Cultura

[Entrevistas] Tras las huellas de Sarmiento

Caló: “Sarmiento, el intelectual de una clase en formación, al inicio de la consolidación del capitalismo nacional”

Primera entrega de una serie de entrevistas que iniciamos con el fin debatir algunos campos poco visitados de la historia y la realidad política actual.

Miércoles 11 de septiembre | 00:00

LID: ¿Qué representa Sarmiento en la historia nacional?

Liliana O. Caló: Sarmiento es sin dudas un personaje polémico de la historia del siglo XIX argentino. Político, gran escritor y periodista, su biografía fue incorporada a la narrativa de legitimación de la clase dominante como parte de la iconografía escolar, asociada a la universalidad de la escuela básica y el papel del Estado en la educación.

Su apuesta educativa - que abordó además la formación de docentes, el desarrollo de bibliotecas y la construcción de escuelas- apuntaba a sentar las bases de la unidad nacional y de una sociedad letrada adaptada a las condiciones que exigía el modelo productivo que proyectaba para el país. Su modelo de desarrollo económico era el de los farmers norteamericanos. Había estado en ese país en dos oportunidades en 1847 y entre 1865-1868. Apostaba a que la oligarquía porteña promoviera el rumbo de la modernización capitalista independiente, fomentando la pequeña producción agrícola y la elevación del nivel cultural de las masas. Pero la oligarquía porteña, como la historia del siglo XIX dejó en claro, optó por la concentración latifundista y la sumisión al capital extranjero, asegurando su posición privilegiada contra el desarrollo y la autonomía del país.

Estas contradicciones de su ideario, comenzando por la clase a la que estaba destinado, no pueden hacernos olvidar la que fue su contribución política, durante su presidencia, al frente del gobierno nacional. Sarmiento depositaba en la oligarquía porteña, especialmente luego de la caída de Juan Manuel de Rosas, el liderazgo necesario para el progreso nacional, en el que la eliminación del caudillismo, al que definía como símbolo del atraso y la barbarie, era condición indispensable para la estabilidad política y legitimó en nombre de lo que llamaba civilización, el exterminio y la persecución a los gauchos. En ese sentido, no se apartó de las urgencias políticas de la elite porteña. Así quedó de manifiesto frente a uno de los conflictos claves del siglo XIX argentino, la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay que, promovida por Gran Bretaña e iniciada por Mitre, buscó disciplinar la expansión autónoma del capitalismo paraguayo, convertido en un ejemplo alternativo al de Buenos Aires. O su labor al servicio de fortalecer las fuerzas del Estado nacional en formación, frente a la amenaza de las montoneras, para reafirmar quién detentaba el monopolio de la fuerza en el país, promoviendo la creación del Colegio Militar en 1870 o la Escuela Naval Militar en 1872 para su profesionalización.

Los historiadores liberales que lo evocan como el “padre del aula" por su propuesta de instrucción pública obligatoria o los de tradición revisionista que lo denuncian por las innegables atrocidades que cometió, no lo explican como el intelectual de una clase en formación, la oligarquía criolla - en un momento en el que se iniciaba la consolidación del capitalismo nacional y el mundo maduraba hacia un capitalismo imperialista-, que optó por hacer de nuestro país un mero apéndice de la industria y la Bolsa de Londres.

LID: En su opinión, ¿cómo es abordada la Historia en el sistema educativo actual?

Liliana O. Caló: Desde los orígenes del sistema escolar argentino el Estado definió sus contenidos buscando la homogeneización y la propagación de valores de la cultura occidental capitalista. No por casualidad las últimas reformas educativas que descentralizaron el presupuesto y el financiamiento estatal, conservaron la centralización de los contenidos, que sigue siendo asunto exclusivo del Estado nacional. Es una tarea pendiente, en realidad, pelear para que sea la comunidad educativa la que democráticamente defina sus objetivos, ideas, los métodos pedagógicos.

En el campo de la Historia las últimas propuestas han intentado superar los enfoques asociados a la historia mitrista, haciendo énfasis en la Nueva Historia Social y Cultural emparentada con la corriente de los Annales. Sin embargo ambos paradigmas perviven y conviven en las aulas, nunca dejaron de hacerlo. Hay mucho para avanzar y transformar, por ejemplo, los jóvenes en la actualidad demandan conocer aspectos de la historia que no están suficientemente contemplados en los programas, como la mirada de género sobre la historia o la historia de las mujeres.

Además es casi imposible dar una respuesta certera a la pregunta porque existe un abismo entre los diseños y la práctica de los docentes, que requiere capacitación constante, condiciones para investigar, disponibilidad de recursos y financiamiento del Estado, factores reales que inciden en cualquier proyección curricular. Quiero decir, no hay diseño que resista la mercantilización que, desde la vigencia del sistema de educación pública estatal y privada de los noventa sin ruptura de continuidad hasta la actualidad, alienta y ha sido la base de legitimación del avance de la educación privada con todo lo que eso implica.

LID: ¿Cómo definir esa relación entre la Historia y la realidad política en los últimos años?

Liliana O. Caló: Una reconstrucción un tanto esquemática del devenir reciente de la producción historiográfica del país no podría comprenderse sin partir del período posdictadura. Lo que caracterizó a la Historia en ese entonces fue su repliegue al ámbito académico.

Se buscó dejar atrás aquella imagen heredada de la Historia y de los historiadores comprometidos políticamente que había caracterizado la etapa de ascenso obrero y popular de los años sesenta. La influencia del radicalismo fue enorme, en general y particularmente en el mundo universitario, condicionando la producción historiográfica a las exigencias de la restauración democrática y la necesidad de la reconciliación. Se impuso el invisible pero poderoso consenso que sugería que el pasado reciente debía esperar, evitar heridas, agigantado por el clima político derrotista que siguió a la guerra de Malvinas. Se habilitaron campos de trabajo, especializaciones, vinculados a la constitución de los discursos o procesos de formación del Estado nacional pero la mirada hacia el pasado reciente se limitó al eco proveniente de los juicios a la Junta militar, mediados por la ideología de los dos demonios consagrada en el prólogo del Nunca Más.

Claro que esta aparente retirada de la Historia de la dimensión política no podía ser eterna y fue cuestionada por la propia realidad. Comenzó con un sintomático interés por los estudios sobre la clase obrera argentina como sujeto de análisis histórico - que cobraron fuerza desde 1996 - y luego con las Jornadas de diciembre de 2001, se cuestionó el papel de las instituciones académicas confrontadas a las formas de divulgación de sus contenidos o respecto a las antiguas querellas sobre el origen y las causas de los “problemas de los argentinos”. El kirchnerismo gestionó esta crisis propiciando una vuelta a los relatos revisionistas de la historia, empoderando otros personajes, como Juan Manuel de Rosas, y fracciones de la elite nacional y los grupos subalternos, sin romper el consenso fundacional de los ochenta en el que todas las versiones del genocidio - la de los militares de una guerra interna contra la subversión, la del alfonsinismo o la kirchnerista que reivindicaba la militancia particularmente del peronismo- negaban los verdaderos objetivos del golpe, que las FFAA de la burguesía actuaron contra el ascenso obrero iniciado en el Cordobazo de 1969, que amenazaba su poder político.

Después de este momento de “politización de la historia”, el macrismo impuso una especie de liberalismo senil que propone mirar al futuro sin ideologías, propiciando algunas lecturas del pasado fundacional de la generación del 80, una cierta melancolía por el país granero del mundo. Puede parecer ingenuo pero no lo es. Lo vimos en su activa militancia a favor del olvido y de la impunidad para los genocidas poniendo en cuestionamiento el número de los desaparecidos. Es una dimensión de su construcción política que se propone borrar de la experiencia colectiva las tradiciones, las acciones políticas previas, los logros y derrotas, es decir, deshistorizar el presente y más a fondo, borrar el carácter irreconciliable del conflicto de clases en el capitalismo.

LID: ¿Cómo ve a los historiadores y a la Historia en el actual escenario del país? ¿Qué rol o que intervención le parece deberían tener?

Liliana O. Caló: El rol político que en determinados momentos juega la historia para legitimar el orden vigente vuelve a situar la relación entre historia y política en debate. Hoy, hay nuevamente una disputa por la historia pues la crisis que estamos atravesando no cayó del cielo y si algo ha demostrado la historia argentina es el carácter antinacional y parasitario de su clase dominante.

Los que nos reivindicamos marxistas consideramos que hay que poner en discusión el conocimiento de nuestra disciplina para que la clase trabajadora, cuya centralidad en la historia moderna del país hasta el día de hoy es innegable, y los sectores populares rescaten sus experiencias previas, evitando cada vez comenzar de cero, aportando las lecciones y conclusiones de la lucha de clases. No hay perspectivas de que esta crisis se resuelva sin generar nuevos debates respecto a la dependencia del país y una reactualización crítica de los problemas que plantea para el marxismo.

En este sentido desde nuestra militancia venimos desplegando una serie de iniciativas, a través de publicaciones y trabajos de investigación, como el que se propone recuperar la historia del trotskismo argentino, presente desde fines de la década de 1920, contrariando un poco la visión de que el trotskismo es una corriente ajena al movimiento obrero argentino; encarando un proyecto de investigación que recupera la historia de las mujeres como protagonistas de la clase obrera en un campo casi inexplorado en la historiografía marxista del país y recientemente hemos lanzado en Youtube un canal de Historia en La Izquierda Diario que recorre hechos claves que en general fueron olvidados o tergiversados por la historia oficial y explicarlos a través de un fuerte contenido audiovisual.

Hay nuevamente una disputa por la historia pues la crisis que estamos atravesando no cayó del cielo y si algo ha demostrado la historia argentina es el carácter antinacional y parasitario de su clase dominante.

Acerca del entrevistado

Liliana O. Caló es profesora de Historia. Integra el staff de la sección de Historia de La Izquierda Diario.







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