Géneros y Sexualidades

ENTREVISTA

Bruno Bimbi y el matrimonio igualitario: “Hubo mucha movilización para que ese día llegara”

El periodista opina sobre la actualidad, los avances y retrocesos sobre los temas que hacen a la diversidad sexual.

Tomás Máscolo

@PibeTiger

Sábado 23 de diciembre de 2017 | 20:19

La entrevista al periodista que sacó su último libro El Fin del Armario. Mediante su carrera como periodista nos relata cómo ve al movimiento LGTBI de Argentina, las batallas que se dieron y cuál es la relación entre el lobby parlamentario y la movilización. Actualmente reside en Brasil pero es colaborador permanente de TN.

En la pluma de Bimbi se encuentran interesantes relatos y vicisitudes que afrontó en su vida y la de sus entrevistados por no acatar el cinturón de la heteronorma, una buena denuncia a la Iglesia Universal, cuya consigna “Pare de Sufrir” convoca a multitudes en una sociedad desigual.

Uno de los debates que deja planteada la entrevista es su reivindicación de figuras emblemáticas de la política kirchnerista como Aníbal Fernandez o María Rachid. Es paradójico como un reconocido militante por los derechos de la diversidad sexual que pregona la alianza con el feminismo siente simpatía por personajes que fueron parte de un Gobierno que durante 12 años se negaron a debatir por el derecho al aborto.

La reivindicación a figuras como Harvey Milk y Carlos Jauregui recorre sus textos. Como bien denuncia Bimbi en muchísimos países sigue estando penalizada la homosexualidad incluso con la pena de muerte. Basta ver el campo de concentración en Rusia para entender que mientras Argentina es reivindicada por tener una de las legislaciones más avanzadas, aún así “la igualdad ante la ley no es la igualdad ante la vida" . Por eso también hay que rememorar a activista como Sylvia RIvera o Marsha P. Thomson, que vivieron y fueron partes de las barricadas en Stonewall para entender que la historia es la historia de la lucha de clases.

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Sin más preámbulos, con toda la riqueza de sus experienciasy su pluma se presenta esta entrevista.

“Para nosotros es importante ganar un debate social”, es una frase que dijiste en una entrevista en México, allá por el 2012, cuando se estaba discutiendo la sanción de la Ley de Identidad de Género y ya estaba sancionado el matrimonio igualitario. ¿En qué se avanzó y qué limites ves hoy en Argentina, siendo un país ejemplo en leyes pero que aún siguen existiendo casos como el de Higui de Jesús?

—Lo que quise decir es que, desde el principio, cuando empezamos a trabajar por la aprobación de esas leyes, cuando eso aún parecía imposible (al principio nos decían que estábamos locos si creíamos que lo íbamos a conseguir), nosotros sabíamos que lo más importante no eran las leyes en sí, sino el cambio cultural que su debate público y su aprobación en el parlamento podían producir. Claro que el matrimonio era importantísimo para miles de parejas, por todos los derechos materiales concretos que traería (obra social, herencia, derechos migratorios, patria potestad de los hijos, pensiones por viudez, beneficios fiscales, derechos laborales, etc.) y por el valor simbólico que implica tener los mismos derechos y el mismo reconocimiento social para nuestras familias; y claro, también, que tener um DNI con su nombre y género o poder acceder a las terapias hormonales y/o cirugías era vital para miles de personas trans, que tenían esos derechos tan básicos negados. Pero había algo más profundo. Durante el debate de la ley de matrimonio igualitario, que fue el más intenso y difícil, Argentina se la pasó meses hablando sobre los derechos de las personas LGBT. Se hablaba sobre el tema en el noticiero, en los diarios, en los bares, en la cena familiar, en la oficina, en la fila del colectivo. Miles de gays y lesbianas salieron del armario con sus familias y amigos, todos los dirigentes políticos y sociales tuvieron que posicionarse, la sociedad como um todo habló sobre esto como nunca antes. Y eso provocó um cambio cultural. No significa que no haya más prejuicios, pero hay muchísimo menos que antes. Mucha gente prejuiciosa dejó de serlo, entendió. Muchos se enteraron que tenían un familiar, un compañero de trabajo o un vecino que era gay y después terminaron yendo a su fiesta de casamiento. Argentina avanzó en tres años como si hubiesen sido cincuenta y hoy no solo tenemos la legislación más avanzada del mundo, sino que diversas encuestas que se hacen a nivel global muestran que somos el país menos homofóbico de America Latina y uno de los menos homofóbicos del mundo, aunque aún haya casos de violencia o discriminación. Hay menos, y más gente los repudia cuando ocurren. Aún hay mucha transfobia, tal vez porque el debate de la ley de identidad fue más corto y menos intenso y, por supuesto, porque la transfobia también ya era terriblemente mayor desde siempre, lamentablemente. Pero hay que ponerlo en perspectiva: es un proceso histórico. Lo digo desde Brasil, donde vivo actualmente. Argentina está hoy más cerca de Holanda o Bélgica, y Brasil, con el creciente poder evangélico, va camino a ser un país de Medio Oriente. La diferencia es gigantesca. Claro que esta respuesta no le sirve a Higui, al chico de la selección de rugby gay que fue brutalmente golpeado y a otros que pasaron situaciones terribles, pero, aunque aún haya mucho por cambiar, lo cierto es que estamos mucho mejor que antes.

—¿Opinás que, además de la movida que se armó por el lobby parlamentario, la presión que hubo en las calles con la concentración en el Congreso aquel día también ayudó a que esa sanción fuera favorable?

— No solo esa madrugada en la plaza del Congreso, que las cartas ya estaban jugadas y, como cuento en mi primer libro, Matrimonio igualitario, hubo mucho de “realpolitik”: negociaciones, presiones, acuerdos, traiciones; aunque toda esa multitud en la calle también les avisaba a los senadores que había millones de personas en todo el país que iban a recordar cómo votó cada uno. Pero esse era el último día: hubo mucha movilización durante meses para que ese día llegara. Como siempre que se juega un proceso político histórico como ese, hay una parte que es ajedrez, estrategia, negociación, lobby, propaganda, retórica, relaciones públicas, advocacy, y outra, fundamental e imprescindible, que es la movilización social, en las calles y en las redes sociales. Ambas son imprescindibles y muchas veces se falla en no ver una o la otra. La campaña por el matrimonio igualitario comenzó siendo un buen plan de un pequeño grupo de amigos, pero terminó siendo una lucha de masas, una de las mayores de las últimas décadas. Hubo movilizaciones gigantescas en diversos lugares del país. Recuerdo el caso de Córdoba, con decenas de miles de personas, inclusive curas a los que después Bergoglio echó de la Iglesia. Hubo cientos de parejas de casi todas las provincias que aceptaron presentar sus amparos en la justicia. Hubo miles de activistas en todo el país yendo a las audiencias públicas a discutir con obispos y abogados de represores (eran los mismos) y callarle la boca a Negre de Alonso. Las marchas del orgullo duplicaron su tamaño. Hubo activismo de diferentes movimientos sociales que apoyaron. Y hubo millones organizándose por internet y presionando a los políticos. Sin toda esa densidad social, apenas advocacy no hubiese resuelto nada. Y también, sin una buena estrategia política, solo la movilización no hubiese alcanzado. Inclusive porque ambas fuerzas se retroalimentaban.

—En su momento fuiste cuestionado por tu posición hacia la unión civil, como existe en Alemania, Francia, Inglaterra, entre otros. Hoy ya esas discusiones parece que quedaron en su propio “armario”.

—En realidad, existía. Alemania, Francia e Inglaterra hoy tienen matrimonio igualitario y la “unión civil” fue apenas una forma de demorar esa conquista por algunos años. Cuando las leyes de Alabama contra las que se rebeló Rosa Parks no permitían a los negros sentarse en las mismas filas de los ómnibus que los blancos y había escuelas segregadas, unas para blancos y otras para negros, se decía que eso no violaba el principio de igualdad ante la ley, porque nadie les impedía a los negros estudiar o viajar sentados. La justicia norteamericana creó una justificación legal para la segregación: la doctrina “iguales, pero separados”. La “unión civil” era eso, o ni eso, porque no ofrecía ni siquiera igualdad. Pero hagamos historia: antes, ni unión civil nos ofrecían. De hecho, cuando se votó la ley porteña, simbólicamente importante pero jurídicamente inocua, hubo hasta amenazas de bomba en la Legislatura. Bergoglio empezó a operar por debajo de la mesa, con el apoyo de Carrió, Michetti y Negre de Alonso, para aprobar la unión civil, cuando entendió que había un “riesgo” real de que se aprobara el matrimonio igualitario. Para ellos, era reducción de daños, un mal menor. Lo que nos estaban diciendo era que aceptarían, porque ya no les quedaba otra, que tuviéramos algún tipo de derechos, pero con otro nombre, para que quedara claro que nuestras familias eran menos valiosas, que no era lo mismo. Imaginate que les prohibieran a los negros que se casen (en Estados Unidos, el matrimonio interracial estuvo prohibido em 16 Estados hasta mediados del siglo XX) y les ofrecieran a cambio una “ley de uniones de negros”. Sería racista y ofensivo. Por otro lado, era mentira que la unión civil diese los mismos derechos (basta ver el dictamen de Negre de Alonso), pero aunque así fuera, ponerle otro nombre a nuestros matrimonios era mantener una forma inaceptable de discriminación simbólica que perpetuaría el prejuicio. Era continuar diciendo que éramos ciudadanos de segunda, menos valiosos. Cuando, a las 2 de la mañana, no sabíamos si la ley se aprobaba, nos preguntaron: ¿qué hacemos si los números no dan y es unión civil o nada? Y María Rachid, después de consultar con la dirección de la FALGBT, respondió: entonces nada y seguimos peleando. Unos meses antes, yo le dije al ministro Aníbal Fernández, que se portó muy bien con este tema, que si el Congreso aprobaba la unión civil iríamos a la Corte para declararla inconstitucional por segregacionista. Queríamos los mismos derechos con los mismos nombres. Y fue la estrategia correcta. Lo conseguimos.

—¿Cómo fue el proceso de escritura de tu libro Matrimonio igualitario?

— A lo largo de toda la campaña por la ley, fui registrando todo, porque soy periodista y, al ser uno de los responsables de la campaña, tuve el privilegio de participar de infinidad de reuniones, conversaciones y negociaciones que en su momento no trascendieron, porque eran secretas. Cuando la ley se aprobó, tenía un montón de información, acceso directo a todos los protagonistas para entrevistarlos, muchísimas anécdotas para contar y un enorme aprendizaje sobre el tema. Y me pareció importante contar todo. Primero, porque creo que fue algo importantísimo, un hecho histórico que un día lo van a estudiar los chicos en la escuela. Segundo, porque es una experiencia que sirve como modelo para otras luchas. Las campañas por el matrimonio igualitario en Brasil, Ecuador y otros países se inspiraron en mi libro, que aunque tiene casi 600 páginas, lo escribí en um par de meses, casi sin dormir, internado en casa con la notebook, una pila de archivos y documentos y un teléfono para hacer entrevistas. Hinde Pomeraniec dijo en la presentación de mi segundo libro que las activistas que organizaron el “Ni una menos” aprendieron mucho de la lucha por el matrimonio igualitario. Hacía falta contar cómo había sido y fue un libro que me gustó mucho escribir, pero terminé agotadísimo por el plazo de entrega, porque queríamos publicarlo antes de fin de año. El fin del armario fue diferente, porque se lo propuse a la editorial cuando ya había terminado el primer borrador, sin apuro.

—En los ´60, sin ley de matrimonio igualitario ni educación sexual integral, se generaron grandes procesos de lucha, como Stonewall; hoy en día se moviliza mucha más gente. ¿Cómo pensás esa relación entre la capacidad de movilización y la capacidad de combate real del movimiento LGTBI de hoy?

—Son momentos históricos diferentes. Nada de lo que conseguimos en estos años habría sido posible si antes no hubiese ocurrido Stonewall, la lucha del activismo de gays y lésbicas de Londres junto a los mineros contra Thatcher, Harvey Milk, Carlos Jáuregui, etc. Y tampoco si antes no hubiese existido la lucha de los negros contra la segregación racial en Estados Unidos y contra el Apartheid en Sudáfrica (que no por casualidad fue uno de los primeros países que aprobó el matrimonio igualitario). En mi nuevo libro, El fin del armario, hablo bastante sobre esa relación y cuento algunas de esas historias. Nuestras luchas aprendieron de todas esas, y también de la lucha de las sufragistas por el derecho al voto femenino, del feminismo, del movimiento de derechos humanos. En el movimiento LGBT, a nosotros nos tocó la parte más fácil, porque nacimos en una época más fácil. Es el cambio más radical en la historia de la relación entre mayorías y minorías sexuales, pero a la vez fue el cambio más rápido y menos doloroso. Los que vivieron y lucharon antes que nosotros la pasaron bastante mal y allanaron el camino para que llegáramos donde llegamos. .

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—Jauregui decía que en los 70 la pelea era contra los códigos contravencionales, en los 80 contra el HIV y en los 90 por la herencia. ¿Cuáles son los objetivos del movimiento LGTBI hoy?

—No creo que todo esto haya sido apenas por la herencia. Para mí, además de los derechos materiales, que son muchos y muy importantes, todo esto fue y es por dignidad, igualdad, reconocimiento. Cuando estábamos celebrando la aprobación de la ley, una compañera le dijo a otra que estaba embarazada: “Tu hijo va a nacer en un país diferente”. Hoy no es extraño que muchos adolescentes lleven a su novio a cenar a la casa de sus padres, o vivan su relación abiertamente con sus amigos y compañeros de la escuela. Eso, hace algunas décadas, era tan impensable como los viajes en el tiempo y la inteligencia artificial. Si hablamos de hoy, precisamos localizar ese “hoy” geográficamente. No es lo mismo Argentina o España que Irán o Arabia Saudita. En El fin del armario cuento lo que dice el código penal iraní sobre la homosexualidad, así como los de varios países de África, algunas ex repúblicas soviéticas y Medio Oriente, que, con la única excepción de Israel —el único país democrático de la región—, es un infierno. En decenas de países todavía hay leyes por las que las personas LGBT pueden ir presas o ser condenadas a la pena de muerte por el delito de existir. En otros, eso ya no ocurre, pero no tenemos ningún derecho. En la parte del mundo —principalmente en Occidente— donde ya somos iguales ante la ley, creo que la lucha más importante es por la educación. En El fin del armario cuento un ejemplo lindísimo de una escuela de Bélgica que muestra ese lugar al que un día deberíamos llegar. Educar a las futuras generaciones para que los chicos y adolescentes LGBT no la pasen mal, y para que los demás crezcan con menos prejuicios. Que las futuras generaciones de trans puedan terminar la escuela, ir a la universidad o trabajar de lo que sea; que la prostitución no sea la única alternativa. Durante siglos, generaciones enteras de niños, adolescentes y jóvenes LGBT se sintieron solos, raros, defectuosos, sucios, pecadores, enfermos, inmorales, se odiaron a sí mismos, vivieron a las escondidas, se culparon, dejaron de vivir las cosas que los demás chicos y chicas de su edad vivían, se saltearon la adolescencia y sólo pudieron desarrollar su sexualidad ya adultos, con una mochila llena de pesadas piedras que tenían que llevar a todos lados y de forma clandestina, oculta, vergonzante. Todo eso deja secuelas. Y la sexualidad a las escondidas, culpable, perseguida, es una sexualidad más insegura de varias formas, llena de traumas y, a veces, inclusive peligrosa. Poco a poco, en este siglo del fin de los armarios, que avanza más rápido o más lento, desigual en diferentes partes del mundo, pero inexorable, una nueva forma de vivir la sexualidad homosexual o trans en la infancia y la adolescencia empieza a tornarse posible. Chicos que pueden llevar a su novio a la casa de sus padres. Que no precisan esconderse. Que no se sienten culpables. Que maduran como los demás, con los mismos tiempos, con experiencias parecidas. Chicos y chicas trans a quienes sus padres reconocen su identidad de género. Esa generación producirá adultos LGBT más sanos y felices, y adultos cis y heterosexuales menos prejuiciosos y violentos. Una sociedad más libre, más amorosa y más buena.

—En una nota tuya que tiene ya dos años dijiste que “Las leyes que conseguimos conquistar no están en peligro con ninguno de los dos”, haciendo alusión a Macri y Scioli...

—Escribí esas dos notas durante la campaña para el ballottage. Había un montón de mentiras dando vueltas por las redes y, sobre todo, había un relato que decía que Scioli era el campeón de los derechos LGBT y Macri era un homofóbico que podría derogar el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. Ni lo uno ni lo otro. Lo que hice en esa nota fue contar las contradicciones de ambos candidatos a lo largo de las últimas décadas: ambos hicieron declaraciones o tuvieron actitudes homofóbicas en el pasado y ambos, tiempo después, cambiaron y, en sus gobiernos, en capital y provincia, tuvieron buenas políticas en relación con los derechos LGBT, con aciertos y errores. Y creía yo —y sigo creyendo— que las leyes no peligraban con ninguno de los dos. Y que con ambos íbamos a seguir avanzando, aunque más lentamente en algunas cosas que con Cristina. Lo que hubo fue un cambio social y cultural, y eso se refleja en la política. Durante la campaña, Gabriela Michetti dijo que se arrepentía de haber votado en contra de la ley de matrimonio igualitario. Podemos creerle o no. Yo a Michetti no le creo ni la hora, pero a esta altura, poco importa. Lo que dijo Michetti es fantástico, tanto si es sincera como si no. Si fue sincera, significa que Argentina avanzó tanto en estos años que hasta Gabriela Michetti se convenció de que estaba equivocada. Si no lo fue, significa que Argentina avanzó tanto en estos años que hasta Gabriela Michetti sabe que, para ser candidata a vicepresidenta, necesita decir que se convenció. Esa fue nuestra victoria.

—En la actualidad existe el “Protocolo LGTBI”, impulsado por la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y el presupuesto destinado para políticas de diversidad sexual fue recortado. ¿Tu opinión sigue siendo la misma? ¿Cómo ves al gobierno de Cambiemos?

—Patricia Bullrich tal vez sea la peor ministra del gobierno de Macri, y eso es mucho decir, porque tiene varios competidores fuertes. Es una persona que cree que la respuesta del Estado a cualquier tipo de protesta social tiene que ser gases lacrimógenos y balas. Creo inclusive que es una persona peligrosa. Dicho esto, me parece que lo del protocolo LGBT fue producto más de la soberbia y la incompetencia que de la intención de crear una nueva herramienta represiva. En medio de la crisis por la desaparición de Santiago Maldonado, quiso hacer una movida de prensa progre, un protocolo para que cuando la policía detiene a una persona LGBT lo haga respetando su identidad. Pero, como es bruta, en vez de llamar a las organizaciones sociales y a los especialistas para hacer algo bien hecho, se lo encargó a sus asesores. E hicieron un desastre que generó una nueva polémica. Es el resultado de una concepción del Estado que prescinde del diálogo con la sociedad civil. Se creen que son el mejor equipo y todas esas boludeces y que pueden hacer cualquier cosa sin preguntar a los que saben.

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—Un mensaje para los lectores de La Izquierda Diario…

Les mando un abrazo y les pido que, si les gustó esta entrevista, salgan corriendo ya mismo a la librería a comprar “El fin del armario”, mi nuevo libro. Estoy seguro de que les va a resultar interesante para continuar conversando sobre todos estos temas.







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