SEMANARIO

Caparrós: detrás del imaginario de la patria

Giorgina Lo Giudici

reseñas

A propósito de Todo por la patria, la última novela de Martín Caparrós (Editorial Planeta).

La Argentina después de la muerte de Perón en Los Living, la sangrienta construcción del Estado nacional durante el siglo XIX en su peculiar biografía de Echeverría, la década menemista en Amor y anarquía; Martín Caparrós nos tiene acostumbrados a lo que es su especialidad: reconstrucciones –muchas veces polémicas– de ambientes sociales y culturales con los que contextualiza sus novelas y ensayos.

En este caso es el turno de la década infame, del agotamiento del modelo agroexportador y del pacto Roca-Runciman. Aunque para 1933 –el año en que Caparrós ambienta la novela– ya había pasado lo peor de la crisis, aun la clase trabajadora vivía ahogada en penurias, miseria y privaciones, profundizadas por un régimen político proscriptivo y fraudulento abierto con el golpe de 1930, el primero de la Historia argentina.

Como esas cosas que nunca se alcanzan

El derrumbe de la economía mundial que significó la crisis de 1929 siempre nos llegó representada por imágenes –por demás de impactantes– de suicidios de corredores, largas filas de desocupados, ollas populares en Estados Unidos, niños malnutridos. Pero, ¿qué pasaba en una ciudad como Buenos Aires en ese momento? ¿Cómo era la vida cotidiana de un tipo común y corriente en la década del ‘30? Caparrós te lo cuenta con las andanzas de Andrés (en realidad y, aunque pocos lo saben, Andrea) Rivarola, un hijo de inmigrantes criado en Barracas que, habiendo abandonado el hogar materno –al que regresa solo para degustar las comidas de “la vieja”– se mueve como pez en el agua, buscando aventuras en los boliches del centro.

El sueño del pibe

La crisis no da tregua y Rivarola –el “Pibe”–, un muchacho de clase obrera capaz de vivir en la piecita más diminuta con tal de que sea en el centro, mitiga el calor de una madrugada pegajosa jugando carambolas y tomando cerveza fresca en el subsuelo de Los 36 billares en Avenida de Mayo. En la intimidad escribe letras de tangos porque se le da bien la pluma, razón suficiente para que sus amigos y su madre lo alienten a convertirse en periodista de profesión. Rivarola tiene talento, pero además –y, sobre todo– podría sentar cabeza consiguiendo lo que cualquiera en su sano juicio considera un buen laburo. Es un “busca”. Patea el centro porteño y se las arregla para conseguir diariamente las monedas justas para el café con leche de desayuno en lo del “Gallego”, un par de porciones de muzza y alguna que otra jarra de tinto con soda. Se lamenta, como muchos de su tiempo, de no contar con dinero suficiente como para poder comprarse los discos de tango que se lanzan casi semanalmente. Es que Caparrós elige como escenario de su “thriller histórico” una época en la que el tango está vivo, aparece en todos lados y dice no pocas cosas. Es la época de Enrique Santos Discépolo, el compositor que, con tangos emblemáticos como “Yira, Yira” o “Cambalache”, supo pintar de cuerpo entero ese universo social “sombrío” del que habla el historiador Daniel James [1].

Que tengo más tiro que el gran Bernabé

El fútbol, que también hace lo suyo y en tiempos difíciles viene a salvarle las papas a más de uno, es parte importante en este relato. Bernabé Ferreyra, el jugador más cotizado del momento e ídolo de River Plate, desaparece de la Capital después de una discusión por su millonario contrato, dejando plantados a los dirigentes del club y, naturalmente, decepcionando a los hinchas. Los diarios no hablan de otra cosa. Rápidamente su desaparición se relaciona con el asesinato de la hija de un oligarca de Barrio Norte, cercano a la Liga Patriótica, que se lamenta de que la patria, que tanto esfuerzo costó construir, se haya llenado de “sapos de otros pozos” que solo buscan hundirla. Rivarola, amigo del dealer de “la Fiera”, encuentra la excusa perfecta para caminarse todo Buenos Aires investigando el crimen y tratando de ayudar a Ferreyra. Acompañado por Raquel Gleizer, musa inspiradora de sus tangos que no pierde oportunidad de cuestionar el machismo de Rivarola, termina involucrado en una compleja historia de corrupción e impunidad que incluye entreveros con las mafias ganaderas, las dirigencias futbolísticas y, a partir de su ingreso –por ahora, fugaz– al Diario Crítica de Natalio Botana, también con los medios de comunicación gráficos.

Pobre muchachito rico, pobre pibe cajetilla

El Pibe Rivarola es un tipo sensible que escribe tangos (solamente las letras, música no sabe escribir) porque es un lenguaje que entiende y que lo motiva. A través de Raquel, que trabaja para la pequeña editorial de su tío, se va adentrando en un mundo nuevo que lo atrae pero lo incomoda: el mundo de los escritores –en realidad, aspirantes a escritores– del grupo de Victoria Ocampo, que se juntan cada tarde en la confitería Richmond. Intimidado por esta gente que, para él, tienen muchas letras pero poca calle, Rivarola –para quien una cita ideal es compartir una milanesa a la napolitana en lo del tano La Grotta– se enorgullece de no ser ningún “galerita” y se da el lujo de escribirle un tango –poco amistoso, por cierto– a un joven y tímido Jorge Luis Borges, que, para un pibe como Andrés no es más que un “pobre gil”.

Yo soy del treinta, yo soy del treinta

Plagado de un vocabulario canyengue que ilustra bien el espíritu de época, la novela de Caparrós –que el autor culmina con un sugestivo “continuará...”– atrapa y deja con ganas. Tango, fútbol, nacientes grupos literarios y mucho lunfardo son los ingredientes clave que dan forma a este singular policial, cuyo tema central no es más que la –muchas veces, sangrienta– búsqueda de un imaginario de patria que meta a todos (a los que ya estaban y a los que vinieron), “en un mismo lodo”, de una vez y para siempre. Afortunadamente, el pibe Rivarola llegó para quedarse, y será el protagonista de lo que promete ser una saga.

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NOTAS AL PIE

[1James, Daniel, Resistencia e integración: El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2010.
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Giorgina Lo Giudici

Nació en Rosario, provincia de Santa Fe, en 1985; vive hace 5 años en la ciudad bonaerense de San Nicolás. Es militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y en estos momentos se encuentra finalizando el profesorado de Historia. Fue coordinadora del equipo de traductores y traductoras del libro de Harold Walter Nelson titulado León Trotsky y el arte de la insurrección (1905-1917), Ediciones IPS-CEIP.
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