pasan a la ofensiva con nuevos despidos en Bunge. Este movimiento quizás explique mejor las resultantes en la relación de fuerzas entre uno y otro bando tras la derrota de Cargill. Pero se equivocan las patronales si creen que este segundo round será como el anterior. Los trabajadores aceiteros están obligados a levantar la cabeza mas que nunca y a buscar los caminos para frenar los despidos. Tenemos confianza en que podrán reponerse y desplegar las fuerzas que mancomunadas junto a todos los sectores que los apoyan pueden no solo frenar los despidos sino también abrir un camino para derrotar el ajuste.

Desde el PTS ponemos a disposición estas ideas para enriquecer el debate y discutir las conclusiones de esta pelea; fundamental para rearmar a la vanguardia obrera y prepararnos para las luchas por venir.







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