Política

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Cambiemos en el laberinto de los manzanares

En el Gobierno no tienen idea de qué pasaría si Cristina va presa. Ni siquiera saben qué objetivos tiene Bonadio. Esa incertidumbre no es buena. Menos si el juez ordenó detener al contador de los Kirchner.

Daniel Satur

@saturnetroc

Sábado 22 de julio | Edición del día

“Están todos pidiéndole un penal a Bonadio, le están diciendo a Bonadio ’cobrá un penal, y patealo vos’”. Con esa metáfora, Jorge Asís grafica, según su visión, la situación del gobierno de Mauricio Macri, calificándola de frágil y necesitada de que su adversaria política, Cristina Fernández de Kirchner, esté presa antes de las elecciones.

De acuerdo con ese análisis, la debilidad de Macri sería inversamente proporcional a la decisión del juez federal para avanzar cada vez más sobre la expresidente. Cuanto más apriete Bonadio al entorno de Cristina, dicen, más la aprieta a ella misma y más se beneficia el oficialismo.

Pero hay quienes hacen otras lecturas de lo que sucede en la Argentina postkirchnerista. Para el periodista Alejandro Bercovich de Bae, por ejemplo, “el establishment empezó a evaluar seriamente las consecuencias para la gobernabilidad y los negocios de un eventual encarcelamiento de Cristina Kirchner antes de las elecciones de octubre”.

Si Bonadio va a cobrar o no penal contra Cristina es, al momento, difícil (e inútil) de evaluar. De hecho los confidentes mediáticos del juez tienen poco y nada para decir al respecto. Ni Clarín ni La Nación están anticipando nada, con las ganas que tienen.

Pero lo que sí se puede asegurar es que el juez federal tiene muchas ganas de ahogar en llantos a la exmandataria. Quizás no de liquidarla, pero cuanto menos de doblegarla y neutralizarla.

No, manzana

La detención y alojamiento en el Penal de Marcos Paz de Víctor “Polo” Manzanares, el contador privilegiado de la familia Kirchner, acusado de manipular cuentas bancarias para desviar, en beneficio de sus empleadores, dinero que debía ser incautado judicialmente, es un hecho sin precedentes.

La conmoción al ver al hombre esposado, con chaleco antibalas y casco (igual que Jaime, que Báez, que Milaniy que Lopecito) no sólo la padecieron sus familiares cercanos. Un escozor elemental y comprensible se apoderó de la candidata a senadora de Unidad Ciudadana y de sus herederos.


Foto DyN

El tipo, bien aprovechado, puede representar varios De Vido juntos. Porque si bien el exministro de Planificación tiene mucho para incriminar a su exjefa, no deja de ser un exfuncionario político individual. Pero Manzanares no sólo se sentaba a discutir mano a mano con Cristina y Máximo los pasos a seguir, sino que no movía una pieza ni ponía una firma sin el acuerdo y, a veces, la orden directa y expresa de ambos.

Manzanares podría ser el “arrepentido” que pide a gritos gran parte del arco antikirchnerista (se exceptúa a los millones de trabajadores que no votaron al Frente para la Victoria y al Frente de Izquierda). Pero no menos probable que eso es que si el contador se dispone a darle a Bonadio un porcentaje ínfimo de la información que posee sobre el pasado y el presente de la familia santacruceña, quizás se esté al borde de una crisis de proporciones, cuyas consecuencias ya no sean del agrado de las clases dominantes.

Pero Manzanares también podría seguir los pasos de los otros esposados, enchalecados y de casco. Es que no sólo su familia tiene mucho para perder si él decide hablar y algunas de las múltiples sospechas que tiene gran parte de la población se confirman. Son muchos los apellidos que directamente estarían expuestos a sufrir las heridas de un malogrado dominó. E incluso también serían muchos los que padecerían similares males aún careciendo de relación con el elenco del gobierno anterior.

Si algo prevalece en una sociedad de clases, pase lo que pase, es el interés de clase. “Si cae Cristina al otro día podemos caer cualquiera de nosotros. ¿Quién de nosotros no hizo cosas iguales o peores que ella? No jodamos”, dijo un alto ejecutivo de un banco entre canapés y saladitos durante el festejo del 163° aniversario de la Bolsa de Comercio.

Y comentan que mientras se clavaba un snack un gerente de una empresa alimenticia le respondió “entre los Kirchner y PepsiCo, que tiene menos tacto que una papa frita, no estamos para joda”. Así, el ya emblemático conflicto entre una patronal brutal y cientos de obreras y obreros decididos a defender lo que les pertenece se coló en la agenda política y está haciendo repensar estrategias, tiempos y caracterizaciones a quienes manejan la riqueza social.

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Bonadio sueña con ser el Sergio Moro porteño, pensando en emular al juez brasileño que pasará a la historia por haber osado tener cierto juego propio dentro del decadente régimen político brasileño (a las órdenes, claro, del imperialismo estadounidense). Pero, se puede coincidir con Bercovich, las diferencias entre ambos “son notables, tanto entre las carreras y perfiles de Moro y de Bonadio como entre las situaciones políticas a un lado y otro de la frontera”.

Vaticinar qué hará Bonadio con sus deseos e ilusiones carece de sentido y de certeza. No así dar cuenta de algo ya irreversible: quien le manejó los negocios, los números y las cuentas bancarias a Néstor y Cristina durante años ahora hizo el “pianito” en los tribunales de Comodoro Py, donde este viernes le tomaron todos sus datos y lo notificaron de que estaba en prisión preventiva.

El abogado Carlos Beraldi, defensor de la familia Kirchner, no tardó ni cinco minutos para pedir la excarcelación inmediata de Manzanares. Pero Bonadio se la negó. Rápidamente Beraldi apeló ante la Cámara y ahora se espera una audiencia donde se resolvería la cuestión.

Obviamente no es lo mismo si Manzanares sigue preso (como Jaime, Báez, Milani y Lopecito) que si el contador puede desplazarse de Buenos Aires a Río Gallegos, de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Paradójicamente, quizás de ese detalle dependa el desenlace de esta historia recargada de plata y poder. Y con ese desenlace, el devenir político de los próximos años en Argentina. Algo nada menor, teniendo en cuenta que hay toda una clase social (nacional y multinacional) que espera tener un poco de “seguridad” para sus negocios (léase ajuste y flexibilización laboral) y al mismo tiempo no quiere que se revisen sus libros y bolsillos (léase corrupción por todos los costados).

Frente a una casta política, agente del empresariado, que encima dirime obscenamente sus internas ante los ojos de millones de trabajadoras y trabajadores, es posible contraponer una perspectiva política y económica diametralmente opuesta.

El programa del Frente de Izquierda no deja margen para que unos pocos se apoderen de todo lo que pertenece al conjunto de la sociedad. Un gobierno de la clase trabajadora podría administrar la riqueza en beneficio de las mayorías. Esas mayorías que hoy no llegan a cubrir sus necesidades mientras un puñado de políticos ricos cocinan sus chanchullos.








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