Política

EDITORIAL

Cambiemos, el peronismo y la verdadera grieta

Fisuras patronales y acuerdo estratégico. El peronismo: de “Don Carlos” a Techint. Los programas detrás de la reconfiguración del escenario político.

Fernando Rosso

@RossoFer

Miércoles 14 de septiembre de 2016 | Edición del día

El atolladero en el que se encuentra el plan económico del Gobierno provoca incipientes fisuras entre los dueños del país. No son programas alternativos claramente definidos. Hay matices, zonas grises y fronteras comunes entre las distintas fracciones de las clases dominantes. Pero sus orientaciones empiezan a determinar la disputa política, que no es otra cosa que la economía concentrada.

El gobierno de Mauricio Macri y Cambiemos se recuesta sobre el capital financiero y bancario, el complejo agroindustrial y la apuesta a la apertura de la economía al capital internacional. El llamado foro de Mini-Davos, que se desarrolla en el Centro Cultural Néstor Kirchner es un intento de cautivar a los reticentes inversores del mundo sobre las precarias posibilidades argentinas.

El ministro de Hacienda, Alfonso de Prat-Gay, graficó con la honestidad bruta que a veces lo caracteriza, el objetivo último del plan del oficialismo: "El empresariado local tiene que saber que hay un plazo de cuatro años para hacer dieta y gimnasia, y prepararse porque después vendrán los juegos olímpicos y tendrán que competir con el mundo".

El Mini-Davos pretende ser un pre-olímpico clasificatorio hacia esa etapa presuntamente más competitiva de la Argentina que vuelve al mundo. Prat-Gay explicó la receta de la dieta de la siguiente manera: “Queremos que los empresarios recorran los pasillos de sus fábricas imaginando cómo ser más productivos antes que caminen los pasillos del Ministerio de Hacienda".

Cualquier trabajador sabe dónde empieza y dónde termina la “imaginación” empresaria cuando busca mayor productividad: aumento de los ritmos de trabajo, desvalorización del salario y mayor despotismo patronal.

La inmensa mayoría de los empresarios comparten un consenso sobre las medidas esenciales que tomó el Gobierno: la liberación del “cepo”, la baja o quita de retenciones al agro, así como lo que llaman el “sinceramiento” de las tarifas.

Sin embargo, el programa del macrismo, llevado hasta el final, implica una reconfiguración de la estructura de la economía nacional donde también se verían afectados intereses de otra segmento patronal: desde el amplio universo catalogado como de pequeñas y medianas empresas hasta monopolios como Techint que protestan contra la apertura (sobre todo a los productos de China), para proteger sus intereses.

Estas divergencias se mostraron en los eventos por el Día de la Industria, donde los referentes de la Unión Industrial Argentina (UIA) presentaron sus quejas y demandas.

Las dos orientaciones en ciernes no se definen, como dicta el sentido común “nacional-populista”, por la mayor presencia o ausencia del Estado. Son dos formas diferentes de orientar la acción del mismo Estado que -como el sol- aunque no lo veamos, siempre está.

Los senderos que se bifurcan

La liberación cambiaria y la devaluación produjeron una estampida inflacionaria (hoy calculada en 40-45 % anual). Para contener el alza de los precios, el Banco Central aplicó una política de altas tasas de interés que encarecieron el crédito y alentaron la especulación. La combinación de esta medida y la baja del consumo por la carestía de la vida, enfriaron la economía. La inflación en dólares está en la base del crecimiento de las importaciones de productos de consumo final que aumentaron en términos relativos con respecto a los bienes de capital, en el marco de la recesión.

Este combo, combinado con los tarifazos, hizo resurgir las voces de sectores industriales en pos de una nueva devaluación y la exigencia de protección para la industria. Cristiano Ratazzi de Fiat fue uno de los que planteó abiertamente la necesidad de ajustar el dólar y llevarlo hasta los $ 20.

Una medida de esas características volvería a fogonear la inflación, hoy contenida por la recesión y por las resoluciones judiciales que tienen parcialmente pisado el tarifazo para clientes residenciales.

El aumento relativo de la importación, las nuevas tarifas -eléctrica y del gas- para comercios e industrias y el encarecimiento del financiamiento minaron las ganancias de una fracción de los empresarios.

Ese sector relativamente afectado reclama (y a la vez negocia) con el Gobierno y el peronismo se juega a representarlo en el terreno político. El acuerdo entre Daniel Scioli y Sergio Massa en torno a la propuesta de suspender las importaciones por tres meses, expresó la disputa por erigirse en voceros de ese conglomerado patronal.

El relato del peronismo en sus diferentes alas (republicana-massista, renovadora-pejotista o populista-kirchnerista) resalta la “defensa del trabajo argentino” y de las pequeñas y medianas empresas (Pymes) para edulcorar este programa. Cuando se habla de las Pymes hay que leer una forma eufemística y difusa de apuntalar a la famosa “burguesía nacional”.

La propuesta del peronismo -que tiene un liderazgo en disputa- es una coalición social que va desde los Don Carlos (el famoso pequeño patrón de la propaganda), muchas veces más rabiosamente explotador que los grandes, dirigidos por “nacionalistas” como Techint, cuya única patria es la ganancia.

Las dirigencias sindicales quieren incorporar a los trabajadores a esa coalición policlasista. El tono y el programa que le imprimieron a la Marcha Federal las conducciones de las CTA, o los documentos que emite el nuevo vandorismo ilustrado de alguno de los referentes de CGT unificada, está en congruencia con los reclamos de ese universo patronal (ver Luz amarilla, Juan Carlos Schmid, Revista Panamá, 8/9). También las reuniones que tiene el flamante triunvirato cegetista con intendentes del peronismo o recientemente con la cúpula de la UIA.

El kirchnerismo se postula como un tendencia radical de esta coalición aun sin conducción clara, pero que busca jefe para su “nueva mayoría”. Cristina Fernández le puso el rótulo a la estrategia, aunque su predicamento esté en caída dentro del peronismo. Nadie es profeta en su tierra, sobre todo después de ser la madre de todas las derrotas (y de José López).

El enemigo común

Tanto los que impulsan la “apertura al mundo” como los que reclaman la protección de sus industrias tienen una agenda común: disparen contra la clase obrera.

La salida en la que acuerdan incluye medidas como la ley de empleo joven, una forma de precarizar a la juventud, el “cepo” al reclamo judicial por los accidentes laborales e incluso una reforma que aumente la edad jubilatoria. Así como la consolidación de la pérdida del poder adquisitivo del salario que se produjo durante este año, con el intento de evitar la reapertura de las paritarias.

La cautela con la que el Gobierno se maneja para avanzar en este programa, así como los vaivenes del tarifazo se deben a la relación de fuerzas y al temor a la resistencia obrera. La amenaza de un paro por parte de la CGT, responde a esta situación y en todo caso, en forma y contenido, la medida apuntará a descomprimir la bronca, pero sin enfrentar de lleno al ajuste con la resolución que las circunstancias requieren.

Un programa de verdadera y elemental defensa nacional debe incluir el monopolio estatal del comercio exterior y la nacionalización de la banca bajo control de los trabajadores. No para encauzar los recursos nacionales hacia el subsidio de las ganancias de “pequeños” o grandes déspotas patronales, sino para usarlos en un plan que favorezca a las grandes mayorías.

La expropiación y la nacionalización del petróleo y el gas, también bajo control obrero, industrias que hoy son subsidiadas mediante los tarifazos, sería otra forma de frenar el saqueo que condujo a la actual crisis energética. La defensa del trabajo y los ingresos, con el reparto de las horas laborales sin reducción salarial y con un ajuste de acuerdo a la inflación real, es una medida básica de autopreservación de los trabajadores. Así como la expropiación bajo gestión obrera de toda fábrica que cierre o despida.

Tanto la alianza de los neoliberales que hoy gobiernan, como la coalición en construcción para que los trabajadores se subordinen por intermedio del “relato pyme” a la presunta “burguesía nacional”, tienen intereses que lo llevan a chocar de frente con los trabajadores y los sectores populares.

El Frente de Izquierda es una herramienta importante para fortalecer una “tercera posición”. Una fuerza política independiente de los trabajadores que se oponga al nuevo intento de subordinar su fuerza social a los intereses políticos de sus enemigos de clase.








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