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Calentamiento global, ¿hablamos de ciencia o de ideología?

El baile de máscaras ambientalista de las grandes potencias en la COP21, en París, mal consigue disfrazar la catástrofe ecológica que el capitalismo está lanzando sobre nosotros.

Sábado 5 de diciembre de 2015 | Edición del día

El Partido Republicano de los Estados Unidos, así como un sector minoritario de científicos, niegan, para todos los efectos, que esté ocurriendo un proceso de calentamiento global del planeta o, al menos, niegan que, en el caso de que exista, sea provocado por los humanos (esto es, si existe, un fenómeno natural). Por lo tanto, esa idea de que el planeta está en peligro a causa de la contaminación, del efecto de los gases de invernadero, lanzados al aire por la actividad industrial humana, no pasaría de pura ideología.

En el otro bando del mismo espectro, el Partido Demócrata, Obama, pero también gente como Merkel, Sarkozy, hasta Dilma, con pose de máscara ambientalista -por lo tanto con fuerte carga ideológica-, de defensa de intereses (tipo protectorado de Amazonia, o entonces crítica interesada al mayor contaminador del mundo, China) alegan lo contrario. Denuncian el calentamiento global y se reúnen en París esta semana (en el encuentro llamado COP21) para acertar acuerdos de medidas de protección ambiental, las cuales, por cierto, no acostumbran salir del papel.

Hicieron Kyoto 1997, Copenhague 2009, también Río 1992, y ahora están en París, en una tradicional puesta en escena más -matices políticos y conjeturas aparte- o sea, para medidas declaratorias que no van más allá de la esfera política, consecuentemente sin chances de convertirse en leyes, mucho menos en castigos o propuestas efectivas.

Esperar lo contrario sería como imaginar que el capital -y sus personas y su Estado- puede algún día tener preocupaciones planetarias o ambientalistas que no sean dirigidas por el lucro, por la incesante e implacable acumulación del capital.

En verdad, la inoperancia objetiva de la casta política que se reúne para debatir el clima no está desvinculada de aquel debate ideológico citado arriba.

Es decir, cuanto más se desenvuelva la duda sobre si existe o no un calentamiento global provocado por el efecto invernadero, más base tendrá la burguesía para mantener el debate a baño maría, para ganar tiempo, para confundir a las filas de la clase trabajadora, para no jerarquizar el debate de esa cuestión.

¿Hasta qué punto, entonces, se trata de ideología?

Por ejemplo, cada tanto salen argumentos de tipo: cambios climáticos siempre existieron, eras de hielo existieron, calentamiento y deshielo forman parte de la historia de la Tierra, por lo tanto el calentamiento actual es tan natural como el fenómeno climático de El Niño, o como cualquier final de era del hielo. O entonces: si hay glaciares derritiendo también es verdad que hay glaciares rebasando hielo. O entonces: hay veranos más calurosos, pero también tenemos ventiscas e inviernos más potentes. Y de vez en cuando aparece algún profesor negando la acción de la industria capitalista como promotora del calentamiento global. Y hasta negando la teoría de calentamiento global antropogénico como un todo (el CGA).

O entonces aparecen “salidas” de tipo “llamar a las empresas a “descarbonizar”, a contaminar “menos”, eso para no entrar en debates controversiales sobre dejar de comer carne y optar, en masa, por andar en bicicleta, entre otros.

De todas formas, como hay formulaciones ideológicas, pasa a ser también importante el combate contraideológico.

Sí, la historia geológica de la Tierra es la historia de cambios climáticos. Hace más de 3 millones de años la Tierra tenía 3° más que antes de nuestra era industrial. Y ciertamente tuvimos eras de hielo e interglaciares. Solo que la última interglaciar duró algo en torno a los 30 mil años. Si nosotros estamos en una interglaciar, la nuestra no llega a 10 mil años, por lo tanto, en aquel padrón, estamos muy lejos del final de una interglaciar. Es decir, el calentamiento global actual no es esperado, estaría fuera del padrón geológico, temporal de la Tierra. Y no hubo ningún cambio sustancial en los rayos que nos llegan de afuera y ni en el comportamiento del sol, ambos determinantes para entender el calor en la Tierra. (Cambios de gran porte como los que están siendo discutidos aquí ocurrieron, en otras eras, por cambios del ciclo orbital de la Tierra o por una variación brutal de la actividad solar, con aumento de la cantidad de radiación que nos llega, y lo que sucede es que nada de esto está en la pauta del actual clima).

Justamente los cambios climáticos en marcha no tienen que ver con aquel texto que dice que “cambios climáticos naturales siempre existieron”. Además, es sólo medir: la composición de nuestro aire es 40% mayor en dióxido de carbono de la que existía en la era inicial de la industria en Europa. Justamente, hay cambios en la composición de los gases del efecto invernadero que no existían antes, en amplia escala temporal (sin hablar del metano y otros elementos del efecto invernadero que son recientes). Y recordando que la civilización trabaja en escala temporal de siglos, de décadas en los marcos de este debate.

Y si es verdad que el otro día comunicaron, a través de la NASA, que los glaciares están aumentando espesura, se trata de algo menor y focal – que está bajo estudio – y que parece ocurrir en parte de la Antártida, mientras la mayor parte del polo sur y también del norte, presenta derretimiento calamitoso de glaciares. El Himalaya se está derritiendo francamente (lo que podría dejar 1,3 billones sin agua, convertidos en “refugiados del clima”, si consideramos que los grandes ríos de la India se alimentan de las neveras de aquella cadena montañosa).

Prácticamente todo científico concuerda que si la temperatura en la Tierra sube más de 2° tendremos una catástrofe planetaria. Con subida de los mares de más de 1, de 2 metros, etc. Y actualmente ya andamos cerca de 1° de más. Por lo tanto, de conjunto, estamos en proceso de derretimiento de los casquetes polares y de las grandes neveras de las montañas más altas. Por el efecto invernadero. Ya fue medido, los gases del efecto invernadero se están concentrando en la tropósfera; y es por esa razón que la radiación de calor queda presa en la Tierra: bloqueada por los gases del efecto invernadero. También ya se midió: las capas más profundas del océano se están calentando.

Y cuando se habla de calentamiento global en marcha acelerada, esa idea no se ecualiza para todos los lugares y todos los momentos del año. Significa una media. Y en el marco de la cual, tendremos temperaturas más extremas, inviernos más rigurosos y también veranos radicalmente más calurosos.

Y justamente es lo que viene sucediendo. Por 15° vez en el siglo XXI tuvimos los años más calurosos de la historia. El más caluroso del siglo XX fue 1998, que coincidió con un fenómeno natural, El Niño. Como está ocurriendo actualmente, en 2015, donde El Niño agrava el calentamiento del efecto invernadero.

Por lo tanto hay ideología cuando se piensa que calentamiento global significa apenas veranos más calurosos y se deja de tener en cuenta que el calentamiento global crea otro extremo: neviscas nunca vistas. Crea los dos.

Y en cuanto a la falta de unanimidad en el ambiente científico, como una minoría, o algún profesor de vez en cuando, defendiendo que no existe calentamiento global, eso es lo esperado. No se espera que la ciencia avance por consensos y ni que el discurso de todo científico pueda corresponder a su valor nominal.

No nos olvidemos que la teoría de la evolución, apenas para dar un ejemplo (podría ser la ley de la relatividad) no encontró consenso inmediato, siguió habiendo desacuerdos a perder de vista. Esperar consenso sería imaginar inclusive que la ciencia sería neutra, que no sea atravesada por la lucha de clases, por la ideología. Sabemos que no es así. La propia tecnología implica elecciones que raramente no son ideológicas: vivimos bajo el imperio del capital, de los grandes monopolios y la propia medicina es un ejemplo en ese sentido.

Por lo tanto, la ideología está del lado de quien niega la devastación ambiental y social que la economía capitalista está promoviendo. China a la cabeza, pero luego Estados Unidos más la Unión Europea producen, sumados, la mayor parte de los gases del efecto invernadero que aniquilan la tropósfera. La desproporción que el dióxido de carbono ocupa en nuestra atmósfera nada tiene de ideología. Es tan real como la subida de los mares y el derretimiento de los glaciares. No hay ninguna ideología cuando estamos, todos, padeciendo los 15 años más calurosos desde el inicio de la era industrial. Si hay ideología, se encuentra, por ejemplo, en la ilusión, aún de parte de gente bien intencionada, como el cineasta-ecologista Fernando Meirelles (en el periódico Folha de 29/11/15), que hace coro a un cierto sentido común, ideológico, cuando clama que tenemos que “convencer a las grandes corporaciones y gobierno contaminadores a cambiar de ruta”. Esto sí, es pura ideología (o utopía reaccionaria, da lo mismo). El desastre de Mariana (Minas Gerais), también el de Paracatu (Goiás), de Fukushima y la sistemática destrucción de los mares y ríos, son la clara demostración de que hay cero chance de que se pueda “convencer” al capital de no seguir saqueando los recursos naturales.

Así como es fundamentalmente ideológica la discusión de esta semana en París, por más que climatólogos, sinceramente o no, crean lo contrario, tal vez desmemoriados de que desde que las grandes potencias se encuentran en estas reuniones climáticas de cúpula, el planeta viene siendo devastado en escala geométrica por las grandes corporaciones imperialistas. Y que no pueden ser detenidas si no fueran confiscadas por la clase trabajadora, la única que puede dirigir la economía en favor de la humanidad, y eso si desenvolviera la estrategia política para tomar el poder. El capitalismo está esencialmente preocupado con “costos”, “tasa media de ganancia”, inversiones que den gran “retorno”, aunque, para eso, el planeta sea carbonizado.







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