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Bugs Bunny me cae bien

Elsseto. El conejo Castañuelas. Pirongapio. Bugs Bunny. Un mismo personaje renombrado una y mil veces de acuerdo a la comunidad que lo hizo propio. Cuando los símbolos tienen fuerza, se bancan la que venga. Incluso las críticas de un presidente electo.

Pablo Minini

@MininiPablo

Viernes 8 de noviembre | 20:32

El conejo nacido el 30 de abril de 1938 (y renacido, definitivamente, el 27 de julio de 1940) es esa clase de personajes que se elevan a categoría de símbolo.

La Warner solía hacer que sus personajes aparecieran sólo una vez. Bugs comienza a ser la excepción hasta convertirse en marca de la empresa: no es “Bugs Bunny, el de la Warner”, sino "la Warner, la de Bugs".

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Nace como una versión animada y de fábula de Groucho Marx: despreocupado, inteligente, de humor ácido, con un cigarro convertido en zanahoria. Se metamorfosea: en el primer corto aparece en cuatro patas y saltando; con el tiempo alcanza la bipedestación y corre como un maratonista. De un tímido animalito pasa a firme defensor de su derecho a ser un vago.

Me cae bien Bugs Bunny, es evidente. Un tipo que sólo quiere estar en su cueva, comiendo y descansando; que reniega del trabajo, que quiere que no lo jodan. Un tipo que ridiculizó al ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, que se burla de la academia, el bipartidismo yanqui, las élites culturales; que usa su inteligencia y su humor para dejar expuesto a un fascista, a un cazador de la National Riffle Asociation, a Hitler. Un tipo que usa el humor para ubicar a los atrevidos, que usa ropa de mujer en el 30 % de sus aventuras (algunos dicen que para despistar, pero la verdad es que cuando no está vestido de mujer suele estar desnudo) y se recontra chapa a sus perseguidores que siempre son homofóbicos. Un tipo que no tiene pertenencias.

Usa ropa de mujer; se pone un uniforme de soldado que le queda enorme; se disfraza de Stalin; se disfraza de Groucho Marx; se disfraza de Stravinsky; se convierte en Superman; finge su muerte sólo para joder.

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Superman es siempre Superman, Batman es siempre Batman. ¿Se imaginan a cualquiera de ellos dos besando con baba a Lex Lutor o al Guasón, chapando fogosamente a otro hombre, usando corsé? ¿Se imaginan al Hombre de Acero seduciendo con caricias a un enemigo, beboteando, como quien dice?

Bugs Bunny lo hace una y otra y otra vez y siempre cae bien parado.

Es un símbolo tan dúctil, tan maleable, que lo adoptaron los soldados yanquis, los niños de gran parte del mundo, ciertos sectores del movimiento LGTBI (hay artículos que lo ubican como la primera Drag Queen). Es un símbolo tan grande que alcanza con ver su silueta o una oreja para saber de quién se trata.

El conejo, como Epicuro, quiere comer zanahorias, descansar, tomar sol. Y como Diógenes es celoso de su agujero y le importa bastante poco tener posesión material alguna (de hecho, parece que Bugs sólo posee un guardarropa lleno de corpiños y polleras). El conejo es reactivo: a diferencia de otros personajes, no va en busca de algo, ni hay afán de ningún tipo. Tan solo quiere que no lo jodan. Se mueve para que dejen de moverlo.

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Incluso toleremos que a Bugs Bunny se lo tilde de estafador y adalid del individualismo, del éxito individual. Ese sería el argumento del presidente electo Alberto Fernández, enunciado en una conferencia junto a otras personalidades políticas.

Leído en contexto, lo dicho por Fernández le pega al conejo de la Warner, pero al parecer le quiere pegar al neoliberalismo, a Estados Unidos, a la posmodernidad, a todo eso junto. Como quien dice: le apunta al cura y le pega al campanario.

¿Si quiere decir algo de todo eso por qué no menciona directamente al capitalismo, a Trump, a las empresas como Repsol, a los estafadores con nombre y apellido, a los vivillos que se aprovechan de los "menos favorecidos", a los empresarios como Galperín o Cabrales? Uno tiende a pensar que la razón es que Trump es un ser humano vivo y con poder; Bugs Bunny, no.

(Otra razón es que Fernández no puede hablar mal de Repsol porque en 2012 la empresa le pagaba 25.000 pesos mensuales por asesoramiento legal. Servicios por los cuales Repsol obtuvo una indemnización de 5000 millones de dólares del Estado argentino. Fernández sabe que no puede morder la mano que le da de comer.)

Alberto Fernández no quiere que les niñes se expongan a la propaganda neoliberal, en este caso, a Bugs Bunny. Saer diría que es una forma de pensamiento fascista, ese que entiende que las masas ignorantes son una hoja en blanco donde cualquiera puede escribir. Tal vez haya que decirle al presidente electo que las personas tienen historia, singular y colectiva y que aunque la clase dominante quiera imponer su ideología siempre hay del lado de los explotados y los oprimidos un sujeto que no acepta sin más lo que se les dicta, sino que tienen voz y se apropian activamente de lo que le bajan como línea de pensamiento.







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